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¿Qué es el 'Moral Hazard'?

por patxi echeverría enviar a un amigo imprima este texto texto normal texto medio texto grande

Los economistas llaman Moral Hazard al convencimiento subjetivo de que la vida económica tiene una red de seguridad, un ángel protector -el Gobierno, el Banco Central, los empresarios etc.- que nos salvará de nuestros errores. Podríamos traducirlo como presunción de estar protegido o protección imaginaria .

Pues bien, esta supuesta protección es uno de los mayores riesgos para la economía.

En la situación actual la tesis oficial es que todo va bien porque los fundamentos de la economía son muy sólidos. Y en el caso de que un pobre país enfermo como Estados Unidos nos contagiara por sus errores financieros, siempre tendríamos a mano un eficaz remedio: bajar los tipos de interés para ayudar a los angustiados por las hipotecas, facilitar mayor trabajo a las constructoras con nuevas obras públicas y utilizar el superávit del Presupuesto General para ampliar el gasto social.

Pero analicemos la red de seguridad que pueden ofrecernos estos pretendidos ángeles salvadores : el sistema financiero, el Gobierno y el Banco Central.

El sistema financiero, dice el Banco de España, está sano, ha acumulado unos extraordinarios beneficios, realiza una gestión ejemplar, ha hecho dotaciones de reservas para afrontar cualquier imprevisto y no ha concedido créditos de alto riesgo y, aún menos, ha especulado vendiéndolos a inversores fuera del control financiero.

En definitiva, no tenemos créditos basura, aunque dichos créditos en Estados Unidos parece que rara vez excedían el importe de cinco a siete veces los ingresos anuales del prestatario, mientras en nuestro caso el crédito habitual ha sobrepasado diez y hasta doce veces los ingresos anuales de los clientes calificados como solventes. Parece necesario reconocer que hay demasiado dinero atrapado por 30 ó 50 años en unos activos inmobiliarios que no van a tener ningún efecto multiplicador ni para la actividad ni para el empleo (un trillón de euros de saldo vivo en créditos hipotecaros, equivalente al PIB español), y que los Bancos van a tener una actitud más restrictiva a la hora de tomar riesgos y facilitar la financiación al resto de sectores productivos.

En segundo lugar está el Gobierno, que tiene superávit para invertir en obras públicas y relanzar la actividad y el empleo de la construcción. Es posible que lo haga. Pero los síntomas apuntan a que el Ejecutivo central está más interesado en gastar el dinero con el fin de apagar el fuego, antes de las elecciones, con desgravaciones fiscales y ayudas a la natalidad y a los alquileres.

Y en tercer lugar se encuentra la tradicional salvaguarda del Banco Central Europeo, que puede bajar los tipos de interés y -"aquí no ha pasado nada"- la fiesta puede continuar.

Pero el manejo de los tipos de interés es un asunto complejo, que además está centralizado en Europa para países con diferentes tasas de inflación y de productividad. Aunque el BCE quisiera, como ha hecho la Reserva Federal, actuar preventivamente para reducir los riesgos de una recesión, los peligros de que aumente la inflación siguen presentes y su contención es el objetivo fundacional del BCE.

Nadie duda de que el mantenimiento durante tantos años de unos bajos tipos de interés ha hecho posible el boom inmobiliario, facilitando la especulación de desaprensivos y a veces fraudulentos intermediarios. En este escenario, el propio ex presidente de la Reserva Federal Alan Greenspan dice que las posibilidades de que repunte la inflación son hoy mayores que cuando él dirigía el órgano monetario estadounidense. Y, lo que es más preocupante, advierte de que la capacidad de los Bancos Centrales de controlar los tipos de interés a largo plazo es cada día más limitada, porque la evolución de los mismos obedece cada vez más a fuerzas globales del mercado, desatadas por una imparable mundialización en cuanto al volumen y en cuanto a la gestión misma del ahorro y de la inversión.

En conclusión, la presunción de que podemos estar protegidos (Moral Hazard ) de las consecuencias de nuestros errores, puede resultar perfectamente imaginaria . Y fomentar esa presunción, escamoteando los problemas reales con recetas demagógicas, es el peor servicio que se le puede hacer a la sociedad. Es preferible apoyar nuestras expectativas en un análisis realista y en un trabajo consecuente.

* Economista

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