Editorial
El dólar ya no es de fiar
Las colas de clientes a la puerta de una sucursal del banco británico Northern Rock, impacientes por retirar su dinero tras haberse conocido que la entidad tenía problemas de liquidez, fue un acontecimiento que puso los pelos de punta a más de un inversor, o simplemente ahorrador. La sombra del
corralito argentino provocó un estremecimiento por el hecho desacostumbrado de producirse en Europa. Suele ser difícil para el ciudadano medio comprender los motivos reales de este tipo de crisis que, por más que se empeñen los gobernantes en minimizar, provocan en principio desasosiego con riesgo de derivar en desconfianza y hasta en pánico. El hecho es que los círculos concéntricos derivados de la piedra arrojada al estanque financiero en Estados Unidos llegan mucho más allá que a las entidades financieras americanas que a principios de agosto reconocieron la dificultad para recuperar préstamos hipotecarios a clientes morosos. Esos préstamos se habían convertido en producto financiero de alto riesgo que cotizaba en todo el mundo y figuraban en las carteras de fondos de inversión de todos los bancos, incluidos los europeos. El reflejo más llamativo de esa crisis es el debilitamiento del dólar frente al euro. Un euro, a día de hoy, se cotiza a 1,40 dólares. Esta diferencia a la baja habría que explicarla por el préstamo de ingentes cantidades de dólares de la Reserva Federal, el banco central de EEUU, a las entidades bancarias afectadas para detener la desconfianza de los ahorradores respecto a sus bancos. Pero no va a ser suficiente, según los analistas, porque la economía norteamericana está tocada, no tiene visos de mejorar a corto plazo y, en consecuencia, el dólar ya no es de fiar. El dato clave es que todo el dinero aportado por la Reserva Federal se ha refugiado principalmente en el euro y en el yen. Otro aspecto de la crisis es comprobar cuál es el efecto de esta sobrevaloración del euro en la economía europea. La primera consecuencia, evidente, es el precio del petróleo que sigue cotizando en dólares y, por ello, cuesta menos en euros atenuando así la factura energética y aliviando la predisposición del BCE por subir los tipos de interés. Pero ese efecto es más grave y negativo para países importadores de capital, que se endeudarán en euros, cada vez más caros de devolver.