
Gari Uranga y Vaughan pugnan por un balón con tres rivales.fotos: área 11
donostia. Resulta difícil tratar de explicar lo sucedido ayer en el estadio Gran Canaria sin evitar la crítica. Lo único importante es que la Real ganó tres puntos de oro, que le vuelven a inyectar una dosis de tranquilidad (o paciencia). Pero la angustiosa realidad es que sólo se trata de una tregua, que las derrotas van a seguir repitiéndose porque este equipo no tiene las armas suficientes para competir ni en Primera ni en Segunda. Es imposible construir una casa fiable si se ponen los pilares mal. Y a la obra de los encargados de planificar esta plantilla le falta de todo. Ni tiene, ni aprende.
Pero bastante triste es tener que estar hablando todo el día del drama que viven los aficionados realistas como para no celebrar un triunfo como el de ayer, aunque llegara con todo tipo de atenuantes que frenen falsas euforias. El partido comenzó con otra jugada desconcertante. Desconcertante porque debería ser un motivo de alegría, pero con la Real, a la que siempre perjudican circunstancias imprevistas del juego, nunca se sabe. Corría el minuto 3 y el árbitro expulsó a Pindado por cortar fuera del área un balón con la mano. Como en la Copa, los canarios tenían que jugar todo el partido en inferioridad. Las Palmas cedió metros y el balón a una Real que sufría los efectos de la repetición de su día de la marmota, como en la película Atrapado en el tiempo .
Había que verlo para creerlo. Eternas posesiones, insoportables, con ninguna profundidad y absolutamente previsibles. Los canarios volvían a tener fe en llevarse el partido sólo con orden y buscando el gol en la estrategia. La Real empezó a cometer faltas absurdas con el consiguiente peligro, porque, primero, los canarios las ejecutaban bien, y segundo, los de Coleman las defendían de pena. Fue en un saque de banda, esperpéntico cuando, tras mil errores, Nauzet marcó el 1-0. Antes del descanso la Real no fue capaz de chutar a puerta.
Tras la reanudación, todo discurría por los mismos cauces. La sensación era que los blanquiazules no iban a ser capaces de darle la vuelta al marcador. El encefalograma plano de su juego consumía los minutos sin tener presencia en el área rival. Tuvo que ser un Vaughan, un refuerzo foráneo llamado a marcar la diferencia, el que trazara dos diagonales que cambiaron el sino del encuentro. Primero recibió un pase de Gerardo y provocó un penalti al ser trabado por un defensa (pareció dudoso). Por cierto que la pena máxima la ejecutó muy bien Gerardo, que le quitó el balón a Prieto (se duda que atesore el mismo porcentaje de acierto). Sólo cinco minutos después, en el 429 de lo que llevamos de temporada, llegó el primer tanto de los realistas en jugada. Vaughan controló con destreza un centro de Castillo y cruzó a la red con su zurda. Buen gol. El partido ya no se les podía escapar ante un rival fundido y más aún cuando De Cerio anotó el tanto de la tranquilidad. ¿Tranquilidad? Eso con la Real no existe. Con el 1-3 Riesgo hizo dos paradas de mérito, antes de que el colegiado compensara con un penalti de chiste. 2-3. El final fue agobiante, pero la Real logró su segundo triunfo fuera. Pero no se crean nada. En el minuto 60 nadie se podía imaginar que podían ganar.
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