
El italiano Alessandro Petacchi sumó su segunda victoria consecutiva en la Vuelta, por delante de Daniele Bennati, a la izquierda de la imagen.Foto: efe
hellín. "Cuando uno, cansado, busca la paz entre los tambores", que diría Antonio Andújar Balsalobre, periodista y poeta albaceteño fallecido en 1974. Y la frase, hilada de hastío al que va moldeando el tiempo, como si fuesen roca y viento, se columpia en el regazo de Alessandro Petacchi. Miel sobre hojuelas. Buscaba paz el italiano ayer en los periódicos el día después de volver a vencer en una grande . Quería encontrar letras que hablasen del ciclismo, pero del de antes; de gestas, de velocidad, del treno , de codazos, de visión en carrera, de piernas poderosas como columnas romanas… Las encontró, sí claro, como obviar sus 140 victorias en profesionales, pero también se topó con su infierno. Ineludible. Su no negativo en el Giro. Su desfile por los despachos de la Federación Italiana, sus justificaciones… Junio y julio a oscuras, en la sombra, lejos del sol que acostumbra a absorber su piel sobre la reblandecida brea francesa de verano, en las antípodas del Tour donde sólo ha ganado cuatro etapas en su carrera deportiva. Todo mezclado, bueno y malo. Blanco y negro. Gris es el color del ciclismo. Impregna páginas, voces e imágenes. Pálido presente, como el rostro imperturbable de Petacchi, pese a que vuelve a ser el mejor, el más rápido, el más letal en la recta de meta. Ayer sumó en Hellín su decimonoveno triunfo en la Vuelta. Ya es el segundo más laureado de la historia. Por delante de Rik Van Looy y Laurent Jalabert (ambos con 18) y sólo por detrás del gallego Delio Rodríguez, aunque a años luz de éste. Precisaría el italiano dos vidas para superarle: 20 triunfos les separan.
Suenan los tambores en Hellín. Cercanos. Ruido constante y penetrante, taladrador del silencio. La meta se embarulla. Remolino de gente que va y viene. Se mueven labios que no se oyen. Gargantas castradas. Todo lo invade el sonido del tambor. Acompasado, sí. Alegre, también. Petacchi no. Le cuesta encender la mirada. Gesto serio, inasequible a la sonrisa. Corazón de ventanas estrechas por las que apenas entra luz. Y lo está, contento, o eso dice, pero no por él. "Esta victoria es del equipo. Nadie ha trabajado como ellos. Mi triunfo es sólo por y para ellos". Líder solidario. Petacchi el tamborilero. La voz de sus compañeros. "Quiero que todos sigan conmigo el próximo año. Les necesito". A su ritmo pedalea todo el Milram. Pensando en él. También Erik Zabel. "Es tan buen corredor como persona", dice Alessandro. El alemán es el primero que festeja los triunfos del velocista de La Spezia. Flores sobre un ejército de fieles. Temido siempre, también camino de Hellín, donde cuenta la leyenda que se remonta casi mil años en el tiempo, que los almorávides lograron que las tropas cristianas retrocediesen, cediesen en su ímpetu, en su anhelo de victoria haciendo sonar sus tambores en la batalla de Sagrajas, en 1086. Por eso la localidad albaceteña es la ciudad del tambor. Por aquello y porque, a partir de entonces, el instrumento nunca dejó de sonar en Semana Santa. Música de burla tras la reconquista. La de los musulmanes conversos hacia los cristianos. Mofa. Tradición popular.
acelera Milram Golpean los Milram los pedales como los tamborileros el tambor. Asustan. El ruido se escucha aunque no se quiera, aunque haya quien prefiera escaparse. Huir para no oír. Yuri Krivtsov, José Ruiz, Sebastien Minard, Philippe Gilbert y Davide Rebellin se pusieron tapones en los oídos y tiraron millas. Pedaleo baldío por una carretera con tribunas de arena. Paisaje ocre. Seco. Baile de muertos después de que el viento, caliente, se llevase toda la pólvora de la mañana. Sentencia cruel. A cuatro de meta. Entonces sobraban ya los tapones. El quinteto rebelde se giró y vio los tambores. El ruido se lo imaginó. Luego, agacharon la cabeza. El treno volvía a serlo, como la víspera en Algemesí. Pero distinto. No había curvas segadoras de piernas, de ímpetu, de fuerzas. Sólo rectas anchas, sin peligro. Ideal para Koldo Fernández de Larrea. Pero el alavés no asomó ayer. Apenas un poco. La Vuelta le pesa ya en las piernas. "Sí, es cierto que estoy empezando a notar el cansancio", dijo en meta. Con la debilidad, un error ya no es un error, sino una catástrofe. Abismo oscuro de paredes resbaladizas. Ya no se puede salir. "Si estás bien y cometes algún fallo puedes rectificar, pero estando mal…". Koldo destilaba sinceridad. Le falta experiencia, lo normal cuando uno tiene 26 años. Los cumplió ayer el alavés, lejos de casa. A cinco metros de él Petacchi atendía a una decena de periodistas. El italiano se comió la tarta de cumpleaños del vasco.
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