
El organista Fernando Gonzalo, encargado de mostrar a los visitantes los secretos del restaurado órgano del Buen Pastor, sazona sus explicaciones históricas con anécdotas en las que hasta Pernando Amezketarra tiene justificada cabida. La lección magistral, en la que Gonzalo intercala piezas de Bach, Saint-Saëns y Luis Urteaga, entre otros, da comienzo a las cinco de la tarde envuelta en tímida curiosidad y termina hora y media más tarde en cerrada ovación. No puede ser de otro modo.
"Siempre aplauden en la misma parte -ríe divertido el organista-, cuando entran los acordes graves de la Dórica de Bach". Y es que este apasionado por la música, químico jubilado, conoce bien el poder que tiene el órgano de estremecer los sentidos: "La música religiosa siempre busca un efecto, se trata de que el que escucha se sienta muy pequeño, el órgano tiene esa facultad".
Lo consigue, desde luego. Fernando, como buen músico, estructura la visita guiada como si de un concierto se tratara. Comienza con una somera explicación sobre el mecanismo tubular del imponente instrumento. A partir de ahí, con una etérea pieza aún sin título compuesta por él mismo, dirige el particular paseo hacia el estruendo final, al que llega aumentando gradualmente la intensidad de contenidos y de sonoridad.
La respuesta de los asistentes -más de cincuenta abarrotaban ayer la zona destinada al coro de la catedral- es tan espontánea como emocionante, tal y como el músico reconoce. Y es que Fernando no concibe la creación musical sin la presencia del público. Su pasado docente lo delata. "Necesito contar cosas, transmitir algo -manifiesta-, incluso cuando doy un concierto de órgano, suelo pedir que el público esté cerca de mí para poderles contar de qué va la pieza".
Por otro lado, el músico disfruta al poder mostrar a la gente, aunque sólo sea por un rato, las interioridades del mundo del órgano. Son cosas que normalmente quedan fuera de la vista del espectador, como el sorprendente uso que hace de los pies para accionar los pedales del instrumento en algunas piezas que interpreta. "Bailar un zapateado es fácil -bromea-, lo difícil es bailar exactamente sobre la tecla que te toca pisar en cada momento".
Cuando termina cada sesión, los asistentes rodean asombrados al maestro y le hacen decenas de preguntas, a las que éste dedica todo el tiempo que puede. La visita de ayer se les hizo corta, pero hoy habrá otra. Las taquillas del Kursaal reparten invitaciones desde las 11.00 horas. Será una nueva ocasión para ver cómo se funden lo divino y lo humano en una lección que sobrecoge.
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