
Varios soldados israelíes limpian el cañón del tanque antes de atacar, hace un año, las posiciones de Líbano.
EL ataque masivo que Israel lanzó el 12 de julio de 2006 contra el grupo chií Hizbulá en represalia por la captura de dos de sus soldados causó 1.200 muertos, 5.000 heridos, la destrucción de infraestructuras básicas y pérdidas millonarias que han endeudado y desestructurado la economía libanesa y parte de su sociedad. Sin embargo, políticos e intelectuales libaneses coinciden en que las consecuencias políticas de la guerra han sido las más profundas y de mayor calado.
Tras los 34 días de enfrentamientos, Hizbulá se vio reforzado y comenzó a exigir -en alianza con los también chiíes de Amal y la Corriente Patriótica del general cristiano Michel Aun- una mayor participación política en un gobierno que considera ilegítimo y títere de las potencias occidentales.
Estas exigencias fueron desoídas por la mayoría parlamentaria, que agrupa a las principales formaciones suníes y drusas, y una importante parte de los cristianos en la conocida como Fuerzas del 14 de marzo . A su vez, estas fuerzas han acusado a Hizbulá de ser el ejecutor de los planes sirios e iraníes en Líbano y de pretender dar un golpe de Estado.
Elias Atallah, diputado progubernamental, asegura que las consecuencias políticas de la guerra "son mas profundas (que las materiales) y ahora Hizbulá ha orientado sus acciones contra el interior del país, el gobierno y las Fuerzas del 14 de marzo ".
Atallah, quien subraya que el Gobierno cuenta con el apoyo libanés, árabe e internacional, acusa directamente al "eje sirio iraní" de dirigir la estrategia de Hizbulá.
La brecha entre ambos bloques se hizo aún más profunda el pasado noviembre cuando seis ministros, cinco de ellos chiíes, dimitieron del Ejecutivo y exigieron la formación de un Gobierno de unidad nacional.
El intelectual y político libanés Georges Corm está entre los que responsabiliza a Occidente de la crisis por impedir "que el Gobierno de Siniora dimita y se forme uno de unidad nacional". "Occidente apoya al gobierno más discutido de la historia de Líbano, donde por primera vez una comunidad (la chií) no está representada, lo que constituye una aberración", agrega.
En la misma línea, el diputado de Hizbulá Nawar el Sahili mantiene que "desafortunadamente, una parte de las Fuerzas del 14 de marzo está al cien por cien con la política estadounidense". "No quieren admitir que los intereses norteamericanos están con Israel y no con Líbano, por lo que hay una gran división política en el país", asegura el Sahili, quien acusa a los Estados Unidos de "impedir una solución a la crisis política".
Motivos El origen de esta crispación muchos la vinculan al sistema confesional que rige en Líbano. Los puestos de responsabilidad están repartidos por comunidades religiosas en base a un censo de población elaborado en 1932.
La Presidencia del país corresponde a un cristiano maronita, la Jefatura del Gobierno a un musulmán suní y la Presidencia del Parlamento a un musulmán chií.
Sin embargo, la comunidad chií, que en la actualidad se considera la más numerosa, no se siente lo suficientemente representada, por lo que intenta hacer valer su nuevo peso político, trasladando su lucha de su tradicional feudo del sur a la capital, según comentan fuentes militares y diplomáticas europeas.
La polarización de la política mantiene paralizado al país desde noviembre y ha favorecido la proliferación de enfrentamientos y atentados en distintas partes del país, que han contribuido a crispar aún más los ánimos y tensar la situación.
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