Editorial
Una sociedad asqueada y cansada
cuando todavía están echándose los trastos a la cabeza los dos grandes partidos estatales, a cuenta nada menos de la tragedia de
Miguel Ángel Blanco
; cuando a la sociedad se le informa de que se han evitado in extremis atentados inminentes de ETA; cuando todavía están sin resolverse pactos y componendas derivados de las elecciones del 27-M; cuando ha vuelto a repetirse el circo -entre la arrogancia y la intimidación- del pleno municipal de Lizartza; cuando la política persiste en el regate a corto plazo sin presentar verdaderas soluciones a los problemas de la sociedad, el lehendakari,
Juan José Ibarretxe, acaba de dar en el clavo. Los ciudadanos están asqueados y cansados de tanta incompetencia. La sociedad está harta de soportar la amenaza difusa pero omnipresente de ETA, de la misma forma que está harta de que los políticos no cumplan con su obligación de buscar, y encontrar soluciones. El lehendakari, en un arranque de autocrítica, reconoce que la sociedad también está cansada de él, de su Plan imposible, de su liderazgo malogrado por los intereses partidarios y de sus casi diez años en Ajuria Enea acosado desde todos los frentes. No es frecuente que los políticos hagan este tipo de autocrítica, al menos hasta derivarla al plano personal. Saben ellos, los políticos, que el sistema funciona y seguirá funcionando. Saben que como clase, como colectivo, no son prescindibles y se valen de la grandeza de la democracia para perpetuarse, aunque con ellos se perpetúen los problemas que, a fin de cuentas, caerán a peso sobre los ciudadanos sin que nadie lo remedie. Por eso, solamente cuando las pulsiones políticas dejen atisbar, por ejemplo, la posibilidad de un horizonte de paz, o de auténtico cambio en el estilo de gobierno, solamente entonces, la sociedad se moviliza y vota, y se interesa, y lee, y espera. Pero cuando comprueban que los problemas perduran y que la pulsión política se limita a quítate tú para ponerme yo, los ciudadanos manifiestan su hastío con la abstención, o con el alejamiento afectivo y emocional de los protagonistas de la política. Tiene razón el lehendakari, y el hecho de que la tenga debería ser motivo de preocupación para los profesionales de la política, porque llegará un momento en que nadie les siga.