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¿Turno para los escaladores?

Christophe Moreau y Michael Boogerd, en la etapa de ayer.Foto: efe

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Relata la leyenda, refiriéndose a un tocayo suyo, que Jacques Anquetil, uno de los ciclistas más elegantes sobre la bicicleta y enigmáticos fuera de ella que ha dado este deporte, era un maestro de la táctica. Un estratega. Un Rommel, apodado el Zorro del Desierto , del asfalto. Mimaba cada detalle, cada momento. Era un místico. Cuentan que se agarraba verdaderos cabreos cuando sus rivales no estaban a la altura. Mejor, cuando su eterno enemigo, Raymond Poulidor, no hacía honor a su nombre. Jacques quería que el ídolo francés (ambos lo eran, pero Poulidor contaba con la simpatía del público pese, o quizás por eso, a que no ganó nunca un Tour) estuviese a su lado cuando ganaba. El podio tenía que dibujar siempre la misma estampa: él en lo más alto, escoltado, claro, por Poulidor. Ése era el único resultado posible. La única instantánea que, al día siguiente, debía ilustrar los periódicos de toda Francia. Esa escena le llenaba, le henchía, le daba sentido a una carrera desbordante de una ironía fina, pensada, elaborada… de artista. Su última pirueta la dibujó ya en su lecho de muerte, hace ahora justo veinte años. Tendido en el hospital, donde murió víctima de un cáncer, le dijo a su mentor: "Te acuerdas, te dije que nunca moriría de un cáncer; pues bien, tenía razón: tengo dos".

Anquetil ganó, entre otras cosas, cinco Tours de Francia y escribió camino de la cima del Puy de Dome una de las páginas más emotivas de la historia del ciclismo en aquel mano a mano trepidante con Poulidor que se decantó del lado de su eterno rival cuando a un kilómetro de la meta, después de realizar toda la ascensión uno al lado del otro, sin cederse un metro, el normando se dejó vencer por el sufrimiento. Hace ahora medio siglo de su primera victoria en la ronda gala, en 1957 (luego encadenaría otras cuatro consecutivas, entre 1961y 1964), pero al bueno de Jacques, pese a sus logros, se le atragantaba la montaña. No era escalador. Sufría, pese a que su rostro y su estilo nunca lo denotaban, en las rampas envenenadas de Alpes y Pirineos. Hurgó entonces en su cerebro de estratega. Pensó: si los escaladores saltan rebosantes de energía cada vez que la carretera mira al cielo, veamos qué pasa si llegan asfixiados. La táctica era clara: su equipo llevaría al pelotón a mil por hora hasta pie de puerto, y una vez allí, él entraría en acción. Funcionó, los escaladores, llegaban sin chispa a su terreno y no podía distanciar al francés.

Desde los Tour de Anquetil, las victorias en la ronda gala de los amigos de la montaña se hicieron extrañas. Ni siquiera media docena, Ocaña, Thevenet, Van Impe, Delgado y Marco Pantani, hace nueve años. Ahora, tienen otra oportunidad, quizás única. A saber, llegan los escaladores mejor colocados que nunca para asaltar el maillot amarillo. Ni siquiera en 2003, la última vez que la crono estuvo emparedada entre Alpes y Pirineos, lo tuvieron tan cerca. Entonces la situación era muy similar a la que vive ahora el Tour. Se llegaba a la montaña en la misma jornada, la séptima, con una etapa, como la de ayer, que incluía un puerto de entidad guardando la meta. Salió de líder de Lyon el colombiano contrarrelojista Víctor Hugo Peña, seguido por todo el US Postal, que había ganado la crono por equipos. Armstrong estaba a un segundo de su compañero de equipo; Beloki a 33; Ullrich a 39; Menchov a 1:19; Mancebo a 1:22; Klöden a 1:48; Vino a 1:49; Zubeldia a 3:18 y Mayo a 3:35. Entonces, camino de Morzine, fue Virenque el que se llevó la etapa y se vistió de amarillo. Un escalador.

Tras la puerta de Morzine Allí, donde los favoritos no se movieron, esperaban las 21 curvas más famosas del mundo: las de Alpe d'Huez. Mayo reventó allí la carrera. Ganó, claro. Cómo olvidarlo. Salió Armstrong de líder, pero acosado, por los escaladores: Beloki, Mayo, Vinokourov, Mancebo… Todos a menos de dos minutos. A partir de ahí, Armstrong sufrió como nunca en la primera crono, donde ganó Ullrich, y se tambaleó en las dos primeras entregas de la trilogía de los Pirineos, hasta que en Luz Ardiden asestó el mazazo definitivo después de escalar este coloso enrabietado tras una caída en la que arrastró consigo a Mayo.

Cuatro años después de aquella vibrante edición, de grato recuerdo para el ciclismo vasco, pese a la caída, espeluznante, de Beloki camino de Gap, el Tour vuelve a estar en las manos de los escaladores. Lo tienen mejor que nunca para poner la primera piedra camino de París en la etapa reina de los Alpes, camino del inédito Tignes. ¿Por qué? Por varias razones, principalmente dos: llegan a la alta montaña, su terreno, sin apenas ceder tiempo. Sólo los segundos, un minuto justo en el caso de Mayo y algo más en el de Carlos Sastre, que se dejaron en el prólogo; y como hacía tiempo que no pasaba, la primera semana apenas les ha desgastado. Para muestra valga un dato: hasta la etapa de ayer la media del Tour era de poco más de 42 kilómetros por hora, cuando el año pasado se llegó a la primera etapa de montaña a 49 de media. La lección de Anquetil se ha quedado olvidada.

Más detalles a su favor: la ausencia de una crono por equipos, claro, y la ubicación de la primera crono larga después de los Alpes. ¿Por qué eso beneficia a los escaladores? Lo explicaba Mayo antes de partir hacia París. Es cuestión de musculatura, ya que los especialistas salen mucho más enteros de la lucha individual contra el crono que los escaladores, que al día siguiente se resienten de una postura en la que no están cómodos. Eso les merma para la montaña. Les hace débiles. Pólvora mojada.

No hay especialistas Hace tiempo que en el ciclismo no se ven escaladores como los de antes. Pantani fue el último. Quizás Mayo, Vinokourov o Contador se acerquen, más que nadie, a esa radiografía de ciclista rompedor, capaz de reventar el pelotón cuando la carretera se envilece no sólo para ganar la etapa, sino para sacar tajada de cara a la general. Pero por primera vez en mucho tiempo el Tour no presenta, salvo Klöden, a ningún corredor que pueda hacer grandes diferencias en la lucha individual y sea capaz de aguantar e incluso tutear a los escaladores en la montaña. No hay Armstrongs, ni Ullrichs, ni Bassos, ni Indurains, ni Lemonds, ni Hinaults… Vía libre para el espectáculo.

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