
El algortarra Iñigo Landaluze (Euskaltel-Euskadi) entra totalmente reventado en la línea de meta de Le Grand Bornand. Foto: efe
Enviado especial
le grand bornand. "Estoy de los putos nervios". Miguel, auxiliar de Euskaltel-Euskadi, se mueve inquieto tras el telón de caos que esconde la meta de Le Grand Bornand. En la pantalla de televisión, Linus Gerdemann negocia ya la última curva camino de la gloria ciclista: una etapa en el Tour de Francia. Casi nada. Miguel se desespera. "¡Qué mala suerte tiene!" Ha arrojado la toalla. 30 segundos, trece más que en la cima de la Colombière. Mucho. Demasiado. Una eternidad. La distancia entre el todo y la nada. Todo es eso, la etapa y la túnica sagrada de la ronda gala. Nada es todo lo demás que encabeza Iñigo Landaluze. Segundo en ambas. Otra vez. Como el año pasado en la Vuelta a España en Burgos, donde se le adelantó otro vasco, Egoi Martínez, o como en primera etapa de la Euskal Bizikleta de 2002, la que le birló el ermuarra Pedro Horrillo. Como segundos cuentan también, por lo que escocieron, el tercer puesto del año pasado en la meta de la primera etapa pirenáica del Tour, en Pau, o aquel décimo en la ronda gala de 2004 cuando se quedó a nada, un suspiro, 50 metros, de levantar los brazos tras marchar toda la jornada escapado con Simeoni, el amigo de Armstrong. "Soy el eterno segundón", se lamenta Iñigo en una mezcla de rabia, resignación y cansancio. El Poulidor de Algorta.
Gerdemann se desmorona nada más cruzar la línea de meta. Está muerto. Apenas puede andar. Pero esboza una sonrisa envidiable. Iñigo llega 40 segundos después. Muerto también. "Estoy reventado", acierta a decir entre jadeos. Le consuelan los brazos de Miguel, los mismos de los que se colgó de alegría en junio de 2005 en Sallanchés, meta de la última etapa de la Dauphiné Liberé de ese año, el único triunfo que descansa tras la cristalera de su vitrina de profesional. Ayer estuvo a punto, a nada, a 17 segundos inapreciables, de hacerle compañía uno de esos leoncitos reservados a los ganadores en el Tour. 17 segundos. Ese tiempo, en el que al microondas no le da ni para calentar la leche, cedió Landaluze en la cima de la Colombière, en el corazón del macizo del Aravís. Alpes inmensos. Allí, a 15 kilómetros de la meta de Le Grand Bornand, llegó el de Euskaltel-Euskadi extenuado, roto de sufrimiento, desencajado, retorciéndose con ese pedaleo desarrapado pero efectivo que le caracteriza cuando busca el límite de su pulsómetro. Y se tiró para abajo. En busca su redención, de su cuenta pendiente con el Tour.
El corazón en un puño. Desde el coche de equipo, batería de mensajes. "Me decían de todo". A más de 1.000 kilómetros de distancia de los Alpes, en Algorta, en el Pippers Irish Pub , Chatarra y Tximi , que fueran sus directores cuando Iñigo corría en juveniles en Punta Galea, estrujan los puños, como si así pudiesen empujarle. "Vamos Iñi". Están confiados. Sueñan despiertos. Saben, porque lo han visto en numerosas ocasiones, que Landaluze baja bien, que es valiente. Su sonrisa se disipa. Un jarro de agua fría. En el primer kilómetro de descenso el alemán toca ya la victoria de etapa. Le ha comido al corredor vizcaino otros 13 segundos. Un mundo.
"El descenso era de dar pedales, no de técnica, y yo iba muerto", se explica Landaluze a los pocos minutos de cruzar la meta. Su pulsómetro respira ya más tranquilo. 105 pulsaciones. "He llegado muerto", repite una y otra vez, como justificándose, como pidiendo perdón por no haber ganado, por haber vuelto a ser segundo, por haber rozado de nuevo con la punta de los dedos una etapa en el Tour de Francia, por ser segundo en la general, por derrochar esfuerzo, por dejarse la piel, como pocos, en la carretera, por reventar la siesta a miles de vascos, por volver a ilusionar, aunque al final quedase un poso de tristeza, a un país que vibra con el ciclismo y que ya tiene un motivo más (si es que lo necesitaba) para abarrotar, para llenar de color los Pirineos la próxima semana.
Los favoritos no se movieron Un numeroso grupo, compuesto, entre otros, por Rubén Pérez, Egoi Martínez, Savoldelli, Flecha, José Iván Gutiérrez, David de la Fuente, Fofonov o el propio Landaluze, logró abrir la lata y zafarse de la vigilancia del pelotón nada más coronar la Cote de Corlier, la primera de las cuatro dificultades montañosas de la séptima etapa del Tour, llegó a la base de la Colombière con 4:29 de adelanto sobre un pelotón dubitativo del que comenzó a tirar el Rabobank. Rubén Pérez derrochó allí su último gramo de fuerza. Tiró de lo que le quedaba para lanzar a Landaluze y luego puso el intermitente. Vía libre. Gutiérrez y De la Fuente fueron los primeros en desatar las hostilidades. Luego, se les unieron Fofonov y Gerdemann. Iñigo caminaba a su ritmo. "Si trato de seguirles me sacan de punto", explicaba en meta el de Algorta. La montaña fue poco a poco enseñando su dureza. A apenas dos kilómetros de la cima, bajo un sol de justicia, el mano a mano era ya entre Gerdemann y Landaluze. El reloj parecía un termómetro. Entre 30 y 35 segundos. Sólo en la cima se enfrió algo. Los malditos 17 segundos, que se multiplicaron, hasta 40 en meta. ¡Qué pena!
Atrás, en el pelotón, no hubo movimiento. Sólo cayeron detalles. Uno, de los buenos: Mayo está bien. Es la sensación que dio, siempre entre los diez primeros, en las rampas de la Colombière donde aguantaron todos los favoritos, Valverde, Sastre, Menchov, Evans, Garate, Zubeldia, Astarloza y, claro, Klöden y Vinokourov. El kazajo alcanzó la meta roto: "He sufrido tanto que esto para mí es ya una victoria". Hoy, camino de Tignes, evaluará sus posibilidades cuando la carrera prenda llama.
EN la reunión de equipo previa a cada etapa, Fabrizio Bontempi no me dejó dudas ayer: "Para la general tenemos a Valjavec. Marzio y Patxi, tenéis que centraros en buscar un triunfo de etapa. Más vale eso que ser el quince en la general".
Creo que he preparado muy bien el Tour tras el Giro, y mi idea era intentar estar lo más arriba posible y tratar de aprovechar cualquier vagón de gloria que pasara por delante. Pero ayer, en la Colombière, casi agradecí las órdenes de equipo.
Me explico. Tuve buenas sensaciones durante toda la etapa, incluso hasta el inicio de ese puerto. Pero, de repente, me sentí mal fruto de una deshidratación, algo que no es la primera vez que me pasa, sobre todo el primer día de gran calor. Mi organismo no asimila bien las sales, por lo que sólo bebí agua, y nada de sales ni electrolitos, algo que terminé acusando por la alta sudoración.
Si hubiera sufrido algo más, quizá habría podido aguantar en el pelotón principal, o enlazar en el descenso, pero no lo tengo tan claro. El caso es que me acordé de las palabras de Fabrizio, y ya no me importó el tiempo que pudiera perder. Al llegar al hotel, tenía escalofríos y algo de fiebre, pero espero estar bien hoy. La etapa es dura, pero ha pasado un tercio de Tour y hay que tentar la suerte cualquier día. Y el primero es hoy.
Descolgado en la Colombière, me volví a acordar de lo bien me salió todo el año pasado. Logré resultados casi sin querer. Lo que antes iba todo rodado, esta temporada parece que se cruza. Me pasó en el Giro, donde me caí cuando iba delante. En la Euskal, logré un resultado casi más por narices -por no decir otra cosa- que por fuerza. A veces pienso que si Vicioso no me llega a ganar en Vitoria en la Vuelta al País Vasco, mi temporada habría sido diferente...
Ya sé que las prisas no suelen ser aconsejables, y menos en el deporte de elite, pero soy un ciclista que necesita marcarse unas expectativas... y cumplirlas. Si no lo hago, me obsesiono un poco, y así llevo todo el año: a contrapié. Quedan trece etapas para enderezar el rumbo.
Sobre la etapa en sí, y a pesar que no se movió ninguno de los favoritos, creo que fue bonita, movida, con cambio de líder... Fue una pena lo de Landaluze, porque lleva varios años rozando el triunfo en el Tour, y no termina de rematar. En cambio, Gerdemann aprovechó su primera ocasión.
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