
El noruego Thor Hushovd, del Credit Agricole, celebra su victoria de etapa tras superar en el sprint al sudafricano Robert Hunter, del Barloworld. Foto: efe
Enviado especial
joigny. Luce en el brazo derecho, a la altura del triceps, una cicatriz que después de echarle una ojeada a su carné de identidad (es noruego) y de rescatar del rincón de la memoria su conocida afición por la caza de renos, a uno se le dispara la imaginación. Quizás Thor Hushovd se la hiciera en alguna cacería, en una de esas eternas batidas de diez horas de duración que acostumbra a realizar por los nevados y enigmáticos bosques que rodean su Grimstad natal, el lugar donde reside y en el que tiene de vecino a otro ilustre del ciclismo nórdico: Dag Otto Lauritzen, el que abrió la lata en 1987 con su épica victoria en Luz Ardiden. Seis victorias de etapa en el Tour, todas las noruegas salvo la que conquistó Kurt-Asle Arvesen en 2005, en una misma manzana. Pero la cicatriz no se la hizo en el bosque, sino en otra jungla, en un sprint del Tour. El del año pasado, cuando vestido de amarillo tras ganar el prólogo de Estrasburgo luchaba por hacerse también con la primera etapa en línea. Una mano verde, de esas que publicitan la casa de apuestas PMU, casi le siega el brazo. Cazado en una cacería. Ésa a la que Thor acude todos los años, fiel a su cita. Allí, entre codazos de desesperación, tensión desbordada y sueños que se cumplen y se esfuman en una décima de segundo, Hushovd se siente dichoso. ¿Por qué? Simplemente porque es un reto para él, un estímulo.
Cuentan que el noruego estuvo a punto de abandonar el ciclismo cuando tenía 19 años. Estaba cansado de ganar, de levantar, bajo la pancarta de meta, sus portentosos brazos, las puertas de un armario empotrado. En el salón de su casa los trofeos se apilaban ya entonces con indiferencia. Uno más cada fin de semana. Todos iguales. Incoloros, insípidos. Thor, ya en aficionados, decidió realizar un viaje iniciático. Partió con las maletas vacías, para llenarlas. Daría una vuelta a su vida. Quería un cambio de rumbo. Borrón y cuenta nueva. Ofuscación juvenil. El verano de 1997 languidecía cuando Thor se fue de vacaciones a las Islas Canarias, buscando el calor que escasea en Noruega. Confiado ya de que no volvería a subirse a una bicicleta, el destino se le apareció apretujado dentro de un televisor. Vio a Kurt-Asle Arvesen ganar el Campeonato del Mundo Sub'23 en Donostia por delante de Óscar Freire. Pensó entonces: "Un Noruego puede hacerlo". Cogió su recién estrenada nueva vida con sus poderosas manos, hizo una bola con ella y la tiró a la papelera. Volvía a ser ciclista.
Con el reto de enfundarse él también, como Kurt, el codiciado maillot arco iris regresó a los entrenamientos y, luego, a la competición. No fue campeón del mundo, pero ganó, enrolado en las filas de un equipo sub'23 aficionado, la París-Roubaix, la París-Tours y la Copa del Mundo. Casi nada. Pudo pasar ese año a profesionales, pero decidió esperar. Quería acabar sus estudios y realizar el servicio militar. Un año y 22 victorias más tarde atendió la llamada de Roger Legeay y fichó por el Credit Agricole, su equipo de siempre, con el que ha ganado cuatro etapas en el Tour, cinco con la de ayer en Joigny.
La página web de Thor Hushovd no se presentaba ayer como acostumbra: con truenos. El noruego se los llevó todos a Francia para desatarlos en los últimos quinientos metros de la cuarta etapa del Tour. Nadie le hizo sombra. Sólo Hunter olió por un momento la que hubiese sido la primera victoria de un corredor sudafricano.
Euskaltel, en la buena senda Desde que el Tour saliera de suelo británico, casi nada había sido normal en carrera. Ayer, para bien o para mal, se cumplió el guión: fuga controlada que fue echada abajo en los últimos kilómetros por los equipos de los velocistas y sprint puro en meta.
Cuatro etapas en línea y dos escapadas. El balance de Euskaltel-Euskadi en lo que va de Tour no puede ser más halagüeño. Un buen presagio para lo que puede ofrecer a partir de este fin de semana, en los Alpes. Decía Igor González de Galdeano antes de partir para Londres que su equipo buscaría en Francia una etapa y una buena clasificación general, pero, sobre todo, abogaba por dar una buena imagen, dar sensación de equipo, tener presencia en carrera. La está teniendo. El lunes metió a Rubén Pérez en la fuga del día y el de Zaldibar, además de llegar a ser líder virtual durante gran parte de la etapa, apunto estuvo de sorprender al Quick Step, ya que fue cazado a sólo tres kilómetros de la meta. Ayer, la cara de Euskaltel fue la de Gorka Verdugo. El navarro formó avanzadilla con Juan Antonio Flecha, Sylvain Chavanel, Matthieu Sprick y Christian Knees. Caminaron sabiéndose presas, pero, al menos, tentaron a la suerte.
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