
Niños africanos descansan en la calle bajo la sombra de un árbol.Foto: efe
Yodete es un adolescente etíope que pide limosna en las calles de Adis Abeba explotando una cojera que le causaron a golpes integrantes de una mafia que trafica con menores para convertirlos en vagabundos.
La cojera, a la larga, es la única fuente de sustento del menor. "En un buen día puedo ganar hasta diez birrs (1 euro), y yo me quedo con treinta céntimos", explica Yodete.
El caso de este adolescente es uno de los 60.000 menores que mendigan en las calles de Adis Abeba, según fuentes oficiales, aunque otros cálculos indican que pueden llegar a 100.000.
El número se ha duplicado en los últimos diez años. La mayoría son huérfanos y casi todos proceden de áreas rurales, y vinieron a Adis Abeba en busca de una vida mejor, muchos de ellos pensando que esta ciudad sería sinónimo de trabajo y prosperidad.
Otros, en cambio, fueron vendidos por unas familias incapaces de mantener a sus hijos, y varios millares fueron secuestrados por una mafia organizada que obliga a los niños a mendigar y repartir el dinero obtenido.
Yodete, por ejemplo, es un adolescente sin techo que vive desde hace nueve años en Adis Abeba. Le partieron una pierna para atraer a los turistas y poder reclamar dinero.
"Me golpearon varias veces con un palo. Desde entonces cojeo porque no me dejan ir al médico", asegura. No quiere desvelar los nombres de sus torturadores por razones obvias. "Podrían matarme", asegura temeroso.
El problema de los sin techo se agrava cada día. Se trata de un mundo subterráneo que malvive con sus propias reglas y donde tan sólo los más fuertes o afortunados salen adelante.
palizas y droga La violencia de la calle, los secuestros, las palizas, la prostitución impuesta y la droga son monedas diarias y conforman el rostro más oscuro de la capital de Etiopía, visible para los turistas, pero aparentemente invisible para las autoridades.
Una organización no gubernamental, el Foro por los Niños de la Calle (FSCE), creada en 1989, es la única que ayuda a unos seres desamparados y enfrentados a una lenta agonía.
El elevado número de vagabundos y la escasez de fondos obligaron a los miembros de FSCE a reflexionar hasta que encontraron una fórmula para alimentar a los niños y alejarlos de la droga.
"Decidimos vender a los turistas unos bonos que dan acceso a una comida caliente gratuita. De esta manera y por sólo diez birrs, el turista sabe que su dinero no será invertido en droga", explica Solomon Sima, empleado de la ONG.
La droga es la vía de escape de los niños a su miserable existencia. Masticar khat (un estimulante muy popular en Etiopía) después de doce horas de peligroso vagabundeo es la merecida recompensa.
Con los tickets-restaurante el turista ayuda directamente a la lucha contra el consumo de un estupefaciente legal en Etiopía y contribuye a ofrecer comida con la garantía de que su dinero será empleado correctamente.
Sin embargo, la ausencia de soluciones por parte del Gobierno, obliga a esta ONG a luchar contra una epidemia de proporciones gigantescas, sin solución de futuro.
Con el tiempo los adolescentes se convierten en adultos y necesitan encontrar trabajo para alejarse de esa condición de vagabundos que tanto desprecian.
vida en las alcantarillas Cuatro muchachos cuyas edades oscilan entre los 17 y los 21 años han sabido adaptarse pero el precio que pagan por el cambio es demoledor. Viven en una alcantarilla, donde los transeúntes orinan e incluso defecan.
El agujero que les sirve de cobijo es de dos metros cuadrados. A las cinco de la mañana salen de la alcantarilla y hasta la una de la tarde se dedican a recoger la basura de las calles. Un trabajo por el que perciben cinco euros al mes.
Y cuando su jornada laboral termina, los cuatro compran khat y mastican durante toda la noche.
Temesgel tiene 18 años y es el único de ellos que conoce unas pocas palabras de inglés: "Estoy avergonzado de vivir así. La gente me escupe, orina en el sitio donde duermo y me insulta. No puedo regresar a mi pueblo porque sería un deshonor. No sé qué hacer".
Es huérfano. Sus padres murieron, víctimas del sida, y la poca familia que le queda está convencida de que ha viajado al extranjero y regresará algún día con dinero suficiente para mantener a todo el pueblo.
Lo que dice su compañero de miserias, Ibrahim, no varía mucho: "También soy huérfano. Iba a la escuela en la ciudad de Harar. Un profesor me dijo que debía abandonar mis estudios y convertirme en pastor. Seguí su consejo y me trasladé aquí con la esperanza de trabajar. No estoy satisfecho pero por lo menos tengo trabajo".
Los cuatro sufren a diario el menosprecio de los etíopes pudientes y la ira de los vagabundos que duermen en las aceras y no tienen un empleo.
La policía tampoco es ajena a su precaria situación. "Cada vez que se produce un robo la Policía viene a vernos. Más de una vez hemos dormido en la comisaría. Por lo menos no pasamos frío", ironiza Temesgel, todavía capaz de sonreír ante su adversidad.
A la hora de elegir entre comida y droga, ninguno duda. "La comida está bien, uno o dos días a la semana. Pero la droga nos permite evadirnos y soñar con una vida mejor, una vida de blanco", concluye Ibrahim, antes de bajar el parabrisas que utilizan de puerta de entrada a su alcantarilla.
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