Diario de Noticias de Gipuzkoa

Tribuna Abierta

Vergüenza propia

por zigor aldama enviar a un amigo imprima este texto texto normal texto medio texto grande

De las palabras a los hechos hay un trecho. En la reciente visita de los reyes de España a China, acompañados por la delegación empresarial más amplia de la Historia, se han mostrado muy buenas intenciones, y en los medios de comunicación se ha prestado una atención inusitada a las relaciones bilaterales. Se han planteado objetivos espectaculares, como duplicar en dos años el número de empresas presente en el gigante asiático. Sin embargo, incluso si se hicieran realidad, nos dejarían muy por detrás de países como Francia, Alemania o Italia. Ahora, después del frenesí provocado por la visita, enmarcada en el Año de España en China , toca regresar a la cruel realidad. Y esa deja bien claro que, todavía, se le da la espalda al continente asiático.

Uno de los objetivos que se ha planteado el gobierno de Madrid es el de impulsar el turismo chino en el país. Algo por lo que pelean todos los países europeos ante el hecho de que, para 2020, China se convertirá en el primer emisor de turistas del mundo. Gente dispuesta a gastar incluso más que europeos y estadounidenses en sus viajes y que, sin embargo, se encuentran con infranqueables barreras en su camino. No hay más que echar un vistazo al consulado español en Shanghai para darse cuenta de que algo no funciona.

En la pequeña sala de espera se hacinan un centenar de chinos con cara de sorpresa. Han recibido cita para acudir a entregar la documentación y no esperaban tener que aguardar hasta tres horas para llevar a cabo un trámite en principio tan sencillo. Después de soportar pacientemente en la cola, y sin ningún tipo de información, varios trabajadores de la legación nacional los despachan con modales que, en nuestro país, bien valdrían una denuncia.

Siete días después, y tras esperar de nuevo en ese pequeño infierno, reciben sus pasaportes con el visado o, en su defecto, un sello que hace constar la denegación de la solicitud, y un formulario en el que una X determina la causa de la prohibición para viajar a España. Muchos se quedan boquiabiertos al descubrir que, a pesar de aportar la documentación requerida, y en regla, se les impide entrar en territorio europeo. Es el caso de una joven china invitada por una familia a pasar las vacaciones de verano en Euskadi. Como ella, quienes interpongan un recurso tendrán que esperar un mes, plazo que no se cumple, para recibir una nueva respuesta, seguramente negativa y mal argumentada, y redactada únicamente en español. Además, haciendo caso omiso a lo que estipula la ley, no se especifica dónde puede presentarse un recurso a esa decisión que, además, no se ha comunicado, de nuevo en contra de la ley, hasta veinte días después de haber sido tomada. En el proceso se pierden un mínimo de 150 euros y un billete de ida y vuelta que puede no ser reembolsable. Todo para obtener un visado de turista. No es de extrañar que los chinos opten por otros destinos.

Mientras tanto, las mafias se frotan las manos. A ellas sí que les conceden los visados. Según fuentes del propio consulado, quienes quieren entrar ilegalmente en el territorio español pagan unos 15.000 euros a una banda que tramita un contrato de trabajo para que le otorguen el ansiado visado. Si es denegado por sospecha de que ese trabajo es realmente una tapadera, no hay más que interponer un recurso por la vía contencioso-administrativa para que un juez dictamine que se le ha de expedir el permiso de entrada porque existe ese contrato, que en el mayor de los casos es una farsa. Y ya está.

Estos hechos llevan a reflexionar también sobre la preparación del personal que, queramos o no, nos representa en el exterior. Desafortunadamente, muchos no se caracterizan especialmente por su conocimiento de la cultura y de las costumbres de los países en los que van a trabajar. Sucedió en mi último viaje a Pakistán, cuando el agregado comercial de la embajada en la capital, Islamabad, me contó, como si fuese gracioso, el camino que le había llevado a uno de los países más herméticos y complicados del mundo.

Se trata de un andaluz exuberante que asegura que el mejor día de su vida fue el que le comunicaron el destino que le habían asignado para comenzar su carrera diplomática. Fue restregándoselo a todos sus compañeros de la Junta de Andalucía, diciendo que se iba a una isla paradisíaca del Pacífico. Cuando ya tenía comprado el bañador de palmeritas y había firmado, ufano, el sí quiero al destino, una gran carcajada recorrió su región. Fue el momento en el que se enteró de que se iba a Islamabad, y no a la Isla de Mabad (¡!) que es a donde él creía que lo habían destinado.

Por si fuera poco, la entrada de dicha embajada estaba decorada con dos actualizados pósteres de Sevilla '92, y sendos mapas preconstitucionales de España, con su Ferrol del Caudillo, la región de las Vascongadas y el Sáhara español bien visibles. Además, el nivel de inglés de buena parte de los trabajadores de la representación del país rayaba en lo terrorífico. Curiosamente, el embajador era el sobrino de Manuel Fraga. En cualquier caso, pobre imagen la que España da en el exterior.

El caso de China es más sangrante, quizá, por el hecho de que se esté conmemorando el Año de España en China , entre cuyas actividades, y como muestra de la desidia de la Administración en este país, no se encuentra la visita del presidente del Gobierno. Eso a pesar de que las autoridades consideran a China un país de suma importancia. Un interés que queda en entredicho cuando se comparan las iniciativas del Gobierno con las de países como Francia o Alemania, mucho más activos en este sentido. Mientras éstos buscan un hueco en los sectores de la electrónica o la automoción, nuestro país se preocupa en abrir las puertas a uno de sus productos estrella: el jamón ibérico.

España trata de sacudirse la pandereta de su imagen. Sin embargo, con actitudes como las descritas en este artículo lo tiene difícil. Mientras no se elija con mayor esmero a nuestros representantes en el exterior, y se les exija el mismo respeto por los valores de la democracia y del Estado de Derecho que se espera obtener de sus colegas aquí, difícilmente se conseguirá que los chinos no salgan asombrados del mal hacer de nuestras oficinas representativas, o que los paquistaníes arqueen una ceja al descubrir nuevos territorios bajo la enseña rojigualda. A ellos les produce sorpresa, a nosotros debería provocarnos vergüenza.

* Periodista especializado en Extremo Oriente

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