Editorial
Sólo en nombre de los más poderosos
Terminó la cumbre del G-8, los países más poderosos del planeta, que aprobaron unas conclusiones que van desde la vaguedad sobre el cambio climático hasta la promesa de ayuda económica contra el sida, pasando por ese apaño a dos en relación al escudo antimisiles. Dejar en manos de la ONU el cumplimiento de los acuerdos de Kioto sobre el medio ambiente es no implicarse en nada y comprometerse a gastar 60.000 millones de dólares para combatir en África el sida y otras enfermedades es un gesto vacío teniendo en cuenta que muchos países africanos aún están esperando la ayuda prometida en 2005 para el mismo fin. El G-8 no es más que un club privado que reúne a los siete países más opulentos con ciudadanos más ricos y a un país rico pero con ciudadanos pobres, cuyo objetivo no es otro que el de seguir disfrutando del privilegio de ser un poder fáctico con capacidad decisiva en el marco de las relaciones internacionales. Esa representación del 13% de la población mundial, se arroga el derecho de decidir sobre el resto gobernando institucionalmente la globalización y perpetuando ese reducto imperialista trasnochado. Cierto que sus reuniones, protegidas por imponentes escudos policiales, son replicadas por una contestación cada vez más intensa, pero hasta esas protestas están amortizadas, de momento. Por su impacto social y su repercusión popular, quizá sean los compromisos medioambientales los que capitalicen la atención mediática mayoritaria y, como es sabido, ha sido hasta ahora el socio más poderoso del G-8 el que menos disposición ha mostrado para cumplirlos. No obstante, en la cumbre de Heiligendamm EEUU ha entendido que no tiene otro remedio que mover ficha y que, si no por responsabilidad al menos por imagen va a tener que remangarse e incluso liderar la catástrofe ecológica que conlleva el efecto invernadero. El club de los más ricos, y quizá sea un indicio interesante, está preocupado por la posibilidad de que las economías emergentes -China, Brasil, México y Sudáfrica- acaben por convertirse en cómplices necesarios con lo que ello supone de reparto del poder hasta ahora casi exclusivo. Pero los emergentes no se fían y no están dispuestos a controlar su desarrollo en nombre del medio ambiente, sin contrapartidas.