
Savio se deshace en lágrimas tras la finalización del encuentro de ayer.foto: gorka estrada
donostia. La Real no merecía vivir algo así. Porque este equipo que defiende el escudo txuri urdin con mucha más pena que gloria es sólo un borrón en una historia grande e inmaculada. El destino quiso que la mejor afición del mundo se llevase el disgusto de su vida al ponerse casi los dos pies en Segunda por un cruel penalti errado en el último minuto. El destino, que parece a veces distinguir camisetas y colores, se volvió a ensañar en la penúltima jornada con un club pequeño de tamaño pero gigante de corazón, como ya lo hiciera en la Liga de la imbatibilidad en Sevilla en 1980 y en Vigo, hace sólo cuatro años.
Era de lo poco que le faltaba por sufrir a la Real: un penalti a lo Djukic. Anoeta, que había pasado de la alegría de los goles en campos contrarios a la angustia de ver cómo su equipo no era capaz de anotar, se volvió loco al señalar el colegiado un derribo de Munitis a Herrera. En la plantilla realista no habrá tantas figuras como lucían en aquel Súper Depor, pero sí anida una que le ha resucitado y le ha mantenido en la lucha por la salvación hasta el final gracias a sus goles y a sus asistencias. Savio sabía que los focos le iluminaban a él, que todos confiaban en su zurda mágica y no lo dudó.
Asumió la responsabilidad como lo que es, una estrella del fútbol mundial. Y falló. Quizá no se diera cuenta de que el tramposo de Calatayud había estado destrozando el punto de penalti, pero lo cierto es que le pegó fatal. Anoeta calló. Fue un silencio atronador. Un grito sin voz nacido de un sentimiento profundo e inigualable. La Real bajará el peldaño de categoría la semana que viene, pero ayer, en la fatalidad, consiguió que su afición le quiera un poco más aún. Porque como la Real Sociedad no hay ninguna.
El partido se resume en una sola jugada. Empezó en el momento en que se señaló penalti y terminó cuando la estrella del fútbol mundial lo falló. Aunque antes hubo 90 minutos que la Real, una vez más, no supo ni fue capaz de jugarlos. Sobre todo porque enfrente se encontró con un rival limitado, plagado de bajas y caras nuevas, que luchó con la motivación que todos suponían (primas), pero que apenas inquietó a Riesgo.
angustia creciente En la primera parte a los blanquiazules les faltó lo de siempre, un cerebro. Su centro del campo recuperaba rápido el balón, pero nadie tenía criterio para generar ataques organizados y fluidos. Pese a todo y gracias a un buen Rekarte en la banda, la Real dispuso de tres buenas ocasiones. Dos de Estrada, sobre todo en un testarazo dentro del área, y en otro remate de cabeza de De Cerio en posición inmejorable que se le escapó fuera. La afición se iba calentando al ver los goles del Villarreal y Osasuna, pero esto acabó descentrando al equipo.
En la segunda mitad la angustia fue creciendo. La Real era incapaz, no tenía argumentos ni calidad para lograr el ansiado gol. Savio no aparecía por la banda y llegó un momento en el que se apeló a la heroica y comenzó un bombardeo al Racing con balones largos. En un arreón final, al más puro estilo inglés al basarse en corners, Garitano remató al larguero y Alfaro salvó bajo palos un disparo de Savio.
Hasta que llegó el maldito penalti. ¿Qué hubiera sido de la Real en Valencia si hubiese entrado? Ésa es otra historia.
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