
EL experimento más llamativo del profesor Rosenthal, uno de los puntales de Harvard hoy felizmente retirado en la Universidad Riverside de California, consistió en proporcionar a un grupo de profesores de primaria cierta información sobre las supuestas capacidades de los nuevos alumnos que los maestros iban a tener en clase. La información suministrada era falsa, completamente inventada, pero fue suficiente para que los alumnos señalados a priori como potencialmente brillantes consiguieran, efectivamente, resultados sobresalientes, mientras se quedaban atrás aquellos de los que, sin ninguna base para afirmarlo, se esperaba más bien poco.
Se trata del llamado efecto Pigmalión, que sirve ejemplo para teoría de la profecía autocumplida, un concepto expuesto por el sociólogo Robert K. Merton, y perfectamente ilustrado con el ficticio caso del banco de Millingville: un banco gestionado de forma honrada y eficaz, con algunos activos líquidos pero con la mayor parte de sus fondos invertidos en diferentes negocios. Ocurre sin embargo que, un buen día, sin que nunca termine de aclararse por qué, un puñado de cliente se presenta en la oficina del banco porque a sus oídos ha llegado el rumor de que el banco corre el riesgo de quiebra, y piden retirar sus fondos. El banco hace frente a sus obligaciones sin problemas, pero la presencia de tanta gente en la oficina provoca nerviosismo y alimenta el rumor de una inminente bancarrota. El temor se extiende y los clientes, cada vez en mayor número, pretenden rescatar sus depósitos. La bola crece de forma que, finalmente, el falso augurio de que el banco se encaminaba a la quiebra termina cumpliéndose. Una profecía que se cumple a sí misma simplemente porque la gente percibió como auténtico un peligro que era falso, y actuó como si fuera real.
También en la política vasca llevábamos tiempo hablando de situaciones de bloqueo, de grave deterioro, de falta de voluntad, de ponernos en lo peor, de hacer ver que la única finalidad del adversario era imponer su visión de las cosas… en fin, hablando de que nos encaminábamos irremediablemente hacia el desastre, y el desastre parece ya a punto de consumarse. Por de pronto, ETA ha anunciado ya la ruptura de la tregua decretada en marzo del año pasado. Quizás si durante todo este tiempo se hubiera trabajado con el convencimiento de que sí, de que la solución era posible esta vez, tal vez los acontecimientos se habrían desarrollado de otra manera. Nunca se sabrá a ciencia cierta, pero es indudable que lo ocurrido tiene todos los tintes de una nueva profecía autocumplida. Los políticos vascos deberían saber -aunque quizás lo sepan demasiado bien- que la realidad no sólo se compone de cuestiones objetivas, y que la percepción que de esa realidad trasladan a la sociedad tiene efectos directos sobre el curso de las cosas. Sin embargo, y colocados ya en la tesitura de una vuelta atrás, la siguiente obligación de la clase política es la de extraer lecciones de lo ocurrido para intentar evitar reproducir los errores que han hecho naufragar el actual proceso. Y una vez aprendida la lección, tratar de retomarlo cuanto antes, porque la sociedad vasca no puede permitirse el lujo de afrontar el futuro sin que el horizonte aparezca despejado.
Entre las reacciones producidas tras el anuncio de ETA, única responsable de la ruptura del alto el fuego, llama la atención el hecho de que todos los actores políticos -quizás la excepción haya sido ZP-hayan apuntado al adversario político como responsable último de la situación, provocando cierto cansancio y hasta el desconcierto en una ciudadanía que, cada vez más, es capaz de separar el grano de la paja, y que siente lo ocurrido como un fracaso colectivo.
Pero aparecen también señales de esperanza, no sólo entre los actores políticos: también en el mundo sindical, empresarial o eclesiástico. De todos ellos, en el campo político, dos resultan destacables: Zapatero anuncia que seguirá trabajando para lograr la paz cuanto antes, y en su discurso ante la ruptura de ETA vuelve a deslizar la frase que en junio de 2006 provocó el alborozo de la izquierda abertzale: "el futuro de los vascos depende y dependerá de ellos mismos, en el marco de la ley y de la democracia": Esta vez añadió, además, que "nunca dependerá de la violencia terrorista". Todo ello tras asegurar que todos sus esfuerzos han estado dirigidos a "alcanzar la paz y abrir un marco de convivencia para todos en el que pudiesen defenderse democráticamente todas las opciones y que supere todo enfrentamiento".
Batasuna, por su lado, acusa al PNV y al PSOE del colapso del proceso, pero vuelve a dejar la puerta abierta: "hoy mismo puede retomarse" decía Arnaldo Otegi, si se abandona la tentación de creer que estamos ante un proceso "técnico" y se asume que "el problema es político, y la solución debe ser también política".
Siguen siendo señales de que no todo está perdido definitivamente, de que algún poso queda de los largos contactos entre los dos mundos, pero a ambos actores cabe reprocharles que sus lecturas de la situación no incluyeran ninguna autocrítica, aunque en este momento eso sería demasiado pedir. Sin embargo, ese será el ejercicio que, mejor pronto que tarde, deberán abordar tanto ZP como Batasuna y el resto de partidos: analizar honestamente cuál ha sido su papel hasta ahora y en qué se han equivocado, para a continuación corregir el rumbo. El tiempo apremia, y el tiempo político más. Sólo si se ponen manos a la obra, y lo hacen ya, sólo así conseguirán que la sociedad vasca les conceda una nueva oportunidad, convencida de que esta tiene que ser la buena. Si lo dejan estar, si esperan a mejores tiempos, si hay un atentado mortal…quizás entonces la desesperanza cunda definitivamente. Y si se pierde la esperanza, será demasiado tarde.
Si la sociedad vasca percibe que el objetivo no se va a lograr, actuará, aunque sea de forma inconsciente, para que no se logre. Pero si ve que de verdad es posible, entonces favorecerá su logro. Es el efecto Pigmalión. Todos podemos empujar, pero la pelota está en el tejado de los políticos. Y de ETA.
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