Diario de Noticias de Gipuzkoa

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Entre Penélope y Ulises

javier ortiz enviar a un amigo imprima este texto texto normal texto medio texto grande

eta ha dado por finalizado su llamado "alto el fuego permanente". La noticia me sugiere comentarios de dos órdenes de distinta naturaleza, que no mezclo y que tengo mucho interés en que nadie interprete que mezclo: de un lado, los que se refieren a la propia ETA; del otro, los que tienen que ver con todo lo que no es ETA. Empezaré con los primeros. ETA asegura en su comunicado que va a reemprender las acciones violentas "para defender a Euskal Herria". Eso sólo demuestra el abismo de subjetivismo en el que está hundida. Habla de una Euskal Herria mítica, que no tiene nada que ver con la Euskal Herria real. La Euskal Herria real no quiere, en su aplastante mayoría, que ETA la defienda, porque se las arregla muy bien para defenderse por sí misma y porque rechaza los métodos de supuesta defensa que utiliza ETA.

ETA sabe que una muy amplia mayoría de los vascos, incluyendo buena parte de los integrantes de la izquierda abertzale, desea que se quite de en medio de una vez por todas. De lo que se deduce que considera que tiene más autoridad para hablar en nombre del pueblo vasco que el propio pueblo vasco.

En esa misma línea: es delirante que reclame el derecho de los vascos a decidir, cuando ella misma niega a los vascos el derecho a decidir sobre la práctica o el cese de la lucha armada. Es vicio habitual de ETA responsabilizar a los demás de sus propios actos. Lo hemos visto una y otra vez desde los inicios de su actividad y, muy recientemente, con ocasión del atentado de la T-4: según ella, la culpa de que se produjeran dos víctimas mortales no la tuvieron quienes colocaron la bomba, sino quienes fracasaron en la tarea de desalojar por completo el aparcamiento. Por mi parte -y creo que por la de cualquiera que tenga dos dedos de frente-, sostengo que el único modo de asegurarse de que una bomba no provoque víctimas es no ponerla. Si ETA reanuda sus acciones violentas, como dice que va a hacer, todos los males que cause, personales y materiales, serán de su total y exclusiva responsabilidad.

Éste es el primer conjunto de comentarios que me suscita la noticia. El segundo -que, como ya he señalado antes, sitúo en otro ámbito y a otro nivel- se refiere a la desdichada actuación que han tenido durante estos meses de tregua muchos que hubieran podido ayudar a prolongarla y a dirigirla por la senda de la pacificación definitiva.

Pienso, en primer lugar, en algunos estamentos judiciales clave (Audiencia Nacional, Tribunal Supremo, Tribunal Constitucional) que no sólo no han hecho nada para facilitar el proceso de paz, sino que han hecho mucho para boicotearlo.

El PP ha actuado en idéntico sentido en el plano político.

El Gobierno central, acobardado en buena medida por la actitud del poder judicial y por la presión política y mediática de la derecha, y paralizado en parte también por sus propias contradicciones internas, ha actuado de manera contradictoria pero, sobre todo, ha hecho muy poco, como si esperara que las cosas fueran resolviéndose por sí solas.

Dentro de Euskadi, han sido demasiadas las fuerzas políticas, empezando por el propio Gobierno Vasco, las que ha cometido el error de desorientar a la población insistiendo machaconamente en que el proceso de paz era "irreversible". Dando por imposible la marcha atrás, se justificaba la parálisis de los esfuerzos y la falta de iniciativas concretas. Los intereses sectarios y las expectativas electorales han primado demasiadas veces sobre la necesidad de empujar hacia delante.

La parte sensata de la izquierda abertzale ha fracaso también lastimosamente por falta de valor. A ella le correspondía dejar claro a ETA que no estaba dispuesta a transigir con sus continuas interferencias en el terreno político y todavía menos con sus amagos de regreso a las acciones violentas. En ese sentido, el atentado de la T-4 representó la gran ocasión perdida. Si se hubiera plantado allí, no estaríamos hoy donde estamos. Los dirigentes de Batasuna sinceramente interesados en asentar la paz y en que la lucha se desarrolle por vías exclusivamente políticas han demostrado que, por desgracia, en realidad pintan muy poco, tal vez porque no se atreven a pintar más. Y, de momento, me paro aquí. Tiempo habrá -y bien que lo siento- de seguir reflexionando sobre todo esto. Aunque mucho me temo que las reflexiones venideras se parecerán demasiado a las que año tras año hemos venido haciendo muchos. Porque lo de Euskadi es lo más parecido que hay, en versión política y contemporánea, al tejer y el destejer de la pobre Penélope, todos los días ante la misma tarea, tan tediosa como inevitable.

Somos, a la vez, Penélope ante el telar y Ulises soñando con Ítaca.

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