
Antes de las elecciones escocesas del jueves pasado, la prensa británica especulaba sobre la revolución celta que iba a echar el partido laborista del poder en Escocia. En parte, esto reflejaba unos avances modestos en las encuestas por el Partido Nacional de Escocia; en parte, reflejaba el entusiasmo de mucha de la prensa británica para cualquiera posibilidad más humillar al primer ministro, Tony Blair.
Tal como resultó después, los nacionalistas escoceses ganaron un escaño más que los laboristas en el parlamento escocés (aunque con el mismo porcentaje del voto popular) y anunciaron su victoria electoral. Sin embargo, la situación política en Edimburgo es más complicada de lo que parece. Si los nacionalistas insisten en su victoria electoral como un mandato para la independencia de Escocia sus días en el poder estarán contados.
Al nivel más superficial, los nacionalistas tienen que formar un gobierno, pero los resultados de las elecciones se lo ponen muy complicado. El acuerdo de dos partidos no es garantía de gobierno -esta vez, una mayoría absoluta en el Parlamento escocés sólo se puede conseguir con una alianza de por lo menos tres partidos-. Esto es igual de fácil (o de complicado) para los laboristas que para los nacionalistas. Los socios posibles son los liberales, los conservadores y los verdes (el resto de partidos son demasiado pequeños). El problema de los nacionalistas es que son los únicos que promueven un referéndum sobre independencia. Tanto los conservadores como los liberales han descartado participación en cualquier gobierno comprometido con este referéndum. Si los nacionalistas no son capaces de ceder en este punto lo podrían encontrar muy complicado formar un Ejecutivo estable.
Al nivel más profundo, no hay ninguna evidencia de que una mayoría (o incluso una gran minoría) de los escoceses quieren la independencia. Según las encuestas, un 20% de los escoceses quiere la independencia. Esto no ha cambiado sensiblemente en los últimos años.
El éxito en estas elecciones de los nacionalistas tiene poco que ver con sus propios méritos. Más bien, Escocia ha ejercido un voto masivo de protesta contra el Gobierno laborista en Londres, y sobre todo contra Tony Blair. Los temas claves de las elecciones no han sido la independencia o el rendimiento del Ejecutivo escocés en Edimburgo, sino la guerra en Irak y el escándalo de ofrecer títulos de nobleza a cambio de préstamos al partido laborista. Si los nacionalistas han contribuido a su propio éxito electoral, es porque su líder Alex Salmond ha sabido como enfatizar los temas internacionales (como la guerra en Irak o la renovación de las armas nucleares británicas). Si los resultados electorales de los nacionalistas han decepcionado, es porque no han convencido a los votantes sobre la viabilidad o la conveniencia de la independencia.
Resulta irónico que si los nacionalistas pueden formar un gobierno, sea por temas que no se encuentran en las competencias del gobierno de Escocia. Pero su incapacidad de convencer la mayoría de los escoceses de la viabilidad de la independencia es grave. Aun los escoceses que quisieran escaparse del dominio inglés, dudan el futuro económico de una Escocia independiente. Tienen cierta razón. Los nacionalistas dan mucha importancia al petróleo del mar de norte, pero los expertos cuestionan cuantos años más va a durar, aunque los ingleses cedan sus derechos sin debate. Los nacionalistas también afirman que una Escocia independiente seguiría sin problemas en la Unión Europea. No es cierto. Por lo menos, como un nuevo miembro, y después del último cambio en la constitución gala, se tendría que aprobar por un referéndum en Francia. Además tendría que negociar su número de comisarios, de diputados europeos, su acceso a las subvenciones, todo esto implica que las negociaciones durarían años.
Un filosofo bilbaíno una vez dijo que vencer no es suficiente, también hay que convencer. Los nacionalistas han vencido en las elecciones (justo), pero no han convencido sus compatriotas. Para ser más creíbles tienen que mostrar su capacidad para gobernar, y gobernar bien. Pero para gobernar tienen que abandonar, por lo menos a corto plazo, su referéndum sobre la independencia. Así surge la gran ironía de la política escocesa: para tener posibilidades de avanzar su proyecto para independencia, los nacionalistas deben aplazar su proyecto.
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