
Fresco de Montes Iturrioz en la casa Ihartze Artea de Sara, donde los dantzaris de Eresoinka ensayaron durante la Guerra Civil.Foto: ruben plaza
eN los años 20, en Donostia, un grupo de ciudadanos inquietos ideó Saski Naski, una compañía que revolucionó el teatro vasco por su forma de entender y presentar la música, coreografía y escenografía de sus espectáculos. "Fue un impacto en el movimiento intelectual de renacimiento de la cultura vasca en aquel momento y consiguió su espaldarazo cuando se trasladó a París con gran éxito", señala el fundador de la Orquesta Sinfónica de Euskadi (OSE), Imanol Olaizola, que preparó un trabajo sobre el grupo.
Esta iniciativa, que arranca en la capital guipuzcoana en 1928, se frena en seco ocho años después, debido al alzamiento militar. En una conferencia sobre el fenómeno teatral que supuso Saski Naski, Aita Donostia recordó que la voluntad de los miembros impulsores no debía concluir sin más y reclamaba una continuidad. Fue el germen de Eresoinka, una embajada cultural vasca afincada en Sara durante la Guerra Civil. Sus dantzaris y txistularis circularon por los teatros europeos durante dos años, hasta que estalló la II Guerra Mundial. "Entre Saski Naski y Eresoinka hay unos nexos clarísimos, tanto en programación como en el estilo mismo del espectáculo", dice Olaizola.
De nuevo una contienda bélica cercena la trayectoria del grupo, pero tampoco en esta ocasión muere su espíritu. "Algunos de los que habían visto el Saski Naski donostiarra y también Eresoinka en París se residencian en Buenos Aires por gajes del exilio. En Laurak Bat, el más importante de los centros vascos en Argentina que sigue funcionando hoy en día en Buenos Aires, encuentran el caldo de cultivo adecuado para que Saski Naski pueda volver a funcionar", explica Olaizola, quien observa un claro "hilo conductor" entre las tres propuestas.
reconstruir la historia
El esfuerzo de Eresbil
Eresbil, el archivo de música vasca, ha reconstruido la etapa argentina a partir del fondo cedido por la familia de Luis de Mujica, uno de los impulsores de Saski Naski en Buenos Aires, y de sus esfuerzos por conseguir "por otros medios partituras y material francamente interesante", según indica el fundador de la OSE. Musikaste acogerá hoy en el centro cultural Villa de Errenteria, a las 20.00 horas, un recital a cargo del dúo Aristizabal y Barandiaran que, además de interpretar las piezas compuestas para el grupo bonaerense, proyectará por primera vez imágenes de materiales escenográficos originales.
Para que fructifique la experiencia argentina, a mediados de los años 40, se suman dos factores humanos: el entusiasmo del donostiarra Luis de Mujica, un hombre de teatro que sería el director escénico, y el apoyo musical del sacerdote oñatiarra Aita Madina.
El argentino Ernesto Mastronardi, que fue miembro de Saski Naski, conoció al "cura compositor" a través de su primo, Jorge Pita, en 1946. Durante el encuentro, una poderosa intuición movió a Mastronardi a pedirle al sacerdote oñatiarra que le enseñara armonía. En el transcurso de esas clases, Aita Madina le contó que el centro Laurak Bat le había pedido que colaborase en un proyecto de espectáculo teatral basado en el folklore vasco. "Parece que por fin se han decidido a pensar en algo más que comilonas, pelota y mus", señaló irónicamente el sacerdote, según la versión del músico argentino.
Mastronardi asistió al estreno de Saski Naski en agosto de 1946, y quedó impresionado. "Fui sin mayores expectativas, dispuesto a encontrarme un festival de colectividad . La sorpresa fue mayúscula. El supuesto festival era del todo orgánico, con cuerpo, pies y cabeza en la que los distintos elementos -música, danza, escenografía, vestuario, luces- armonizaban en un extraño equilibrio que lo distanciaba claramente de lo que entonces se entendía como una función de aficionados", recuerda.
Tres años después, Ernesto Mastronardi tocaba por primera vez en Saski Naski y en 1952, un lustro antes de la disolución del grupo, era elegido su director musical.
marsella-buenos aires
Bailar a partir de dibujos
Antes de todo eso, en el germen del Saski Naski argentino, una parte de la historia del grupo se forja en una travesía de 15 meses que parte de Marsella hasta Buenos Aires, en 1942. En el barco coinciden un jovencísimo Néstor Basterretxea y el dantzari y coreógrafo Luis de Esnaola, que había participado en el embrión donostiarra. Durante el viaje, Esnaola se dedicó a escribir un libro sobre danza vasca y, al observar que Basterretxea se pasaba horas y horas dibujando cualquier cosa que estuviera a su alcance, le propuso que pintara los pasos que él ensayaba.
"Mientras Basterretxea iba dibujando la evolución de los pies y de los brazos, iba aprendiendo la técnica de las danzas vascas. Esa fue mi gran sorpresa, cuando me dijo: es que yo fui dantzari en Buenos Aires, en el Saski Naski", relata Olaizola. En el fondo de Eresbil, figura una fotografía de Basterretxea en la que éste baila el contrapunto.
En esos años, con Roberto Marcelino Ortiz como presidente del país, se acogió a los vascos "con los brazos abiertos, pues se consideraba una inmigración positiva", apunta Olaizola. Sin embargo, la sucesión de golpes militares y las "insidias" lanzadas por la embajada española franquista, que quería "restar importancia" a su actividad, debilitan al grupo.
A eso se une que, después de dos o tres años de "gran actividad y mucho éxito", cuesta mantener cohesionado al grupo, integrado por más de cien personas. "Quizá los fundamentales eran exiliados y algunos empiezan ya a marcharse", explica. El proyecto empieza a decaer e, incluso, tienen que modificar su programa e idear un espectáculo mixto, incorporando folklore argentino. Para proveerse de recursos económicos que permitieran renovar el vestuario y el material, crean el Arin Arin, "una reducción del espectáculo de Saski Naski" que actúa acompañado de Estrellita Castro o Miguel de Molina. Tres hijos del tolosarra Isaac López Mendizabal, otro de los hombres activos en el exilio, recordaban la dureza de las giras por el país argentino.
Pese a todos los esfuerzos, Saski Naski se diluye en 1957. Y con él, se sepulta también el trabajo de Aita Madina en Buenos Aires -"fue un gran músico y compositor", reivindica Olaizola-, una deslealtad que Musikaste, y varias instituciones de su localidad natal, se han empeñado en reparar este año, en el que se cumple un siglo de su nacimiento.
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