MESA DE REDACCIÓN
Semáforo en rojo
LGUNOS sociólogos suelen decir que el personal no reflexiona porque no tiene tiempo. No les creáis. A lo mejor no son los sociólogos los que lo dicen, sino unos cuantos cabezas huecas incapaces de pensar en nada mientras se comen una morcilla. En ese discurrir andaba, cuando la luz del semáforo manda a parar y el utilitario que me precede va y me deslumbra con una algarabía de luces rojas por arriba, por abajo y por los flancos. O sea, que me entere que ha frenado. El tiempo de espera en el semáforo, como veréis, suele dar para mucho si uno sabe aprovecharlo. Que lo mismo te sirve para despegar el moco, que para divagar en las más elevadas filosofías. Me voy recuperando del sobresalto del utilitario tuneado y constato que el horterío va mudando de piel, como los lagartos. Vagabundeo la memoria hacia aquellos otros adornos y perifollos que poblaron de estupidez la red viaria. El "papá no corras" y la foto de familia imantada al salpicadero. La manta a cuadros y el cojín. Las patas de conejo, los rosarios, los esqueletos y demás quincallería en colgajo. Añádase un perrillo con cabeza semoviente en la bandeja trasera, no me toques el pito que me irrito, soy soltero y ligón y al volante atención constante. Hala, ya teníamos el coche como habitáculo, mercadillo y souvenir. Ahora son los alerones, las luces de freno universales, los neumáticos de medio metro, el doble tubo de escape y el bakalao a toda pastilla. Qué le vamos a hacer. El semáforo, mudado a verde, manda a seguir. Hala, allá va, como loco, el tuneao.