Opiniones de una payasa
Ni Max ni menos
a X edición de los Premios Max transformó el Euskalduna en un inmenso salón de baile forrado de espejos. Toda una metáfora de hasta qué punto en este gremio necesitamos, casi patológicamente, mirarnos el ombligo. Y más cosas. Aunque sea sólo una vez al año. Pero darnos un atracón de miradas. Vernos. Que nos vean. Existir, en suma. Y es que, aunque este oficio nuestro está diseñado para que nos vean, a veces no nos ven demasiado, como reivindicaba la manifestación paralela al evento de la que nadie habla. Quizás por eso nos inventamos este tipo de saraos intentando emular, sin conseguirlo, el glamour de ceremonias como la de los Oscar. Sólo que esto no es Hollywood. En la prensa se referían a los Max, como los Goya del teatro y la danza. Y mira que el cine está mal, pero es evidente que la escena está peor, si necesita de semejante explicación pública. De este tipo de galas despotricamos casi todo el mundo porque en el fondo nos gustaría estar allí y, sobre todo, ser parte de los homenajeados. Y aunque como siempre no están todas las personas que son, es innegable que sí son todas las que están. Yo me alegro en el alma con algunas de las gentes premiadas. El Max de honor, por ejemplo, recayó en Fernando Arrabal, el dramaturgo español vivo más representado…¡en el extranjero ! Todo un detalle que no esperaran hasta que se muriera. Maite Aguirre por la mejor adaptación de obra teatral en euskera. Y los maximinos premiaron a algunos artistas de aquí: Saturnino García y Mariví Bilbao en interpretación, David Barbero como autor teatral y los inefables Txirri, Mirri y Txiribiton, por su aportación a las tablas locales. Creo que es la primera vez que se premia en los Max a unos payasos que, además, trabajan en euskera y para el público infantil. Tiene mérito hacer reír en los márgenes del suburbio de la periferia de la cultura. Ni Max ni menos: hace ya rato que se lo merecían.