
El laberinto
AL trazar una inequívoca raya legal, el fetichismo de los fines se subordina a la moral de los medios, la controvertida Ley de Partidos choca frontalmente contra quienes, desde ángulos contradictorios, apuestan por interpretarla como la conocida Ley del Embudo. O tan ancha como la desea la izquierda abertzale, o tan estrecha como la exige la derecha española. Son dos propuestas partidistas, distintas pero no distantes, que persiguen obviar el imperativo legal mediante el retorcimiento del Estado de Derecho. Bien para colarse sin el abandono de la violencia, bien para impedir que se cuele quien la abandone. Son dos interpretaciones interesadas que coinciden en el común objetivo del incumplimiento de la legislación vigente. Quienes parlotean sobre la derogación de la Ley de Partidos olvidan que los derechos de autor no pertenecen a quien pudo aplicarla, Aznar, sino a quien la elaboró hace una veintena de años, González. No estamos, por tanto, ante una ley coyuntural, producto de la guerra del Norte auspiciada por Mayor Oreja. Todo lo contrario, es una ley gestada por una larga experiencia democrática habida durante dos sangrientas décadas de combinación siniestra entre las armas y las urnas. La conclusión es patente. No cabía seguir así y, desde luego, no cabe volver a las andadas. Nunca fue más necesaria que hoy. Fuera de las reglas de juego, marcadas jurídicamente, no hay política. Sólo bandolerismo. Precisamente por ello, la Ley de Partidos no es en absoluto, bajo ningún concepto, el estado de excepción o estado de sitio que permitiría ilegalizar toda sigla política de la izquierda abertzale que se atuviera al imperativo legal. Nada más lejos del capítulo quinto de la Constitución, que trata sobre la suspensión de los derechos y libertades constitucionales, que el articulado de la vigente Ley de Partidos. El espacio social de la izquierda abertzale puede encontrar su expresión política siempre y cuando no sea una mera continuidad de un partido ilegal, Batasuna, o un brazo político de una organización terrorista, ETA. De lo contrario, se empezaría a recorrer el camino hacia una involución preconstitucional. Depende, pues, de la izquierda abertzale la definitiva elección del terreno de juego en el que desea operar. Las esperanzas de poder seguir jugando a dos bandas están a punto de agotarse. Ese cordón umbilical con la violencia que aún les define es un nudo gordiano que deben cortar sin demora, como una alternativa estratégica planteada en forma de opción táctica, en la que el largo plazo ha de decidirse a muy breve plazo. Pues la Ley de Partidos no es la Ley del Embudo. No pueden colarse como quieren, pero sí como deben.
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