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Mentiras a go-go

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Decía Aristóteles que la demagogia es el mayor enemigo de la democracia, pero yo añadiría que también lo es del desarrollo sostenible. Recuerdo que, en sus inicios, algunos movimientos ecologistas no pudieron escapar de la demagogia convirtiendo la ecología en una nueva religión, más o menos fundamentalista. Ello contribuyó a que al desarrollo sostenible se le diera un enfoque excesivamente ambientalista y muchos municipios que adoptaron la Agenda 21 Local, en la práctica, la entendieron como si se tratara de aplicar normas de calidad ambiental (ISO, EMAS).

De esta manera, desde lo "local" se cerraban las puertas a lo "global" y, curiosamente, en nombre de ese pretendido desarrollo sostenible, a nivel local, es como apenas se respondía al principal reto que plantea el desarrollo sostenible; evitar el calentamiento global debido a las emisiones de gases de efecto invernadero.

Es más, en muchos municipios que adoptaron la Agenda 21 se daba la paradoja que, al desarrollar sus planes de acción para el desarrollo sostenible, aumentaban substancialmente sus niveles de emisiones de CO2 y los consumos de energía, lo que iba en contra del desarrollo sostenible que pretende desacoplar el crecimiento económico de los consumos de energía y, a su vez, reducir las emisiones de gases para luchar así contra el cambio climático.

Otra modalidad de abuso del concepto sostenible es el que practican los diferentes gobiernos. Hoy se está cometiendo un desdeñable engaño o una gran falacia calificando de sostenibles a proyectos que están muy lejos de serlo. El truco consiste en utilizar la propaganda tras aplicar unas sencillas técnicas de cosmética o de manicura ecológica. Se parte de la desinformación que la gente tiene acerca del desarrollo sostenible.

A muchos profesionales del marketing se les ha ocurrido que lo sostenible también vende bien. Como ya hemos perdido el sentido de lo que está bien o está mal (en esto coincido con Ratzinger) no les tiembla el pulso a la hora de llamar sostenible a cualquier proyecto que sea tan sólo una mejora, con tal que plante un árbol, lleve una placa solar en el tejado (la utilice o no), consuma biocombustible los domingos por la tarde o vaya pintado de verde. Si con dicho proyecto apenas beneficiamos a las generaciones actuales y futuras y no reducimos nuestras emisiones de CO2 es harina de otro costal. Todo es sostenible aunque nada haya cambiado. ¿Cómo hemos podido llegar a esta situación tan nefasta?

Necesitamos establecer un baremo de clasificación que nos mida y establezca los diferentes niveles de sostenibilidad de un producto o proyecto, definir las características de un producto o proyecto para tildarse de sostenible. Necesitamos normativas y su correspondiente control para que las empresas de marketing no sigan contaminando el sentido de lo que es "sostenible". Las instituciones de gobierno tienen la palabra.

jgabina@swpi.org

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