
Un surfista coge la famosa 'ola izquierda de Mundaka', reconocida como la mejor de Europa.Foto: efe
CAMINAR por encima del mar a través de las olas y con la ayuda de una tabla dejó de ser un sueño inalcanzable en Occidente cuando la cultura del surf arribó en sus playas en los años 50 procedente de la costa californiana. La antiquísima práctica de este deporte es un legado de los polinesios y hawaianos, quienes hace aproximadamente mil años intentaron mantenerse de pie en enormes tablas de madera que llegaban a pesar más de 20 kilos.
En la costa europea el surf era algo absolutamente desconocido hasta los años 50, momento en el que penetró, precisamente, a través de la costa vasca. Su entrada oficial no pudo ser más de película, cuando a mediados del siglo XIX Biarritz, conocida como Côte des Basques, se convierte en el escenario de parte del rodaje de la película Fiesta , una adaptación cinematográfica de la novela The sun also rises de Ernst Hemingway. Era 1957 y hasta allí viajó Peter Viertel, escritor del guión de aquel film y marido de la actriz hollywoodiense Deborah Kerr.
Viertel realizó largos paseos por la playa de Biarritz, salidas en las que debió quedarse anonadado observando cómo rompían las olas en aquella playa despoblada entonces de surfistas. Una imagen muy distinta de la que presentaban las playas de California, por aquel entonces masificadas por los surfistas americanos. Así fue como Viertel pidió que le trajeran su tabla desde Estados Unidos en el próximo envío de materiales del rodaje.
Lo que seguramente no se imaginó Viertel cuando se le encaprichó intentar fluir sobre las olas, en aguas donde probablemente nadie había surfeado antes, es que su hazaña dio lugar al punto de partida del inicio del surf en Euskadi. Este hecho fue considerado por muchos una excentricidad americana que poco tenía que ver con la tranquilidad de los habitantes de la localidad costera de Iparralde.
No obstante, el hecho de ver a un hombre deslizarse sobre el mar a través de las olas fue un acontecimiento social que conmocionó especialmente a los jóvenes que lo presenciaron. No tardaron en intentar imitar aquella proeza a partir de la cual Biarritz quedaría totalmente vinculada a la imagen de los inicios del surf europeo.
litoral vasco
Uno de los centros mundiales del surf
El surf entró en Europa por el norte de Euskadi, un lugar que hoy curiosamente se ha convertido en uno de los centros mundiales del surf, gracias a las excelentes condiciones de las que gozan sus playas para practicarlo. Unos requisitos que ya advirtió Viertel entonces.
Sin embargo, no sólo de una aparente excentricidad americana nació el surf en Euskadi. Existen también historias curiosas y cercanas de surfistas guipuzcoanos que descubrieron este apasionante deporte en la década de los setenta, cuando aún el surf constituía un terreno desconocido y en un momento en el que los medios para practicarlo eran escasos y los materiales muy difíciles de conseguir.
Juanpe Sansinenea es uno de los pioneros de este deporte en Donostia; tiene 46 años y llegó al surf a través del skateboard o monopatín cuando tenía 17 años a finales de los años setenta. Dentro del surf vasco y estatal este donostiarra está considerado por muchos uno de los eslabones más importantes tanto en el ámbito competitivo como en el de la divulgación del surf en el País Vasco. Sansinenea destacó a principios de los ochenta en numerosas competiciones nacionales e internacionales con buenos resultados. No obstante, es en el terreno de la comunicación donde realizó una mayor labor de difusión del surf gracias a su formación como periodista a la que, los que le conocen, dicen que se dedicó "con pasión". Fue uno de los primeros en escribir y hablar sobre este deporte tanto en radio como en prensa.
Sansinenea reconoce que no se mete al agua tanto como quisiera "debido a los kilos de más, los niños y el trabajo". Sin embargo, lo que este precursor del surf en Donostia parece no haber dejado nunca de lado es precisamente el surf, aunque "de otra manera", puesto que hoy en día trabaja en la venta y distribución de marcas relacionadas con este deporte.
nueva generación de surfistas
Olas cotizadas por la "masificación" de las playas
"El periodismo no me daba para vivir", recuerda con cierta resignación. Por eso, Sansinenea decidió hacerle caso a un amigo cuando le propuso que probara a vender "una marquita" que entonces empezaba a abrirse hueco en el mercado. Esa "marquita" australiana resulta que ahora es una de las principales firmas especializadas en la venta de material de esta actividad.
No obstante, y aunque su profesión esté ligada al surf, Sansinenea lamenta que los años pero, sobre todo, "los kilos de más no perdonan".
"Los surfistas de ahora son más jóvenes y más ágiles que nosotros, los de mi generación", argumenta. Las olas están muy cotizadas por la "masificación actual de las playas" y además, "hay que cumplir las reglas de preferencia que existen entre los surfistas", explica Sansinenea. Por eso, en este momento, el veterano surfista asegura que prefiere vivir el surf "desde otra perspectiva". Guarda grandes recuerdos de sus comienzos y reconoce que se pega baños esporádicos para "no dejarlo del todo".
En cuanto al ambiente que se respira en el agua en la práctica de este deporte acuático, destaca que ha cambiado mucho desde que él empezó y considera que "quizá actualmente se haya perdido lo que se conoce como el soul surfing " o el feeling a la hora de practicarlo. En este sentido, recuerda que entonces "todo eran risas y buen humor", mientras que ahora "cada uno va a lo suyo y algunos parece que están entrenando en lugar de disfrutando del contacto con la naturaleza".
Sansinenea cuenta que la primera vez que aprendió a ponerse de pie encima de la tabla fue en Zarautz, cuando en el verano de 1979 fue a trabajar de botones a un hotel para "ganarse unas pelas". Recuerda que les daban una hora para comer y él la aprovechaba prácticamente para ir a la playa a surfear. "Comía en 15 minutos y a toda leche me metía en el agua con una tabla que la utilizábamos medio pueblo porque entonces no había para todos", dice.
A pesar de guardar cola para poder utilizar una tabla que pertenecía al vecino de su hermana y adentrarse en el agua "todos los días a pesar de las condiciones climatológicas y marítimas que hubiera". Sin duda, ese verano fue el comienzo de una gran pasión.
Más adelante, se convirtió en un asiduo de la ola del Tenis de Ondarreta, cerca del Peine del Viento. También acudía a la antigua playa de Gros, un rincón de la ciudad que se transformó de manera importante tras las obras de remodelación del litoral en 1993, que dieron lugar a la actual playa de La Zurriola. La antigua playa de Gros estaba ubicada en una zona casi marginal de la ciudad, apenas iluminada y llena de basura.
Este litoral era conocido por el mítico pico de Gros y también por ser una especie de "pestilente cloaca" debido a la contaminación del agua. Unas condiciones que hacían que los únicos usuarios de la playa fueran los surfistas. La cercanía de la desembocadura del río Urumea y los mataderos próximos a la costa hacían que el agua estuviera llena de "flotantes", desde "ratas muertas, vísceras de reses sacrificadas y excrementos humanos", según describe Sansinenea en el libro Surfers , publicado por el también surfista Alain Gonfaus en junio del año pasado. Una visión antropológica de la cultura del surf en Donostia, donde este donostiarra de 33 años recopila las experiencias de 84 surfistas pertenecientes a diferentes generaciones que han pasado a formar parte de esa peculiar "Tribu del Mar" de la que habla en su libro.
Al igual que Sansinenea, Gonfaus también conoció el surf a través de la práctica del monopatín. Tenía 15 años y un hermano con una tabla de "cuarta o quinta mano por lo menos", a quien pudo robársela de vez en cuando y quedar así "atrapado para siempre por la atracción irresistible" que le produce coger su tabla y disfrutar de las olas.
Gonfaus representa quizá a esa otra prole de surfers que forma parte de la historia más reciente de este deporte practicado en orillas tan urbanas como la actual playa de La Zurriola. Un lugar al que Gonfaus también vio nacer puesto que es de los que puede presumir de haber conocido el desaparecido pico de Gros, donde cuenta que "se levantaba una ola increíble". Sin embargo, subraya que la playa era "peligrosa por sus corrientes" y estaba siempre "muy sucia". En este sentido, Gonfaus considera que la remodelación de la playa supuso "un antes y un después en la historia del surf de Donostia".
contacto con la naturaleza
Un deporte capaz de "transportarte a otro mundo"
Gonfaus explica que "los surfistas de los años setenta se identificaban más con la estética y filosofía hippie de la época". "El surf estaba ligado más a una idea espiritual por el contacto con la naturaleza", cuenta. De esta manera, el estereotipo del surf también ha estado marcado por el nomadismo "por aquello de ir buscando olas en diferentes lugares del planeta" y también por la inquietud de viajar, descubrir y explorar lugares nuevos. Gonfaus reconoce que son pocos los que hoy en día pueden permitirse este tipo de vida, aunque "hay quien se coge un año sabático para recorrer el mundo en busca de olas".
No obstante, "para la mayoría es un deporte más", pero matiza que el surf, "debido al elemento natural en el que se practica", puede llegar a ser "algo especial" que lo diferencia de los demás deportes. "Su cercanía con la naturaleza hace que uno se sienta especial", expresa el surfista donostiarra. En este cambio de escenario respecto a la rutina diaria parece residir parte de la clave para entender que el surf puede llegar a "enganchar", como reconoce Gonfaus, quien asegura que le "transporta a otro mundo, lejos de la rutina diaria".
Esta actividad deportiva ha ido ganando aficionados desde que se estrenó en la costa vasca y parece que va camino de convertirse en un deporte practicable durante las cuatro estaciones del año, pese a que muchos lo identifiquen aún con un deporte estival.
Gonfaus admite que resulta "más agradable" realizarlo en verano por la temperatura del agua, pero, por otro lado, "esto se paga con peores olas y muchísima más gente dentro del agua", por lo que cada época tiene "su lado bueno y malo", concluye.
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