
Donostia. El Teléfono de la Esperanza de Gipuzkoa ha invitado hoy a Pedro Nuñez Morgades, abogado de larga trayectoria profesional, que ostentó el cargo de Defensor del Menor en Madrid, a una charla coloquio acerca de un tema de máxima actualidad: las dificultades de comportamiento que presentan algunos jóvenes en su entorno más próximo, dando lugar en no pocas ocasiones a episodios de violencia. Bajo el título, ¿Qué hacemos con nuestros hijos? , Nuñez Morgades presenta su ponencia en la sala de actos de Kutxa en la calle Andía de Donostia, a las 19.30 horas.
Usted se ha dedicado en los últimos años a dar una definición precisa del 'bullying'. ¿Vemos acoso escolar donde no lo hay?
Los medios de comunicación se están dedicando con mucha más precisión a este fenómeno, algo que es de agradecer porque se hace necesario despertar a esta realidad que viven algunos menores. Hoy en día la sociedad se pregunta qué está pasando con el acoso escolar, algo que se puede decir que preocupa cualitativamente aunque no cuantitativamente. No es que la juventud se nos esté yendo de las manos, pero sí hace falta una cierta catarsis en relación a nuestro compromiso con el menor, intentando ver cuál es nuestro posicionamiento colectivo. El acoso escolar siempre ha existido, pero el problema es que ahora los jóvenes comienzan a ver la violencia como algo positivo. Dentro del acoso escolar hay que incidir en los aspectos más impactantes, como el que supone que se mantenga la ley del silencio entre nuestros menores: niños y niñas creen que si cuentan lo que le está pasando a un compañero van a ser acusicas o delatores, lo que les retrae.
¿Cuál es la actitud de los padres frente a este fenómeno?
Los padres difícilmente reconocen esa realidad de sus hijos. Cuando se les anuncia que su hijo es acosador se escudan diciendo que el chaval tiene un carácter extrovertido. Somos una sociedad en la que nos preocupa mucho más que nuestro hijo sea el acosado que el acosador, cuando en realidad debería ser al contrario. Hay que alertarse cuando el chaval comienza a dar pautas de una conducta de desprecio hacia los demás y de falta de empatía, lo que hace necesario tomar cartas en el asunto de inmediato en cuanto se detecta.
¿Los hijos se han convertido en perfectos desconocidos para sus padres?
He tenido comprobación real de ello a lo largo de toda mi vida, especialmente cuando fui defensor del menor en Madrid. En vez de convivir, simplemente coexistimos. Nuestros menores están solos muchas horas a lo largo del día, y cuando no están solos se ven acompañados de esas niñeras electrónicas , como son Internet o la Play Station. No hablamos con ellos, no les escuchamos, y no estamos siendo capaces de prepararnos para ser padres o madres. Esa dejadez puede comprobarse en los colegios, donde las escuelas de padres y madres están infrautilizadas. No conocemos a nuestros hijos, y conocerlos y ganarse su confianza es la clave. Quizá en muchas ocasiones no nos digan verbalmente lo que ocurre, pero siempre se pueden detectar señales en los cambios de comportamiento, en su tristeza, en las alegaciones que presentan para no ir a clase… todo ello permite identificar el problema.
Internet está plagado de miles de contenidos peligrosos para estos menores. Las brigadas de delito tecnológico se quejan de escaso presupuesto y personal. ¿No hay manera de poner freno a esta dinámica?
Muchas veces no sabemos aprovechar las tecnologías de la información, ni apoyar a aquellos que están desarrollando una buena labor, como pueden ser las policías autonómicas. Cada vez se crean grupos más especializados, como los del delito tecnológico, porque si nuestros menores están solos en el mundo real, lo están mucho más aún en el mundo virtual, donde no estamos siendo capaces de trasladar una educación en valores.
Por su experiencia como defensor del menor en Madrid ha conocido de cerca también la problemática que envuelve a los menores extranjeros no acompañados. ¿Qué interpretación hace de este fenómeno?
El problema es que hemos perdido el conocimiento de lo que ocurre en la calle. Los buenos profesionales que antes trabajaban a pie de calle se sientan ahora en los ayuntamientos. Han logrado unos derechos y han cambiado de status, lo que provoca que se pierda el contacto cercano. La sociedad se ha desarrollado económicamente pero no tiene un tejido social. En primer lugar, habría que hacer un buen diagnóstico de lo que ocurre en la calle y a partir de ahí es imprescindible la coordinación de las administraciones, porque en los temas sociales la responsabilidad es de todos. Estamos hablando de menores que acaban cometiendo delitos, que están enfrascados en una mendicidad que les impide acudir al centro escolar y que sufren además las inclemencias meteorológicas. Esos menores no nacieron violentos ni delincuentes y, lamentablemente, se encuentran así porque sigue haciendo falta articular medidas que en este momento no se están produciendo. Hay que intentar recuperar al menor para la sociedad. Qué duda cabe de que hemos avanzado, pero tenemos nuevas realidades como la nueva inmigración que siempre asociamos a conflicto. Hay bandas latinas que han despuntado en los últimos meses en Madrid y constituyen una realidad que no podemos abordar con los mismos recursos ni los mismos procedimientos.
¿La sociedad no es insolidaria? Todo el mundo se queja de inseguridad ciudadana pero nadie quiere un centro de reforma junto a su casa.
Estamos en un momento de crisis de responsabilidades. Delegamos la toma de decisiones en todo y no somos capaces de ver que hay cantidad de decisiones que sólo nosotros tenemos que tomar. Hay retos que llevar a cabo y en algún sitio tenemos que habilitar los dispositivos. Creemos que esos dispositivos generan grandes conflictos, y nada más lejos de la realidad. Recuerdo la etapa en la que comenzaron a funcionar los centros de recuperación de drogadictos. La gente se asustó, pensaba que iba a ser algo terrible, y al final todo el proceso ha transcurrido de una manera muy normalizada.
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