Diario de Noticias de Gipuzkoa

Colaboración

La noria

por paco roda enviar a un amigo imprima este texto texto normal texto medio texto grande

Incredulidad y agotamiento. Y también hartazgo y saturación. Y desconfianza y hastío, y ultraje a la esperanza. Y envilecimiento envenenado del presente. Suceda lo que suceda, tal vez tengamos que volver a la plegaria y abandonar el uso de razón.

Uno quiso creer, como miles de almas en vilo, que ahora ya no cabía la fe, sino la evidencia empírica de que se iniciaba un camino sin retorno. Algunos juraron en Anoeta, ante la Biblia de la historia, que ahora nos abocábamos al camino inapelable del sentido común, del sentido de realidad, de la certeza razonada del ahora o nunca. Pero no ha sido así.

Aun y todo, uno ha abandonado definitivamente el sugestivo deseo de sondear lo peor. Pese a que algunos vean la muerte de color rosa. Ésos son los que padecen daltonismo del corazón. Así que sólo nos queda volver a empezar, remontarnos en la vieja noria para reconstruir nuevamente el presente. Sólo la gente de doble moral o de moral indigesta, la que ansiaba con toda su alma el bombazo de Barajas, no tiene vela este nuevo entierro de la esperanza. Y tampoco quienes han acabado con la vida de dos inmigrantes en busca de una tierra prometida que los ha enterrado sin poder cumplir sus sueños.

Y así, entre tanta soberbia incapaz de rendirse a la evidencia, uno tiene la sensación de formar parte de esa masa de espectadores anónimos que asiste a una representación en la que otros se arrogan los protagonismos, la toma de decisiones, las sabias lecciones de realidad u oportunidad histórica, y la capacidad de elegir destino apelando al pasado. Y uno se siente rehén de este presente, pero más aún, de un incierto futuro. Como si acarreara sobre los hombros el peso del Juicio Final.

Siento que, pese a los intentos de poner cordura en este encanallado proceso, pese a la desmesura de unos, la arrogancia de otros, el no saber gestionar de aquellos y de éstos, la falta de autocrítica y engreimiento de muchos, el poco talante democrático de casi todos, el persistente estado de excepción encubierto, las ilegalizaciones, las dependencias e hipotecas socialistas respecto a la política antiterrorista aznarista y las presiones y depresiones del PP; la gente sencilla, el pueblo, la ciudadanía a pie de obra, no logra entender todo esto. No logra saber dónde se esconden las claves de tanto desarreglo y barbarie.

Sé que hay analistas y políticos muy depurados, inmaculados, con aversión a la autocrítica, sin mancha ni tachón en su conducta, escribas con pedigrí intelectualmente correcto y label autóctono de calidad que han explicado las razones de este atentado. No lo han justificado, faltaría más, pero sí explicado. Como si el resto no lo entendiéramos o fuéramos bobos. Y sé que hay también otros que, lejos de explicar, lo han envilecido, utilizado y condenado a su manera, siempre desde la doble moral indigesta. Y todo para seguir comiendo caliente del pecado que condenan. Pero hay dos cosas que son ciertas. Una, este nuevo atentado de ETA sólo ha beneficiado políticamente a la ultraderecha española, a los sectores más radicales del PP, a la judicatura más reaccionaria, a las grandes compañías de seguridad y construcción y a la Iglesia católica más integrista. Y otra, se demuestra que tanto el PSOE como ETA y la izquierda abertzale tienen posiciones muy diferentes respecto al proceso y el objetivo final del mismo. Eso explica lo que ha pasado. Para el PSOE se trata de liquidar a ETA sin pagar precio político. Para ETA y parte de la izquierda abertzale, el objetivo del proceso es la creación de un nuevo marco político que permita la autodeterminación y una nueva configuración de Euskal Herria.

Y uno se pregunta ¿hasta dónde habrá que tensar este arco de nuestra historia? ¿Hasta qué punto de tensión habrá que someter a la sociedad civil para que ésta reviente y se alce contra todos aquellos que, ignorándola, están robándole el presente y el futuro? Uno se pregunta también qué pinta el pueblo en todo esto. No ese pueblo como sujeto histórico tan perdido en las revoluciones, ni el del manual político, ni el utilizado en el manifiesto o en la pancarta de turno. No. El pueblo de verdad. El que siente, trabaja, el que está en paro, el precarizado, el ilegal e indocumentado, el que sufre cada día las agresiones de una sociedad satisfecha pero envilecida, el que no encuentra vivienda, el que no llega a final de mes, el que sobrevive como puede entre la abundancia, el que no dice nada porque le abruma la enorme complejidad de esta sociedad cada vez más insostenible. No pinta nada. Y ese es el problema. Nadie le llama.

Y, sin embargo, ese pueblo, mayoritariamente de centro-izquierda, está llamado a liderar el proceso ante la incapacidad de unos y otros. Sé que esto es difícil. Que incluso esta idea está contaminada. Pero hay que superar las líneas de contención y bloqueo de unos y otros para evitar nuevos enquistamientos. No podemos dejar que ETA ni el Gobierno sigan solos en este intento. Ni siquiera que les acompañen los partidos. Es necesario un movimiento popular muy fuerte y enraizado en Euskal Herria y en el resto del Estado español para que el proceso de paz se resuelva de forma democrática.

Si realmente este proceso de paz puede relanzarse con éxito será en la medida que el resto del Estado español participe de él. Porque la resolución de este conflicto debe ser participada y apoyada por movimientos y fuerzas de izquierda en el resto del Estado que hasta ahora han sido meras espectadoras. Y esto es determinante para bloquear a la gran derecha socialfascista española. Y, finalmente, este proceso de solidaridad debe ser facilitado a través de un urgente cambio de orientación del proceso por parte de una izquierda abertzale libre de hipotecas y autónoma en sus decisiones. No intentar de nuevo subirnos a la noria de la esperanza es someternos a una historia que muestra despavorida su sonrisa, ésa en la que no se distingue a un ángel de un caníbal.

* Trabajador social e historiador

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