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Sensualidad y glotonería

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H AY un dicho francés muy expresivo que advierte Una fiesta sin ostras es como una comida sin queso. Y es de sobra sabida la importancia del queso para nuestros vecinos. Y, precisamente, uno de los festines más sonados lo tenemos a la vuelta de la esquina. La cena de Nochevieja, en la que podemos hacer de este molusco el eje de la misma.

La verdad es que las ostras encierran en sí todo un mundo contradictorio de apetencias y gustos. Adoradas por unos, otros las aborrecen hasta el punto de que jamás se puede confeccionar un banquete con su concurso si no se quiere que la mitad o más de los comensales se queden sin probar bocado. Y es que hay que dar la razón a Jonathan Swift, que dijo en una de sus obras, Una conversación amable : "Hombre osado fue el primero que comió una ostra". Es cierto que no es un bicho de apariencia agraciada. Para ser sincero, es horrible. Similar en su exterior a una roca enmohecida y con unas carnes de una mucosidad repelente, el rechazo inicial de quien nunca la ha probado es inevitable, como sucede con bocados tan sugerentes como los caracoles, los percebes, la morcilla, las angulas o la negra tinta del chipirón.

Las ostras, además, son todo un rito del lujo y del placer no meramente culinario, ya que son el símbolo más reconocido de la más que discutible cocina afrodisíaca. Pero la asociación de ideas más evidente que nos producen las ostras es la de su identificación con la glotonería, de la que hay muchos ejemplos históricos.

El emperador romano Vitelio daba cuenta en su almuerzo nada menos que de 1.200 ostras. Siglos después, en la vecina Francia, el rey Luis XI no sólo las comía con absoluta voracidad, propia de la desmesura de la época, sino que incluso decretó la obligatoriedad de incluir las ostras en la dieta de todos los nobles de Francia para - aunque suene a coña- " mejorar el nivel de la clase política".

En vísperas de la Revolución Francesa, el glotón Vizconde de Mirabeau se zampaba él solito treinta docenas de ostras de una sentada -¡ojo! de aperitivo-, antes de la comida. Y no le iba a la zaga alguien tan refinado y culto como Voltaire, del que aseguran no le costaba gran cosa engullir nada menos que una gruesa de ellas, es decir, 144.

Pero, sin duda, la anécdota más sabrosa de este curioso almanaque de glotones se la debemos a un escritor del siglo XVIII, Claude Crebillón. Comía las ostras tal como llegaban. Cuando ya había comido unas doce docenas, extrañado y provocador, inquiría a quien le acompañaba y que a lo sumo había podido consumir media docena: "No serás tú de los idiotas que se molestan en digerir".

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