Diario de Noticias de Gipuzkoa

Cartas al Director

Laputa de la Justicia y los liliputienses

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áLEX Grijelmo, en su ocurrente y esclarecedora obra publicada nos habla de cómo unas palabras nos llevan a otras, bien por familiaridad etimológica, contagio léxico, u ósmosis, y así, nos ocurre, que en no pocas ocasiones percibimos en nuestro lenguaje voces que llevan implícitas algunas otras, que denominamos tabú, y que de un modo no siempre consciente, nuestras neuronas trafican con ellas en un vertiginoso trasiego asociativo de ideas simples.

En el castellano, caso típico es el que los niños fácilmente detectan con la terminación -culo, de algunas nuestras palabras, pudiendo suceder que una ingenua proposición como "el magistrado lee con un monóculo, en un fascículo, un artículo, por no poder acercar su facial pináculo, que como un forúnculo, le supone un obstáculo ante tal cercano opúsculo" sonara mal a un avispado transeunte del idioma y fuera motivo léxico, y delito putativo -que es aquel que algunos creen cometer cuando consideran prohibido algo que no lo está- e incluso pudiera suceder que a la postre, se diera el caso de que algún putoso togado, emitiera igualmente un fallo putativo al respecto, uséase, que condenara a tan infeliz orador por un delito inexistente de palabra.

Hete aquí que entonces, podría así explicarme lo que, por un fugaz instante, ha sucedido en mi mente, cuando la pasada noche oí en la radio, que la Judicatura había imputado a nuestro querido lehendakari. De buenas a primeras, he pensado que los diputados putativos de la patria, empatizan en apuntarse puntos computados, de tan disputada magistratura, amputada de razón, equidad, fortaleza, templanza y libertad, y que semejante tropelía, nada importe a tan reputados magistrados, acostumbrados como están a lucir la venda de los ojos, ora como diadema para sonreír con gracia a los susodichos, ora como mordaza para que no les corten la lengua aquellos mismos, en tan putante putiferio político.

En modo alguno es extraño entonces, que pensando en imputado, imputaciones, amputados, computados, diputados, disputados, putativos, y la familia clandestina a la que remiten, esa misma noche, tras escuchar la radio, vinieran a mi mente la desbordante fantasía que inunda la obra de Swift titulada Los viajes de Gulliver , pues en la particular odisea que el famoso personaje le acaece, entre otros pintorescos lugares y extrañas culturas, visita las ya famosas Lilliput y Laputa, Brobdingnag de por medio.

Laputa era una isla flotante que tenía la facultad de ser dirigida en una dirección u otra, según capricho de sus indecisos habitantes, gente sea dicho de paso, de supina inteligencia y prodigioso saber erudito que, sin embargo, no brillaban por su quehacer práctico, y jamás de los jamases, llevaban a buen puerto, sus continuas discusiones y deliberaciones. Con semejante pasaje, Swift ridiculizaba las reuniones pomposas y científicas de la Royal Society, pero que bien pudieran servirnos para ilustrar el perfil más positivo que nosotros, los liliputienses ciudadanos, podemos apreciar en esta Laputa de la Justicia, pues a nadie escapa que siendo la ley una, la interpretación varía en mor de bastardos intereses que a cada cual guían cercenando su independencia.

Lilliput describe a una isla siempre en guerra con su vecina Blefuscu, cuyos habitantes, diminutos, andaban siempre a la greña por una disputa de cómo cascar los huevos hervidos. Y eso es en lo que me parece que estamos en el conflictivo proceso de pacificación, entre nacionalistas españoles y nacionalistas vascos, pues con todo lo que está sucediendo a nuestro alrededor, las diferencias que podamos dirimir en torno a éste asunto, ya están decididas por la propia inercia de la Historia y sólo nos queda esperar que algún gigante nos venga a decir lo que podamos o no podamos hacer, cuando menos, proveniente de Laputa de la justicia a nosotros, indefensos liliputienses, que nos movemos en éste marco legal, que no justo, y a mi parecer, ilegítimo, desprovistos, no ya de independencia, sino ya de autonomía, a merced de Laputa de la justicia española, que desea hacernos bailar a su capricho y compás. Más le valdría a Laputa de la justicia española dejar tranquilos a los liliputienses ciudadanos vascos, y darse una vuelta por las tierras de Brobdingnag. A lo mejor, mirando a los magistrados de otras latitudes, se sientan algo más pequeños comparados con ellos, y aprendan un poco de humildad y de su oficio,que por cierto tiene como referente velar por la paz social.

Nicola Lococo Cobo

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