
Eve Crowley, ayer, tras su intervención en el Foro Rural.Foto: ruben plaza
Donostia.La FAO ha reconocido esta semana que será necesario al menos un siglo más de lo previsto para reducir a la mitad los actuales niveles de pobreza. ¿Se ha perdido toda esperanza de acelerar este proceso?
La lucha contra el hambre es uno de los retos más difíciles que existe, porque la pobreza es una cuestión multidimensional que depende de innumerables factores muy difíciles de controlar. Ahora mismo, el hambre afecta crónicamente a 854 millones de personas, 21 veces la población de España. Para cumplir los objetivos de la FAO para este milenio deberían de dejar de pasar hambre 22 millones de personas al año, pero sólo estamos consiguiendo que lo hagan seis millones.
¿Por qué existe ese desfase?
Una de las razones más importantes es que los inversores no confían en las zonas rurales, debido a que el rendimiento de su inversión en ellas no es inmediato. En los últimos años, el apoyo que recibe el mundo rural en los países en vías de desarrollo ha caído en picado, entre un 30% y un 40%. Si no se invierte en agricultura, jamás podrá descender la pobreza, teniendo en cuenta la gran cantidad de gente necesitada que depende de este sector.
¿Se está apostando demasiado por las zonas urbanas, en detrimento de las rurales?
Sin duda, y es un gran error. Los núcleos rurales, los pueblos indígenas y las etnias minoritarias se perciben como algo atrasado y extraño. Sufren una forma de discriminación muy fuerte que repercute en la falta de inversiones, lo que tira por los suelos los niveles de alfabetización, de acceso a recursos básicos como el agua o la electricidad o de disponibilidad de carreteras y medios de comunicación y transporte. Está probado que, con unas buenas infraestructuras, los pobres ganan un 13% más y la producción aumenta más de un 20%.
¿Y qué dicen a esto las comunidades con las que trabaja desde la FAO?
Percibimos que sufren una discriminación muy importante en términos de participación en las decisiones. No se quiere escuchar lo que dicen los pobres, que muchas veces saben perfectamente cuál es la solución a sus problemas, pero no les dejan plantearlas. En el único momento en el que se escucha su voz es cuando la envergadura del problema alcanza proporciones de conflicto y la olla a presión acaba estallando. Ha pasado mil veces a lo largo de la historia. Ocurrió con el movimiento de los esclavos en Norteamérica y acabará sucediendo con el movimiento de los sin tierra, porque son grupos muy grandes de personas que no pueden ser ignorados.
¿Qué deben hacer los gobiernos para actuar a tiempo y evitar que estalle el conflicto?
Es necesario un compromiso a largo plazo con la pobreza, una discriminación positiva a favor de los pobres, crear mecanismos para que tengan más oportunidades.
¿No es un riesgo depositar todas las esperanzas de los países en vías de desarrollo en el impulso de su mundo rural?
Desde luego, no hay una solución única para la pobreza. También es importante impulsar la industralización y otros sectores, pero lo cierto es que, hoy por hoy, el 80% de la gente que pasa hambre vive en zonas rurales y hay que tenderle una mano. No hay ningún país que haya conseguido introducirse en el camino del desarrollo sin primero invertir en el sector agrícola.
La apuesta por los microcréditos de Mohamed Yunus, recién nombrado Premio Nobel de la Paz, ¿es una tabla de salvación o una trampa que abre las puertas de los pobres al sistema capitalista?
Ha quedado demostrado que es un instrumento muy importante en la medida que genera la capacidad de ahorrar, de conocer el valor del dinero y de hacer una buena inversión. Los microcréditos tienen capacidad para provocar un impacto revolucionario en una comunidad si se mantiene su esencia, la manera en la que han sido concebidos: como pequeñísimos préstamos a bajo interés dirigidos a incentivar una actividad productiva, a que una familia se anime a abrir un pequeño negocio para asegurar su sustento.
El tercer mundo piensa en desarrollarse en clave sostenible mientras el primero lo ha hecho, de algún modo, arrasando con todo...
Es la gran lección que dan los países pobres a los ricos. Aún pasando hambre, su prioridad es conservar el ambiente en el que viven, proteger sus reservas de agua, evitar la tala de sus árboles...
¿La fuga de efectivos que se da con la emigración del sur al norte puede entorpecer el desarrollo?
Al contrario. De hecho, una de las fuentes de ingresos más importantes de países como Filipinas o Cabo Verde, por citar dos casos, procede del dinero que envían las familias que un día se marcharon. También los europeos emigraron cuando pasaron hambre. Son movimientos que se están dando desde hace 400 años y que nadie puede parar. Frente a las oportunidades de progreso que plantean, también tienen su lado negativo, en tanto que provocan el despoblamiento de algunas zonas y la pérdida de cultura y tradiciones.
¿Qué piensa de las restrictivas leyes de inmigración que están proliferando en Europa?
No hay freno a la sociedad multicultural a la que nos encaminamos, y Europa debe darse cuenta de ello. Además, teniendo en cuenta que su población está bajando, no le queda más remedio que mirar fuera de sus fronteras para mantener su nivel de crecimiento.
¿No es paradójico levantar vallas en Melilla y luego hablar de dedicar el 0,7% del PIB al desarrollo?
También hay países que no aceptan comer productos genéticamente modificados, pero los promueven en países en vías de desarrollo. Es un ejemplo más de doble moral que se da en muchos ámbitos.
¿Qué papel tienen las mujeres en el mundo rural?
Son una pieza clave. Si tuviéramos que concentrar la inversión en desarrollo y buscar el mayor impacto posible, deberíamos invertir en las mujeres, que redirigen los recursos pensando en sus hijos y su familia, en su educación y en la búsqueda de la seguridad alimentaria. Tienen una visión más global que los hombres, nunca olvidan a su familia y su comunidad. Una de las grandes evidencias en la lucha contra la pobreza es que invertir en mujeres es la apuesta más segura que se puede hacer.
¿Cuál cree que es el gran error y el gran acierto de las políticas de desarrollo actuales?
Los hermanamientos entre países, por los que un estado desarrollado tutela a otro pobre, se han revelado como una estrategia muy interesante. Sin embargo, pienso que debemos concentrarnos en aspectos más importantes que el desarrollo económico puro y duro de los países más atrasados. Europa y Estados Unidos, que están muy concentrados en los aspectos materiales, tienen mucho que aprender de la manera en que muchos países de África, Asia y América Latina han sabido conservar sus tradiciones, sus formas de relación social fundamentadas en el respeto, la transmisión del conocimiento o la valorización de su pasado.
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