
L OS créditos iniciales aparecen sobre fotografías que hacen referencia a la guerra de Vietnam, al Che Guevara y al mayo francés. Los del final son ilustrados por imágenes del 11-M, del 11-S y de Bin Laden. ¿Hemos ido a mejor? Esa es la pregunta que se desprende de Salvador . La respuesta hay que buscarla en el poso que deja este filme que recoge los últimos años de la vida de Salvador Puig Antich y que recrea la España de la agonía franquista. Pero lo prioritario en Salvador está en su discurso sobre la pena de muerte, en su homenaje al activista del Movimiento Ibérico de Liberación ejecutado con garrote vil por un tribunal de fantasmas y, también, en esa mixtificación de todo aquello, no tanto en clave de crónica política sino como reverberación emocional.
Salvador comienza titubeante. Huerga hace que sea el protagonista quien cuente su historia al abogado que deberá defender su vida. Ese artificio que provoca dudas sobre su calidad alcanza pronto una plenitud insólita. Superado el ortopédico arranque, todos los elementos que lo conforman: fotografía, ritmo, interpretación y diálogos confluyen en hacer de Salvador un paradigma sobre la vida y la muerte. Sujetada por el talento de los actores, en Salvador hay duelos de alta intensidad dramática. Daniel Brühl está en todos. Y todos están a su altura, de Leonardo Sbaraglia a Leonor Watling, de Tristán Ulloa a Ingrid Rubio.
Si en su inicio trastabillea, en su desenlace abusa del alto voltaje emocional y no nos evita el efectismo que representa la aplicación de la pena de muerte. Pese a ello, Salvador está repleta de imágenes sugerentes y aporta unas cuantas secuencias insólitas. Por su factura técnica, está más cerca del Munich de Spielberg que de La noche más larga , de García Sánchez. Por su concepción narrativa también. Aunque Huerga no quiere desprenderse de una puesta al día de la política catalana innecesaria y con algún guiño facilón, su Salvador , acompañado de una música magistral y con la sublime despedida de Lluis Llach, hace un gran esfuerzo por recuperar la memoria. Y ésta resurge. De hecho, el público incluso aplaude como lo hacía en los años 70 cuando iba al teatro y oía allí lo que en la calle nadie decía.
Dirección: Manuel Huerga. Intérpretes: Daniel Brühl, Tristán Ulloa, Leonardo Sbaraglia, Leonor Watling , Ingrid Rubio, Celso Bugallo y Joaquim Climent. Nacionalidad: España-Reino Unido. 2006. Duración: 138 minutos.
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