Mesa de redacción
Duros de pelar
R ECONOZCO que, a fin de cuentas, lo de aceptar errores ajenos es cuestión de paciencia. Paciencia y tolerancia, que son virtudes incómodas y discretitas, difíciles de asumir por los perfectos y los intransigentes, pero que pueden ejercitarse todos los días en la más trivial de las conversaciones. En ejercicio de esas virtudes, me veo obligado a soportar al colega a quien tiene atormentado la diabetis , ya sabes, el azúcar y eso. Mala cosa, la
diabetis , insiste. Yo escucho paciente, incluso intervengo cuando me deja.
La diabetes , recalco bien recalcado, es dolencia que requiere cuidados, pero la
diabetes , machaco, no es grave. Ya, eso lo dices tú, porque no sabes que la diabetis es para toda la vida. Me rindo. Suele ocurrir, con el prójimo que no se aclaró el término desde el principio y que jamás se apeó de su primera interpretación. Conocí a un rojeras obsesionado con la intervención de los yanquis en
Viet Man , un broncas que siempre escribía
revindicación y un supuesto melómano apasionado por la
tocata y fuga de Baz . Y no te cuento la multitud de adscritos al périto y pántano , que son legión. Cuando el interlocutor semánticamente incorrecto es de confianza, vas y se lo intentas corregir sobre la marcha, aun a riesgo de que te tome por pedante. Pero cuando te es ajeno, aguantas el rechinar de los oídos y, a lo más, le rectificas el palabro repitiéndolo con disimulo en su versión correcta, por si pilla, incluso poniendo énfasis con tilde en
períto y pantáno , hala, que lo note. Has pasado un mal rato, lo has intentado, pero ni flores.