
Gloria Totoricagüena posa sonriente en un jardín.Foto: zaldi ero
Totoricagüena afirma tener sus propios planes para el futuro del centro que dirige y su intención es realizar un "esfuerzo multiplicador" en lo relativo a los estudios vascos. Dice tener "muy buenas relaciones" con los departamentos de Educación y Cultura del Gobierno Vasco y, aunque sus consejeros tienen "visiones innovadoras", cree que la diáspora no es lo suficientemente conocida.
¿En qué estado se encuentran las investigaciones relativas a la diáspora Vasca?
Un poco atrasadas en comparación con otras diásporas étnicas como las de Armenia, Grecia, México o Rusia. Y no es por falta de ganas, sino por falta de expertos bien formados en términos de teoría y metodología. Estudiar una diáspora requiere habilidad en Historia, sociología, antropología, ciencia política y psicología. Hay una rama en ciencias sociales llamada estudios diaspóricos, con su propia literatura académica, sus teorías, sus publicaciones y conferencias, que no se reconoce en las universidades de los territorios de Euskal Herria. Por otro lado, también es necesario conocer la cultura y la historia del país anfitrión. No se puede saber qué es vivir en la diáspora sin hacerlo una mismo. Eso requiere de ayudas económicas para estudiantes que deben salir del país para vivir en el lugar de estudio.
¿Hasta qué punto han ayudado las nuevas tecnologías al desarrollo de esta labor?
Las nuevas tecnologías facilitan las comunicaciones pero no cambian el contenido del material de estudio. Casi todas las redes académicas son internacionales y la distancia geográfica no supone ningúna diferencia. Lo que influye más es poder comunicarte a través de Internet en un idioma común, que es el inglés en el mundo académico. Para que los excelentes estudios de los intelectuales e investigadores vascos tengan eco en el mundo es necesario traducirlos al inglés. También se debe estudiar esa lengua para poder dar conferencias.
El patrimonio está muy disperso, en diversos países y en entornos estrictamente familiares. ¿Dificulta ese hecho la actividad investigadora?
Más que dificultar, obliga a cambiar la metodología, y eso siempre cuesta más tiempo. Por ejemplo, llevo tres años en un proyecto sobre los navarros que emigraron a Australia y también sobre los que volvieron. No había archivos, los hice yo misma. Tampoco había entrevistas que siguieran las normas académicas, las hicimos nosotros. En ocasiones, el patrimonio cultural e histórico de la diáspora vasca sigue aún en las memorias de los emigrantes y sus familiares, en cajones y en áticos. Yo misma he buscado información hasta en basureros. ¡Si supiera mi madre dónde he estado...! Nuestra historia y nuestra realidad no están escritas, no están organizadas para ser buscadas en una biblioteca, y no figuran todavía en una base de datos.
Los testimonios orales, por tanto, juegan un papel importantísimo.
Tienen un peso preponderante porque cuando faltan documentos escritos de una época, solo queda la memoria para explicar lo sucedido. Para mí, grabar un testimonio oral es una maravilla. Siento todas las emociones de esa persona en la situación que describe: espanto, frustración, tristeza, gozo eventual, aceptación de una nueva identidad compleja... Lloro y río, vivo ese momento tal y como me lo describen, me pongo en su situación. Cuando estoy en proyectos de testimonios orales mis sujetos me ilustran y me cultivan, aprendo mucho más que leyendo cien libros de teoría. Varias de las decisiones importantes de mi vida las tomé después de haber pasado una temporada escuchando a ancianos describir sus filosofías de la vida.
No existe un archivo sobre la diáspora vasca que agrupe todo el material físico y virtual existente. ¿Se está trabajando en ello?
El Gobierno Vasco está explorando la mejor forma de crear un Museo de la Diáspora y aquí en Reno tenemos muchísima información sobre las comunidades vascas en la Biblioteca Vasca que puso en marcha Jon Bilbao y que actualmente dirigen Imanol Irizar y Nere Erkiaga. Hay que archivar mucho material y digitalizar montones de libros, papeles, fotografías y testimonios orales que nos envían. Una vez que haya un museo de la diáspora vasca en Euskal Herria, mandaríamos una copia de cualquier artículo o material que interesara. La información es un patrimonio público y la gente debe tener acceso a ella. A tal efecto, Internet puede ser una buena vía para llegar a todo el mundo.
¿Tiene alguna experiencia destacable en el estudio e investigación de otras colectividades en la diáspora que considere reseñable?
La más impactante para mí sigue siendo la diáspora judía. Hay tanta riqueza, tanta complejidad, tantos niveles de excavación que realizar que nunca se entenderá perfectamente. Mi tiempo en Jerusalén y Tel Aviv con oficiales del gobierno israelí y académicos expertos en temas de la diáspora judía, me ayudó a esforzarme más en los estudios sobre los vascos. En septiembre iré a Armenia donde espero poder disfrutar de la misma experiencia.
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