
Sergio Murillo, un 'icono' de la tragedia, que perdió a sus padres y a sus dos hermanos en Biescas.
P ARA Pedro Soria y Mari Asun Alfaro la jornada de ayer fue especialmente dura, ya que el décimo aniversario de la muerte de su hijo Jon en la riada que arrasó el camping Las Nieves de Biescas vino acompañada de una avalancha de fotografías e imágenes de televisión que durante todo este tiempo han tratado de borrar de su mente.
"Estamos pasando un mal día. El 7 de agosto siempre es una mala fecha para nosotros, pero este año está siendo peor, porque al ser el décimo aniversario todos los medios de comunicación parecen haberse puesto de acuerdo para recordar todo lo que ocurrió ese día", comentó ayer Pedro. A este vecino de Pasaia, la tragedia de Biescas le arrebató a su hijo de nueve años y al que iba a convertirse en su cuñado, Patxi Mugarza, un joven de Oñati de 30 años que por aquel entonces trabajaba en Fagor Ederlan y convivía con su hermana Ana, con la que iba a casarse apenas un mes después.
El pequeño había ido al Pirineo aragonés con sus tíos y sus padres se quedaron en Pasaia, ya que Pedro estaba a la espera de someterse a una operación. Apenas habían pasado dos días desde su llegada al camping Las Nieves cuando las fuertes tormentas que se registraron el 7 y el 8 de agosto de 1996 originaron una torrentera de piedras, árboles y lodo que arrastró a su paso vehículos, autocaravanas, tiendas de campaña y campistas, cobrándose la vida de 87 personas y dejando dos centenares de heridos. La tragedia de Biescas se convirtió en la peor catástrofe natural de los últimos 35 años en España -título que aún ostenta-, y provocó daños materiales por valor de 4,2 millones de euros.
víctimas guipuzcoanas
Buscando consuelo
Entre las víctimas mortales guipuzcoanas, además de Jon Soria Alfaro y Patxi Mugarza, se encontraban una pareja de Errenteria y dos vecinas de Lasarte-Oria y Antzuola. Nekane Mitxelena, siempre metida en la organización de eventos musicales vinculados a Eresbil y Musikaste, acababa de comprarse un piso con Iñaki Murua, informático de profesión. Ambos tenían planeado casarse en junio de 1997, pero la riada se llevó por delante sus sueños.
La avalancha también quitó la vida a María José Idígoras, enfermera del ambulatorio de Lasarte-Oria, casada y con dos hijos, y a Begoña Azkarate, una ama de casa de Antzuola también casada y madre de un chico y una chica.
Los familiares de estas seis víctimas todavía se siguen reuniendo y llamándose por teléfono de vez en cuando para comentar las últimas noticias sobre el caso o en busca de consuelo, en los momentos en los que viene el bajón y resulta difícil salir adelante. Ayer fue uno de esos días, en los que cada cual intentó pasar el mal trago como pudo: unos tratando de desconectar de las noticias, en plenas vacaciones, y otros reservando un momento especial del día para recordar a sus familiares.
Éste último fue el caso de Pedro Soria. A primera hora de la mañana, antes de ir al trabajo, el padre de Jon fue como cada año por estas fechas al cementerio de Pasai San Pedro a visitar la tumba de su pequeño, que hoy tendría 19 años. Después, soportando la pena en silencio, intentó hacer frente a sus rutinas diarias. "Quiero que el día acabe ya. Nos sentimos zarandeados con tanta noticia. Esta herida nunca acabará de cerrarse", lamenta.
Su mujer, Mari Asun, asegura que el hecho de que las familias de los fallecidos aún no hayan sido indemnizadas diez años después del desastre carece de importancia en medio de tanto dolor. "Por mucho dinero que te den, nada te devuelve la vida de un hijo", expresa.
el momento de recordar todo
Preguntas sin respuesta
El matrimonio se enfrenta estos días al duro trago de explicar a su hijo pequeño, Beñat, lo que ocurrió aquel día maldito de agosto de hace una década. "Tiene diez años, casi la misma edad que Jon cuando murió, y es ahora cuando empieza a entender que algo raro ha sucedido en la familia y comienza a hacer preguntas. Intentamos explicarle lo que ocurrió lo mejor que podemos", indica Pedro.
Fue Beñat, según asegura la pareja, quien les ayudó a "tirar para adelante" a ambos. "Era un bebé y necesitaba toda nuestra atención. Apenas tenía ocho meses cuando sucedió todo. Por él hemos salido adelante", confiesan.
El peor recuerdo para Pedro son los tres días de angustia que pasó hasta que apareció el cadáver de su hijo y el momento en el que tuvo que reconocer el cuerpo de su cuñado. Aún y todo, asegura que ha podido volver al lugar de la tragedia. "Soy montañero de toda la vida y he regresado al Pirineo para esquiar, aunque cuando paso por Biescas siempre se me revuelven un poco las tripas", indica.
Su hermana Ana, que perdió a su novio y a su sobrino en lo que se prometían unas vacaciones felices, ha conseguido rehacer su vida y vive en un pueblo del Pirineo. "Tuvo la suerte de salir ilesa, pero psicológicamente lo pasó muy mal y aún no está completamente repuesta. Curiosamente, ahora vive muy cerca del lugar donde ocurrió todo", relata Pedro.
un día difícil
El nudo en la garganta
José María Mitxelena también pasó el día de ayer sin poder deshacerse el nudo que tenía en la garganta. Primo lejano de Nekane Mitxelena, le tocó vivir el desastre de Biescas en directo, ayudando en lo que pudo en las tareas de traslado e identificación de los cadáveres. Después, se prestó a representar a las familias guipuzcoanas afectadas por el suceso y hoy es el día en el que desea que todas ellas reciban de una vez las indemnizaciones pendientes y se pueda "dar carpetazo" al caso, "al menos en el plano judicial".
"En agosto de 1996 estaba de vacaciones en Jaca. Recuerdo que fui a por pan un jueves a las ocho de la mañana y me dijeron que necesitaban voluntarios para ayudar a toda la gente afectada. Comencé a trabajar en ese momento y no paré hasta el domingo a mediodía", rememora. La imagen más terrible que quedó grabada en su mente, la de una bolsa con cadáveres que se abrió y dejó caer el cuerpo inerte de un niño, cuando él y un compañero se encontraban cargando y descargando víctimas.
Quien ha pasado a la historia por haber sufrido uno de los trances más duros en el catálogo de horrores vividos en Biescas en agosto de 1996 es Sergio Murillo, un joven arquitecto pamplonés de 26 años que perdió en Huesca a sus padres y a sus dos hermanos. Junto a su abogada, Elena Melero, está dispuesto a llegar "hasta el final" para conseguir una "reparación moral" para las víctimas. "La vía administrativa no identifica culpables, y creemos que tenemos derecho a una reparación moral, no sólo económica", expone.
A su juicio, el proceso penal sobre el caso "no ha sido justo", y por este motivo ha presentado un recurso ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, con sede en Estrasburgo, confiando en que se reconozca que en el camping de Biescas "quedaron vulnerados el derecho a la vida y a la seguridad" de los 600 campistas allí reunidos. "Son dos derechos que se infringieron cuando alguien permitió que se construyera este camping en una zona tan peligrosa y no pararemos hasta que así se reconozca", sentencia.
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