
Tribuna Abierta
En las postrimerías de la Guerra Civil española, Pablo Neruda lanzaba al mundo aquel grito desesperado en España en el corazón. Con él expresaba su impotencia y su solidaridad, y en él se unieron en un mismo dolor todas las gentes que habían contemplado con horror el sometimiento por la fuerza de las armas de un pueblo traicionado, primero por su Ejército y luego por las potencias ganadoras de la Segunda Guerra Mundial, que de una forma hipócrita y cínica ("España ya tiene lo que se merece", dicen que aseguró Churchill) se desentendieron de la injusticia y el sufrimiento que tendríamos que soportar a lo largo de cuatro décadas.
Muchos años después, el mismo horror se abatió sobre Chile y la solidaridad internacional correspondió con el mismo grito de desgarro: Chile en el corazón. Pero quienes hubieran podido evitar la tragedia, nuevamente se desentendieron, seguramente porque pensaron que también el pueblo chileno tenía lo que se merecía por haber soñado con aupar a la izquierda y, además, en elecciones democráticas, al Gobierno del país. Sesenta años desde que las potencias occidentales decidieran lavar su mala conciencia para con el pueblo judío a costa de desposeer a los palestinos de una parte de su tierra.
Sesenta años lleva este pueblo sufriendo una agresión a la que ya puede darse el nombre de genocidio. Es una práctica que el pueblo judío conoce bien, pero lo insufrible es que crean que el hecho de haber sido víctimas en tantos momentos de la historia les legitima ahora para convertirse en verdugos con la misma crueldad e inhumanidad a las que ellos y ellas fueron sometidos.
Si resulta injustificable la actitud cómplice de Estados Unidos, decepcionante y humillante es el papel que en este conflicto está desempeñando Europa. Avergüenza el servilismo hacia la política exterior de Estados Unidos y ver a esa figura decorativa que es el señor Solana, que ejerce como representante de Europa y que, ante semejante catástrofe humanitaria, no tiene más discurso que el gimoteo.
Y al representante del Gobierno español, el señor Moratinos, buen conocedor de la situación de Oriente Medio pero que, en actitud timorata, no se atreve a recordar las resoluciones de Naciones Unidas exigiendo la devolución de los territorios ocupados, ni a condenar el terrorismo de Estado que Israel está practicando de una forma sistemática tanto contra los líderes políticos como contra una población civil martirizada, y de la que se pretende que no tenga más opción de supervivencia que la huida de Gaza y Cisjordania.
Hace poco, en una lúcida intervención sobre el futuro de Europa, oí al profesor Gurutz Jáuregui reivindicar para la UE el único papel que le permitiría ejercer su protagonismo sobre el resto del mundo. No el del poder económico ni el de la fuerza de los ejércitos, sino la autoridad moral en la defensa de la libertad, la democracia y los Derechos Humanos, (Libertad, igualdad y fraternidad, el lema que convirtió a Europa en la cuna de la sociedad moderna).
No parece, sin embargo, que la actual UE esté dispuesta a desempeñar ese noble papel, sino que ha escogido el del cinismo y la cobardía que sus gobiernos muy democráticos también eligieron en otros momentos.
Hoy en día Europa se muestra ufana por haber conseguido que sus leyes recluyan al general Pinochet en su guarida chilena, en donde sólo le salva la compasión ante una ancianidad derrotada y despreciada. Y, cuarenta años después de aquel 18 de julio, el Parlamento condena el levantamiento fascista. Pero el presente de los pueblos humillados, invadidos y expoliados por la fuerza de las armas parece no entrar en el orden del día de sus preocupaciones. No sabemos si en su fuero interno nuestros gobernantes también lavan sus conciencias pensando que "Palestina tiene lo que se merece".
Ante tanta miseria, quienes creemos que el pueblo palestino logrará alcanzar su soberanía en paz, en un Estado libre y democrático, hoy llevamos como una herida en nuestras conciencias solidarias Palestina en el corazón.
(*) Secretaría de Relaciones Internacionales de Ezker Batua-Berdeak
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