Editorial
Ortodoxia y diplomacia
Su investidura estuvo marcada por su perfil de
guardián de la ortodoxia , heredado de su anterior destino al frente de la rígida Congregación para la Doctrina de la Fe, su reconocida solidez intelectual y su desazón por la crisis de valores morales en la Cristiandad y, por extensión, en toda la cultura de Occidente. En su primer año de Papado,
Benedicto XVI
se ha mantenido fiel a este discurso y la visita que ha realizado este fin de semana a Valencia -España ha sido precisamente su tercer viaje con tiara después de pasar por su Alemania natal y la Polonia de su antecesor- ha sido buena prueba de ello. Tenía muy claro cuál era el mensaje que debía presidir este desplazamiento: la exaltación de la institución de la familia tradicional -y no otras expresiones- como pilar fundamental de la sociedad y la moral cristiana. Ahora bien, el Papa ha demostrado también mucha destreza para hacer compatible esta severidad con la secular diplomacia vaticana -que ha hecho de la Iglesia católica un poder terrenal de primer orden- y se ha cuidado mucho de no dejar caer durante sus dos días de visita el más mínimo reproche al Gobierno socialista anfitrión, pasando incluso por alto aquellas cuestiones más escabrosas -como la equiparación legal de parejas homosexuales, la impartición de la religión en la escuela o la financiación del Concordato- que durante el mandato de
Zapatero han hecho saltar chispas entre la Iglesia y el Estado. El presidente se reunió con el Papa -quien dispensó también un trato exquisito a la vicepresidenta
Fernández de la Vega - en un encuentro privado del que fuentes de ambas partes destacaron sobremanera la cordialidad y el espíritu de colaboración mutua, para decepción de determinados sectores de la derecha que quizás esperaran un tirón de orejas al Gobierno desde el palio. Este calculado equilibrio de Joseph Ratzinger no salva, sin embargo, la enorme distancia que separa su rigor doctrinal de una realidad social plural y compleja. Es un discurso que, incluso, encuentra cada vez más difícil encaje entre las propias comunidades cristianas de base, precisamente el nervio más dinámico y renovador de la Iglesia, que han asistido desde el escepticismo -cuando no desde el abierto malestar- al boato de la visita papal a Valencia y a un mensaje duro que queda muy lejos del compromiso social que esperan de la Iglesia.