
Dos mujeres observan uno de los lienzos de la exposición de la galería Ispilu Arte.Foto: ruben plaza
Donostia. A Marian Aranburu le cuesta hablar sobre su obra. "La pintura es algo que no se puede expresar, no tengo palabras para explicar por qué pinto los cuadros que pinto y por qué son como son", dice. Poco a poco, a lo largo de un recorrido por las obras que expone en la galería Ispilu Arte de Zarautz, se va desprendiendo de sus secretos de creadora y conversa sobre el camino que le ha llevado hasta el lugar en el que se encuentra.
Después de toda una vida dedicada a pintar en el taller de casa confiesa que ha decidido "sacar fuera" su arte. Está en ello. Hasta el próximo viernes sus últimas creaciones cuelgan en las paredes de la galería zarauztarra. La artista no se atreve a predecir lo que le vendrá en los próximos meses, no es amiga de las previsiones. Tiene claro, eso sí, que ha llegado el momento "de salir a la calle y enseñar lo que hago".
La exposición alberga más de 20 piezas en las que versiones chillonas de los colores primarios dominan los lienzos envolviendo y creando formas en una obra gestual y expresiva que se acerca mucho a la abstracción, recuperando lo esencialmente pictórico. También muestra dos delicadas tintas con estilizadas figuras de bertsolaris y otros personajes. Además, cinco marinas de agua, con matices en verde, conviven con una decena de pequeños dibujos sobre papel, en los que la tinta y el óleo crean pinturas de formas definidas.
más valiente "Hasta ahora no había tratado los colores así, de esta manera tan cruda", comenta la artista. "La exposición de Zarautz es distinta y también es más valiente que las que he venido realizando, tenía una necesidad especial de expresar utilizando colores que, además, son muy puros, muy fuertes y contrastados", puntualiza. "Necesitaba ir más allá, crear diálogo entre lo que se ve y lo que no se ve, el color mismo surge desde esa necesidad".
Este cambio también se debe a que para realizar sus últimas obras se ha decantado por pinturas acrílicas en detrimento de las habituales acuarelas. El resultado; cuadros improvisados, dominados por estridentes rojos, naranjas y amarillos, entre los que se esconden pequeños poemas y fragmentos que, esta vez, Aranburu ha escrito en euskera. "La música y la escritura son dos disciplinas que me persiguen desde siempre, todo lo que escribía antes lo hacía en castellano, pero en este último año he sentido la tentación del euskera", señala la artista.
La escultura también le tentó. "Fue en un viaje que hice a Italia, lo que vi me revolvió las tripas y cuando volví a Zarautz me puse a picar piedra. Fue así como hice algunas obras con mi marido Mikel, que es escultor", recuerda. "Más tarde llegó el hierro, ahora estoy sumergida en la pintura, pero no descarto esculpir algún día".
sensaciones que avanzan Marian recuerda que cuando era una adolescente se sintió "fascinada" por pintores como Tellaetxe o Arrúe. "Me llegó a las manos un catálogo de artistas vascos y durante algún tiempo me dediqué a copiar sus trabajos, la sensación que me producía pintar era absolutamente sorprendente", relata la pintora. Al preguntarle por la evolución de ese sentimiento, habla con total espontaneidad. "Por supuesto que sigo sintiendo lo mismo, porque la pintura trata de esto, de moverte todo lo que llevas dentro. Pero este arte también implica sufrimiento, para pintar es necesario sentirse abierto y totalmente concentrado, una vez abierta la puerta es imposible parar". ¿Se trata de una obsesión? "No es una obsesión, y no quiero que lo sea. Hablo de un aprendizaje, de todo lo que te enseña un cuadro cuando te metes en él y dejas que te guíe por sus caminos, te lleva a tener una actitud ante la vida porque te enseña a reflexionar, es algo verdadero, aplastante".
Y esa reflexión, es la que le empuja a "seguir adelante", porque, "en esto es imposible detenerse, yo estoy en el camino pero eso es lo bonito, es lo que vale y también puede reflejarse en un ataque de mal humor que te lleva a romper, en un minuto, lo que te ha costado crear en cuatro meses".
Al pedirle un pasaje para el recuerdo, menciona a Zumeta. "En 1987 participé, durante un mes, en un taller de pintura organizado por el propio Zumeta. Pintábamos todos los días, y aquella experiencia sí que me demostró lo que significa la pintura y formar parte de ella. He elegido esta actividad y tengo claro que no la cambiaría por ninguna otra".
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