Editorial
Por tierra, mar y aire
STÁ comprobado que el juez de la Audiencia Nacional,
Fernando Grande-Marlaska
, ha asumido como tarea principal la dedicación de su tiempo laboral a impedir por todos los medios a su alcance que exista lo que existe. A estas alturas, negar la realidad política y social de la izquierda abertzale entendida como él la entiende, ETA-KAS-EKIN-Batasuna, es como la quimera de Don Quijote arremetiendo contra los molinos de viento. Según la convicción del magistrado, Batasuna es un partido político eliminado por la Ley de Partidos. No existe. Y si no existe, si sus estructuras, sus sedes, sus fuentes de financiación, sus cuentas, son un ente legal deshabitado, inexistente, que, por serlo, no debería ser objeto de atención por parte de la magistratura. Sorprenden, sin embargo, los desvelos del magistrado provisional Grande-Marlaska para cortar por lo sano -a fuerza de autos, de apercibimientos, de detenciones, de procesamientos, de multas- la más mínima actuación política de políticos que en su día fueron militantes y dirigentes de una fuerza política que ya no existe. Parece como si ese juez no tuviera otra ocupación que recibir informes de cada paso que dan los que dirigieron Batasuna, para impedírselo. No importa que ninguno de los políticos abertzales citados esté privado de sus derechos ciudadanos. No importa que los fiscales expresen su criterio de que no hay razón legal para privarles de su libertad de reunión o de expresión. A Grande-Marlaska le basta con que cualquiera de los dirigentes conocidos de la extinta Batasuna convoque una concentración ciudadana pacífica, o una manifestación reivindicativa de derechos fundamentales, o una simple rueda de prensa, para ordenar a la autoridad gubernativa o policial que lo impida. Es como una obsesión. Una incomprensible obstinación que llega incluso a prohibir la participación de
Arnaldo Otegi en una mesa redonda, en un simple coloquio organizado por un foro de debate catalán sobre un tema tan peligrosamente terrorista como
Por un proceso democrático y nacional en el que Otegi era uno más entre los integrantes de la mesa de debate. Resulta casi esperpéntica esta persecución, este obsesivo hostigamiento que sólo consigue acrecentar el menosprecio social a la justicia.