Editorial
La grandeza de la pelota
UAN Martínez de Irujo y Aimar Olaizola protagonizaron ayer una de las finales del Manomanista más esperadas de los últimos años. Un Atano III repleto y con una gran animación, las apuestas al rojo vivo desde hace semanas y la expectación creada por los medios de comunicación, fueron los ingredientes de una final que recupera, como cada año, la grandeza de un deporte que a menudo carece de un reconocimiento merecido. Seña de identidad de una comunidad, la pelota, y especialmente la pelota a mano como su expresión más depurada, es una disciplina en la que el deporte consigue recuperar sus valores más primarios: la fuerza, la rapidez, la agilidad, el cuerpo a cuerpo, la cercanía del público y el valor estratégico del juego. Con esos elementos tan primarios como ingredientes y una larga tradición en el imaginario colectivo vasco, la pelota ha ido haciendo su propia revolución silenciosa en las últimas décadas. La profesionalización fue una de ellas y en paralelo, surgieron las firmas de pelota que lograron introducir claves empresariales en un deporte que hasta entonces se movía con criterios
amateur . Se ha demostrado que la tecnología también puede ser una excelente aliada en la promoción de este deporte: son algo más que una anécdota iniciativas como las apuestas por Internet o la posibilidad de que esta última final haya podido verse en todo el mundo a través de una retransmisión de ETB vía satélite teniendo en cuenta el potencial de los millones de aficionados que existen en la diáspora. Generar afición y cantera es la gran tarea en la que están inmersas las federaciones de pelota y es que una de las asignaturas pendientes de este deporte sigue siendo dar el salto del ámbito rural (cantera de los pelotaris que hoy en día acaparan el protagonismo) al urbano, y con ello, empezar a ocupar un lugar importante en las expectativas de futuro de niños y niñas. En ese objetivo hay un paso que ya se ha logrado. Martínez de Irujo, con su juego apabullante, se ha convertido en un fenómeno social fuera incluso de las canchas y éste puede ser un buen comienzo para que la juventud que juega en los frontones de cada pueblo, barrio o centro escolar, empiece a tener líderes a los que poder imitar en el futuro. Como en cualquier deporte.