
Una joven mira el símbolo de la lucha contra el sida.Foto: patrick seeger
donostia. La Asociación de Afectados por la Droga/Drogak Eragindakoen Elkartea (DEE) se convirtió en un refugio para los toxicómanos y, en su mayoría, infectados por el VIH en las dos últimas décadas del siglo XX. "Antes de 1983 ya habían muerto personas en Donostia por una enfermedad que todavía no tenía nombre", indica Maribel Mendivil, voluntaria de la DEE, germen de lo que hoy es la Asociación Ciudadana Anti-Sida de Gipuzkoa (Ascagi, 1988).
"Nosotros trabajábamos con toxicómanos y, cuando comenzó la epidemia del sida, médicos como Daniel Zulaica y Patxi Rodríguez nos llamaron. Nadie sabía nada y fuimos aprendiendo de una forma terrible", señala, para después añadir: "En una familia de Donostia en 1982 murieron tres hermanos y no se sabía el porqué".
En el colectivo se encontraron con que casi el 100% de los toxicómanos estaban infectados por el VIH. Muchos morían sólo con 18 y 20 años y en apenas seis meses. "Caían en la droga de forma estúpida, por probar entre las cuadrillas", expone Mendivil, quien cifra el número de toxicómanos en Gipuzkoa, en los 80, entre "2.000 y 4.000 personas". "Unos 12.000 en toda Euskal Herria", concreta.
Convivían con ellos. Por las mañanas, cuando abrían el local, les daban para desayunar café con galletas. "En invierno se quedaban más rato y, a veces, jugaban al parchís. En otras ocasiones, intentaban entrar con droga y no se lo podías permitir. Eran yonquis y su dependencia les hacía protagonizar situaciones violentas, pero sabían que les queríamos", recuerda.
La noche, por el contrario, les devolvía a la realidad de la calle. Tras cinco años de lucha, consiguieron en 1995 el primer piso de acogida, cuyo primer alquiler pagó, según indica Mendivil, Zulaica.
Pero su experiencia de 23 años "codo con codo" con los afectados por el VIH también le trae malos recuerdos cuando evoca el rechazo social. "En los pueblos grandes como Eibar, Elgoibar o Irun los chicos contaban que cuando veían a un conocido, éste se cruzaba de acera", critica.
Las voluntarias se encargaban de administrar los retrovirales para evitar que los toxicómanos los vendieran. Asimismo, les explicaban lo que suponía tener el VIH. "Se corrió una teoría de que si se dejaban de pinchar heroína, morirían antes", indica.
Trabajaban en varios frentes, manifestándose en los juicios contra los toxicómanos delincuentes, luchando para sacar a los enfermos de las cárceles y formando a los policías y bomberos sobre cómo recoger las jeringuillas sin contagiarse.
Aunque hoy está retirada, recuerda la última víctima que se cobró el sida y con la que estuvo hasta el final. Un joven al que consiguieron en el año 2000 sacar de la cárcel con "33 kilos de peso" para que muriera en el piso de acogida, "en casa".
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