
Francisco Javier Rodríguez y Lidia Pascual, en la Unidad de Enfermedades Infecciosas.Foto: ruben plaza
h OY día el sida no es una enfermedad mortal por sí misma. Afortunadamente, los tratamientos no sólo han contribuido a ampliar la esperanza de vida de estas personas, sino también a mejorar su calidad de vida. Pero hace 25 años, cuando se diagnosticaron los primeros casos en EEUU, la situación de los enfermos era muy diferente. Fue un 5 de junio de 1981 cuando el Centro de Control de las Enfermedades de Atlanta alertó sobre la existencia de cinco casos de neumonía poco frecuente en homosexuales de California. Dos años más tarde, el francés Luc Montaigner dio nombre a lo que hoy conocemos como VIH, virus de la inmunodeficiencia humana. Fue entonces cuando comenzó una lucha que en sus primeros años fue especialmente dura, por el desconocimiento, la falta de recursos y tratamientos.
En Gipuzkoa, la enfermedad provocó rechazo incluso entre los propios profesionales, recuerda Francisco Javier Rodríguez Arrondo. Este médico de 51 años comenzó a trabajar como residente en el entonces Hospital Nuestra Señora de Aranzazu (hoy Hospital Donostia) en 1986. La atención no resultaba fácil, porque, al principio, los enfermos de sida ingresaban en una unidad según su tipo de dolencia.
Poco a poco, se vio la necesidad de que recibieran una atención más concreta y se creó una consulta vespertina (fuera del horario normal) para atender estos casos. Eran voluntarios todos aquellos que se dedicaban a la atención de los seropositivos. Pese a esta doble moral ante una enfermedad que les era totalmente desconocida, Gipuzkoa fue pionera en el Estado al crear, el 23 de febrero de 1988, la primera Unidad de Enfermedades Infecciosas. Contaba con 10 camas que, actualmente, se han convertido en 22. "Ayudar al bien morir" era lo único que, en palabras de Rodríguez, podían hacer los sanitarios por aquellos jóvenes que llegaban "desnutridos y demenciados".
Por eso también se creo un servicio de atención domiciliaria, para que ese final cambiara el escenario frío de un hospital por el ambiente familiar de una casa. Aún así, Rodríguez recuerda a sus primeros pacientes con extraña viveza. "Estabas con ellos todo el día. Casi no podías hacer nada más que aliviarles y acompañarles en la muerte. Éramos como una familia", describe esos primeros años, que califica como "terribles".
No es para menos. Las cifras de fallecimientos no dejan indiferente a nadie. En 1996 murieron en el hospital donostiarra 144 personas por la enfermedad del sida. De ahí que el descubrimiento de la triple terapia durante ese año fuera "como la penicilina en la historia de la medicina: un milagro".
Un año más tarde fallecieron 32 personas, de las que 16 murieron por problemas de hígado. En 1998 se redujeron a 17 los fallecidos por complicaciones agudas. "Era la selección natural. El tratamiento era efectivo, pero había gente que no toleraba los efectos secundarios", recuerda el médico.
recuerdos vivos Lidia Pascual es otro de los nombres relacionados con la unidad. Entró como voluntaria hace 18 años y es la enfermera más veterana en el servicio, con 48 años de edad. Para Pascual, fueron tres los lastres que marcaron la atención a los enfermos seropositivos durante los primeros años: la muerte prematura, los problemas derivados de los enfermos toxicómanos en activo y el miedo al contagio.
"La mayoría de los pacientes eran toxicómanos en activo ingresados en la unidad. Tuvimos que aprender a tratarlos y resultaba bastante difícil. Incluso algunos intentaban trapichear aquí mismo", explica.
La muerte no era sencilla de asimilar. "Teníamos seis u ocho fallecimientos al mes de gente muy joven", manifiesta. Pascual recuerda a cuadrillas enteras de localidades como Errenteria, Elgoibar o Eibar que pasaron por aquellas camas. Al mismo tiempo, el miedo al contagio hizo que "algunas personas renunciaran a trabajar en la unidad".
Ahora que la heroína casi ha desaparecido del mercado y que "más de un 90% de los seropositivos tiene una alta calidad de vida, podemos decir que vivimos el momento más dulce", mantiene.
Lo que a ambos no se les escapa es la figura de la psicóloga de la unidad, porque aunque eran todos profesionales, esos primeros momentos fueron demasiado duros. Rodríguez asevera que, si continuaran al mismo ritmo, "hoy nosotros tampoco estaríamos aquí".
Mariasun Landa fue para ellos un soporte psicológico que les enseñó a enfrentarse a la muerte y a los casos de violencia. Y aún así, Rodríguez no termina su relato sin tener un recuerdo para todos aquellos, familias incluidas, a los que la suerte, el destino o la droga les jugó una mala pasada.
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