
El laberinto
APENAS había terminado Patxi López de anunciar una reunión con Batasuna cuando todos los truenos, rayos y centellas del PP cayeron sobre la Moncloa. Cual Júpiter tronante, Rajoy advertía a Zapatero que no apoyará el proceso de paz si tal cita se produce como se va a producir. Vano chantaje; para amenazar es necesario poder y no sólo querer. A nadie engaña, dado que si cumpliese su amenaza se vería obligado a explicar por qué es enemigo de la pacificación de Euskadi. Si se encuentra en la oposición por defender la guerra de Irak, puede eternizarse en ella si obstruye la normalización de la comunidad vasca. No intervino sobre la cuestión vasca en el reciente debate parlamentario porque no le interesaba, Zapatero accedió a su deseo, y después cuando ha sido crucificado por su propio aparato de comunicación se agarra al pretexto del anuncio de Patxi López con tal de evitar que le sigan golpeando. E incluso acude solícito al látigo de la emisora, una versión española de la siniestra Radio Maritja polaca, que le ha calificado como "la tonta maricomplejines". Mallas mediáticas son las que rodean el corsé de Rajoy. Más allá de un vacilante ABC, el centro derecha no existe mediáticamente. En cuanto da un paso hacia la moderación, es literalmente desgarrado como lo fuese Suárez por "El Alcázar" durante las vísperas del golpe de Estado de Miláns del Bosch. Rajoy es un registrador de la propiedad en apuros. Sabe que los propietarios de la sigla popular están por la paz, pero, igualmente, sabe que algunos de los restantes gestores de los despachos de Génova no están por la labor pacificadora. Con lo que combina el sí a la teoría de Zapatero con el no a la práctica de Zapatero. Podría recurrir a don Juan Carlos, Chirac, Colin Powell, Benedicto XVI, monseñor Blázquez, Aletxu Echevarría, Botín o Francisco González para colocar en posición de firmes a quienes pretenden dictarle la política a aplicar por los llamados poderes fácticos. Pero no lo hace o, de hacerlo, lo hace con la boca pequeña en espera de lograr una conciliación interna que le ahorre una intervención externa. No es de recibo que unos sirvientes con corsé se monten sobre los intereses de los amos. No en vano aludía Zapatero al recuerdo de una Alianza Popular obstruyendo todo cuanto pudo durante la transición. O el centro derecha se hace cargo del Partido Popular, o la derecha volverá a bifurcarse entre una AP de derecha extrema y una UCD centrista. Es un dilema que se agudizará a medida que vaya avanzando el proceso de paz en Euskadi porque no se dará un solo paso adelante que no vaya acompañado de la exigencia de retroceder dos. O Rajoy rompe el corsé que le inmoviliza o se rompe el Partido Popular. Si en aquella primera transición ocurrió, puede volver a ocurrir ahora a lo largo de una difícil, dura y compleja segunda transición.
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