Editorial
Blair, en horas bajas
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| La tozudez de las cifras, especialmente cuando son resultado de una jornada electoral poco propicia, obligan a los políticos a reaccionar con celeridad aunque sólo sea por aparentar que han escuchado la voz de las urnas. El primer ministro británico, Tony Blair, ha respondido al varapalo de las elecciones municipales del jueves con una remodelación acelerada de su Gobierno. Exteriores e Interior son los ministerios más afectados, y su remodelación responde a la interpretación que Blair hace del claro rechazo a su política expresado en las urnas. Jack Straw, el omnipresente ministro de Exteriores que representó y representa la subordinación de Gran Bretaña a Estados Unidos en decisiones tan controvertidas como la invasión de Irak, pasará al oficio de portavoz en la Cámara de los Comunes y su rostro dejará de provocar el rechazo de buena parte de la sociedad británica que le ha castigado con su voto. También será víctima del varapalo de las urnas el ministro de Interior, Charles Clarke, a quien los ciudadanos británicos siempre reprocharán su imprevisión para evitar las bombas del metro en el verano de 2005, la muerte de un ciudadano brasileño inocente a tiros de una Policía descontrolada y nerviosa tras los atentados del radicalismo islámico. Por otra parte, Blair ha tomado nota del ascenso electoral de la extrema derecha xenófoba, esa expresión fanática de un descontento general por la puesta en libertad por parte del ministro destituido de más de mil presos extranjeros que no fueron deportados. La sociedad británica ha mostrado claramente su descontento con el Gobierno de Tony Blair, un descontento desde todos los frentes. Porque los sectores más desfavorecidos le reprochan su viraje indisimulado de la socialdemocracia hacia el liberalismo, las clases medias le reprochan su pendular política respecto a la inmigración y los colectivos empresariales le reprochan la ambigüedad de su política económica. No es probable que la mera remodelación de su Gobierno salve el futuro político de Tony Blair, que sufre un profundo desgaste a partir de la invasión de Irak. El declive del Laborismo es evidente, según ese 50% de los británicos encuestados que desea ver a Blair fuera del Gobierno antes de que acabe 2006. |
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