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No está mal, para empezar

Por Juanma Alonso - Viernes, 29 de Diciembre de 2017 - Actualizado a las 06:11h

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Amarga victoria la de Arrimadas, que bien puede leerse como derrota. Pese al apoyo del Estado, pese al 155, pese a la ofensiva brutal de la Brunete mediática, pese al acorazado Piolín, pese al bombardeo de las empresas que libremente trasladan su sede social fuera de Catalunya, pese a la clamorosa falta de independencia judicial en España y pese a la absoluta falta de apoyos internacionales a la simbólica República Catalana, el soberanismo vuelve a tener mayoría absoluta en el Parlament.

Si el bloque monárquico hubiese ganado por un escaño, por la décima parte de un escaño, por la última molécula de la última astilla de un escaño, el resultado habría sido interpretado como un vuelco histórico por el que el pueblo catalán habría reivindicado su españolismo tras décadas de haber estado asustado y oprimido por los malísimos nacionalistas catalanes. Pero como quiera que quien ha ganado ha sido el soberanismo, la lectura es bien contraria: han ganado por culpa de una ley electoral injusta. Resulta curioso que aquellos que se han desgañitado pidiendo respeto a las leyes, le echen ahora la culpa de no poder gobernar... a las leyes.

Obviamente, la lectura que hay que hacer de los resultados en las elecciones catalanas no es, tampoco, que la mayoría parlamentaria obtenida por el soberanismo implica que el pueblo catalán apoye sin fisuras la independencia. Para nada. La única interpretación sensata es, a mi juicio, que la sociedad catalana está profundamente dividida y que poco importan unas décimas arriba o abajo hacia un lado o hacia el otro: hay que buscar una solución. Y hay que hacerlo rápido.

Lo que realmente mandan las urnas es que una inmensa mayoría de los catalanes quiere, como mínimo, un replanteamiento de su relación con el Estado español

El independentismo obtuvo una victoria épica el 1-O, puesta en bandeja por la torpeza de un PP que demostró de dónde viene y a dónde le gustaría volver: a la imposición de las ideas a palos. Pero después les faltó inteligencia y valentía para gestionar esa victoria y la Europa que aborreció la brutalidad policial del 1-O se rió a carcajadas del circo de gobiernos fugados e independencias proclamadas con la boca pequeña.

Cierto es que las CUP ya han dicho que no va a apoyar un Govern que no vaya de manera clara por la vía de la unilateralidad, pero no es menos cierto que es bastante impensable que quieran forzar una repetición electoral. Posiblemente, Puigdemont pueda ser investido president con el apoyo de su partido y de Esquerra y la abstención o ausencia de las CUP. Cierto es que si vuelve será detenido, pero a mi entender esto no es crucial: si no es él, será otro, pero habrá gobierno soberanista. Sea quien sea, espero que tenga la altura de miras que no supieron tener el pasado octubre.

Es evidente que la sociedad catalana está dividida por la mitad entre los que se quieren independizar de España y los que quieren seguir formando parte de un Estado común. Afortunadamente, a mi entender, el reparto de escaños no ha puesto el gobierno en manos de los que, aún siendo minoritarios, aspiran a imponer la “Una, Grande y Libre” a toda costa. Porque en el bloque no independentista hay muchos más matices que en el opuesto. A los 40 escaños de los que no quieren reformar nada (o incluso reformar algo pero por la senda de la recentralización) se unen los 25 de PSC y En Comú Podem, que quieren modificar el encaje de Catalunya en el Estado.

Sea quien sea el futuro president, espero que no quiera volver a tirarse de cabeza a la piscina vacía de la DUI y que sepa leer que lo que realmente mandan las urnas es que una inmensa mayoría de los catalanes quiere, como mínimo, un replanteamiento de su relación con el Estado español. Los 66 diputats soberanistas que pueden ser realistas (que no monárquicos) más los 25 que sumarían la vía Iceta y los Comunes, formarían a mi entender la única mayoría identificable: los que quieren que algo cambie, frente a los que prefieren seguir dándose cabezazos contra el muro de la realidad. La que impone tanto que la independencia de Catalunya es algo imposible en el momento actual, como que el pueblo catalán no está conforme con el actual encaje en el Estado.

Está demostrado que los jueces teledirigidos y los cachiporrazos de la Guardia Civil no han solucionado el problema. Ahondar en un unilateralismo que no se creen ni aquellos que lo propugnan y proclaman independencias con cara de funeral, tampoco. Puigdemont tiene delante la posibilidad de hacer lo que quiso haber hecho, pero no se atrevió. Decir que no quiere ser el president de la mitad de los catalanes y abrir una vía, que será larga y difícil, pero que culminaría con el consenso más alto posible entorno a un mínimo común denominador: que Catalunya debe tener un encaje diferente al actual en el marco de un Estado diferente al actual. Y para eso pueden tener 91 escaños de 135. No está mal, para empezar.

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