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Verbomanía

Un cuento siciliano

Por Pablo Orlando - Jueves, 21 de Diciembre de 2017 - Actualizado a las 09:52h

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Gaetano fue uno de aquellos hombres que llegaron desde Sicilia para instalarse a orillas del Cantábrico cuando el siglo XX empezaba a dar sus primeros campanillazos y el mundo aún no presagiaba la explosión de la Primera Guerra Mundial. Una vez me contó que en su pueblo natal, una pequeña aldea de pescadores cercana a Palermo, solo había pobreza y un futuro incierto. Sobre todo para un muchacho como él, que había caído en el desamparo de la orfandad a una edad vilmente temprana. Así que con catorce años, una boina bien calada y poco más que un zurrón echado a la espalda, zarpó en una barcaza rumbo al norte de España, donde le esperaba, entre otros paisanos, su buen hermano Bernardo. Desterrado por amor propio de la tierra de su infancia, pero con la jugosa compañía de algunos recuerdos, se marchó con la decisión de desarrollar el oficio de salazonero. "Y es que una cosa muy importante para mi crecimiento solía decir, fueron aquellas lecciones de contabilidad que, de tarde en tarde y con esmero, fui aprendiendo en el estanco del viejo Azzurrello".

Durante los primeros años Bernardo y él trabajaron como artesanos día y noche hasta que consiguieron dominar un oficio que llevaban en la sangre. Aguardaban en el puerto de madrugada a que los barcos llegasen cargados de anchoa, compraban en puja y, acto seguido, comenzaban el proceso de limpieza y salazón para, después, agruparlas en barriles, que ellos mismos fabricaban, y enviarlos en buques hacia Italia. El negocio parecía que iba de bien en mejor, y Bernardo y Gaetano se miraban orgullosos en las noches de faena, cuando apenas quedaba tiempo para echar una cabezada sobre la silla.

Sus primeros ahorros los invirtieron en costear una pequeña flota de pescadores y en alquilar un almacén donde posteriormente preparaban el bocarte. Cada mes que pasaba la demanda era mayor, y Gaetano se pasaba noches y noches llevando la contabilidad. Buques que salían hacia Génova, Nápoles o Livorno, y todos portaban pedidos de su empresa. Así fue como estos dos hermanos, con el tiempo, se convirtieron en sólidos empresarios. Cómo no acordarme de ellos cuando ahora doy un bocado a este manjar.

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