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Gipuzkoa saca del olvido a las víctimas franquistas

Un acto solemne y emotivo sirve para conceder la Medalla de Oro del territorio y saldar la “deuda” con los damnificados por el bando sublevado
Olano llama a mantener viva la memoria del pueblo

Jurdan Arretxe - Sábado, 16 de Diciembre de 2017 - Actualizado a las 06:12h

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El acto concluyó con el descubrimiento de una placa que se instalé en la balistrada, en presencia de unos emocionados supervivientes de la Guerra Civil.

(Rubén Plaza)

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  • El acto concluyó con el descubrimiento de una placa que se instalé en la balistrada, en presencia de unos emocionados supervivientes de la Guerra Civil.

donostia- “La memoria es una forma de justicia de las víctimas”. El presidente de la Sociedad de Ciencias Aranzadi y forense, Paco Etxeberria, sintetizó de esta manera la concesión de la Medalla de Oro de Gipuzkoa a las víctimas guipuzcoanas “que perdieron la guerra de 1936 y que sufrieron la represión en la posguerra”.

“La memoria se erige en una de las principales instancias de tramitación de demandas y deudas pendientes con la sociedad”, aseguró Etxeberria, que de la misma manera recordó que si estas víctimas “tienen derecho a la memoria”, eso conlleva que la sociedad tiene “el deber de memoria”.

El de ayer por la tarde en Donostia fue un acto para saldar esa “deuda”, aunque fuera “ocho décadas más tarde”, como reconoció el diputado general, Markel Olano. Un acto emocionante e histórico que supuso rescatar del olvido a más de 1.400 fusilados que no habían sido reconocidos así como más víctimas de exilio, confinamiento y represión económica, social y cultural;y fue histórico porque la planta noble del Palacio Foral se quedó pequeña para acoger a casi 300 invitados. Entre ellos, 17 víctimas directas y varias decenas de familiares que, en la oscuridad del vídeo con testimonios que se proyectó durante el homenaje, se emocionaron al recordar su tragedia. Y la de buena parte de la sociedad guipuzcoana de 1936.

“La memoria es también una forma de reparación”, aseguró Etxeberria, que recordó que muchas víctimas “se niegan a recibir compensaciones y premios, pero piden que se haga memoria”. Igualmente, calificó la memoria como “una forma de resistencia de las víctimas a su desaparición”, y modo de profundizar en la democratización de la sociedad: “La memoria no es enemiga, sino aliada de la paz y fundamento de la democracia”.

“Lo que la guerra rompe de alguna manera, lo vuelve a tejer la memoria”, presentó Etxeberria, que llamó a convertir “unas memorias aisladas en unas memorias emblemáticas”, a que pasen “de lo privado e íntimo al espacio público, porque nos importan a todos”.

El forense verbalizó esta afirmación en tres experiencias de víctimas del Holocausto: Primo Levi, “el narrador o la pulsión de contarlo” y hacerlo nada más salir de Auschwitz;Jean Améry, “la escritura tardía y la irredimible condición de víctima” casi 20 años después de salir del mismo campo de exterminio;y Jorge Semprún, a quien describió como “la escritura diferida, el duelo aplazado y la memoria que aflora” 47 años después de ser apresado en Francia y enviado al campo de concentración de Buchenwald.

Etxeberria llamó a abordar una memoria inclusiva “que recoja las diferentes conculcaciones de derechos humanos con una crítica moral básica a los mismos”, “que muestre respeto por el dolor y dignidad de las víctimas causada por distintos perpetradores con los que no se ha sentido cercanía política”, “que afronte las ambivalencias o diferentes cuestionamientos o efectos negativos que genera una memoria incluyente sin utilizarlos contra los otros”, que reconozca los límites que pueda tener, pero se focalice en su contribución a la restauración de los lazos de convivencia, y “que asiente en una base común de respeto por los derechos humanos más allá de las diferencias políticas”.

Como ejemplo de ello, puso a los médicos Iñaki Barriola y José Arteche, “ambos protagonistas de aquella guerra. Barriola perdió la guerra y Arteche la ganó. Y a pesar de toda la tragedia, ambos se respetaron antes, durante y después de la guerra”.

No fueron los únicos testimonios que Etxeberria aportó, ya que durante su laudatio leyó las pocas líneas que pudieron escribir Secundino Antón -a su mujer- y Pedro Basurto -a su madre- antes de ser fusilados en aquellos meses cruentos.

Una guerra y una represión posterior que dejó una honda huella en “madres, viudas, hijas, siempre más invisibles, que lograron salir adelante en condiciones tan difíciles y que sostuvieron con coherencia los valores en los que hoy nos reconocemos. Mujeres que quizás por miedo nunca pudieron decir en alto ¡qué injusticia!”. Con un aplauso para ellas cerró Etxeberria la laudatio que dejó paso a un vídeo con testimonios de la guerra y la represión posterior que, al no haber una entrega física de la Medalla, fue el momento de la tarde.


Emoción Una proyección que arrancó con la cita del general Emilio Mola poco antes del golpe de Estado: “Hay que sembrar el terror… hay que dejar la sensación de dominio eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todos los que no piensen como nosotros”. Un vídeo que recabó el testimonio de cerca de 20 víctimas guipuzcoanas. “Cuando decían que los habían mandado a La Rioja a vendimiar, se acabó. Los habían fusilado”. “Una madre que llamó a su hija por su nombre en euskera, Edurne. La detuvieron y la metieron en la cárcel, de la que salió tras pagar 27 pesetas”. “Con tres años eres capaz de identificar la cara de miedo de tu madre”. “Empezó la guerra y empezaron a meter a la gente en la cárcel. Los detalles de la guerra son tristes, muy tristes”.

El final del vídeo, con las imágenes de una gran ola que avanza hacia la costa, se fundió con la música de un acordeón que, en la penumbra, varió en directo sobre dos temas significados: Itsasoa laino dago y Ara nun diran.

Algunas de las 17 víctimas directas que se encontraban en las dos primeras filas tenían la mirada perdida. Con los ojos como platos. Volviendo a ver el horror. Otras, se secaban las lágrimas. Otros invitados también repetían el gesto en el que fue el instante de un acto que, como tal, no tuvo una entrega física de la Medalla de Oro.

El acto, que había arrancado pasadas las 18.00 horas de una desapacible tarde con una ezpata-dantza y un arco de espadas por los ausentes, lo cerró el diputado general con un alegato a la memoria: “Se dice que los actos de reparación sirven para restituir la dignidad a quienes perdieron la guerra. No es verdad. Aquellas personas no perdieron nunca su dignidad;sin embargo, nosotros sí la perderíamos si no nos comprometiéramos a mantener viva su memoria”.

Olano repasó en su intervención los sufrimientos que infligió el bando vencedor: juicios sumarísimos, exilio, hambre, los asesinados en los campos nazis, la represión social, las purgas, la persecución económica, la cultural... “En nuestras manos está que se conozca la verdad, que se conozca la historia en su integridad. La de los perdedores, la de las mujeres, personas represaliadas, exiliadas y silenciadas;en definitiva, la historia de todo un pueblo”.

Más de 80 años después de que el bando sublevado tomara Tolosa primero, sitiara Irun y terminara por hacerse con el control de casi todo el territorio entre julio y octubre del 36, Olano recordó al lehendakari José Antonio Agirre. El aguante del frente de Intxorta, en Elgeta, permitió la constitución de ese primer Gobierno Vasco en Gernika.

Como lehendakari en el exilio y en pleno juicio a los jerarcas nazis, Agirre envió desde Venezuela una carta al tribunal de Núremberg en la que reclamó el derecho a la justicia y la reparación. Tras leer parte de la carta, Olano resumió: “El lehendakari Agirre pedía una reparación moral para el País Vasco. Yo también. Por este acto, aunque sea ocho décadas más tarde, reciban ustedes y sus familias todo el reconocimiento y el agradecimiento de esta institución;que espero que lo sientan así de todo corazón”.

“Verdad, justicia y reparación para todas aquellas personas, víctimas inocentes de la guerra y del franquismo, que son homenajeadas hoy”, aseveró Olano, que tras subrayar en especial el sufrimiento tanto de las mujeres como de colectivos minoritarios, se comprometió a mantener viva la memoria de quienes hasta ayer no habían sido reconocidos.

Más de 80 años después, Gipuzkoa reconoció ayer a las víctimas del golpe de Estado de 1936 con una Medalla de Oro que antes, cada uno por sus méritos, han recibido personalidades como Nestor Basterretxea, Benito Lertxundi, Ramón Saizarbitoria o Juan Antonio Urbeltz, según quiso recordar Paco Etxeberria.

Una distinción que, como escribió Secundino Antón a su futura viuda, fue descubierta en la balaustrada de hierro de la escalinata principal del Palacio Foral para “respetar su memoria” y la de miles de víctimas guipuzcoanas más en una tarde en la que la emoción volvió a florecer, por última vez, en la oscuridad.

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