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Tribuna abierta

El boquisuelto Varguitas se lava las manos

Por José Félix Azurmendi - Jueves, 9 de Noviembre de 2017 - Actualizado a las 06:11h

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El premio Nobel Mario Vargas Llosa (i) interviene al final de la manifestación.

El premio Nobel Mario Vargas Llosa (i) interviene al final de la manifestación. (EFE)

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su biografía político-amorosa es muy adecuada para seguir fabulando y escribiendo, pero proponerse como ejemplo de cordura, que es lo que hizo recientemente en su soflama de Barcelona, solo puede aceptarse como humorada. A Vargas Llosa le preguntaron en Apostrophes -aquel excelente programa de libros de la televisión francesa dirigido por Bernard Pivot- qué había sucedido para que perdiera las elecciones presidenciales de Perú cuando todo le anunciaba ganador, y respondió, con una medio sonrisa, que tal vez fuese porque se le quería dedicado en cuerpo y alma a la literatura. Es lo que, al parecer, hacía hasta que se percató de cómo agradecían los poderosos algunos de sus juicios y cruzadas extraliterarias; hasta que descubrió -él que había clamado por la patria o la muerte, él que había hecho suyo el sartriano llamado al compromiso de los intelectuales- que la peor de todas las pasiones, la religión laica que ha provocado más sangre y cadáveres, es la del nacionalismo.

En efecto, nadie pensó que una personalidad con la que la intelectualidad, las buenas gentes y la opinión publicada se identificaban tanto no fuera a vencer a Fujimori, un desconocido e insignificante descendiente de japoneses con el que difícilmente podía identificarse el indígena, el cholo, las clases populares, y menos las otras. Tal fue la sorpresa que pronto se hicieron estudios e investigaciones para dar con las causas de la derrota. La más trabajada vino de un profesor colombiano que, a pesar de que reconocía sentir admiración por el escritor, puso al descubierto impactantes conclusiones sobre el carácter del candidato perdedor: es y se le vio en campaña, altivo; no tiene tacto, es incapaz de hablar como la gente normal; es boquisuelto, ostentoso, narcisista, acartonado, distante; se le ha percibido desdeñoso, irritable, soberbio, inestable. Enrique Ghersi, el autor de la investigación, publicó una anécdota demoledora: le pillaron lavándose las manos después de saludar a los mugrientos. El propio Vargas Llosa reconoció posteriormente que se bañaba en árnica después de untarse con la plebe. Así que elegirlo como ejemplo de sensatez y cordura, como se ha hecho recientemente, está muy lejos de ser razonable. Y contraer un primer matrimonio a los 19 años con su tía y otro luego con una prima, y deshacerlo a los 80 para emparejarse con la reina del papel couché puede resultar literariamente muy rico, pero sensato, muy sensato, no es.

Mario Vargas Llosa escribió -no hace tantos días, aunque lo parezca, tal es la velocidad que han tomado los acontecimientos en Catalunya-, probablemente desde Filipinas porque decía hacerlo desde las antípodas, una colaboración para el diario El País bajo el título de La hora cero. Dijo de entrada conocer sobradamente los altos niveles de testarudez e irrealidad que conlleva todo nacionalismo, con el victimismo como su ingrediente esencial. Escribió que en Cataluña, que fue de las regiones más cultas y cosmopolitas de España, había prendido la anticuada, provinciana y aberrante ideología del nacionalismo, al punto de que estuviera dispuesta a ser expulsada de la Europa concebida precisamente como ciudadela contra los nacionalismos que han bañado de sangre y cadáveres la historia. Defendió que, contra lo que dicen los nacionalistas (catalanes), España no les roba y, por el contrario, desde la muerte de Franco, Cataluña ha obtenido progresivamente la mayor atribución de competencias económicas, culturales y políticas de toda su historia. Escribió que nada puede estar más reñido con el provincianismo racista y anacrónico del nacionalismo que la gran tradición cultural bilingüe de esa región.

Mario Vargas Llosa fue feliz y documentado en la Barcelona franquista que le lanzó al estrellato literario y editorial al mismo tiempo que a Gabriel García Márquez, quien había sido antes feliz e indocumentado en Caracas. En esa Barcelona y ese tiempo se gestó el enfrentamiento de la pareja, que acabó con el puñetazo del andino que noqueó al costeño en el México lindo y querido que los acogía a ambos. Me lo contó Paco Igartua, a quien debo recuerdo atendiendo a la petición escrita que me dejó en La Tina, un libro de relatos breves legado en edad crepuscular. Fue él, en su segundo exilio, el que retiró a su amigo Vargas Llosa del escenario de la agresión de la que la histórica foto de un ojo ennegrecido dejó constancia, mientras otras gentes atendían al mareado Gabo. En su versión, matizada luego pero no desmentida por otro vascoamericano, José Vicente Katarain, editor que fue del primer García Márquez, estaban ambos de fiesta y con tragos, y recordando aquella Barcelona de su juventud y sus correrías. Le recordó una el colombiano que no gustó al peruano porque tenía que ver con una de sus fugas amorosas y con el consuelo que en su ausencia habría otorgado a la abandonada esposa el hombre que de soledades y atenciones sabía todo. Lo último que oyó Paco antes del certero puñetazo de un hombre en buena forma y entrenado fue algo así como quién te va a desear a ti con esa pinta. Mario era buen mozo y Gabo feo, pero encantador.

Francisco Igartua, traído por Juanito Celaya, que supo de su ancestro oñatiarra y su prestigio profesional -espero que se me disculpe la digresión-, se instaló en Donostía para ser el director de aquella Garaia que concibieron junto a Txillardegi y que luego dirigió Eugenio Ibarzabal. Igartua se libró de tal insensato propósito por consejo de su mujer, una sabia y práctica Clemen Bryce Echenique -sí, hermana del escritor-, que le previno de que si aceptaba ese trabajo terminaría con un tiro en la cabeza y no se sabría si se lo habían pegado los de la ETA o los fachas. Igartua había fundado en Lima el semanario Oiga, lo que le valió cierre de la publicación y prisión; fundó luego Caretas, lo que le condujo al primer exilio, más tarde repetido una vez refundado Oiga, en 1974. Perseguido por el gobierno de Velasco Alvarado, se asiló en la embajada de México, a la que entró en el maletero del auto que conducía precisamente Mario Vargas Llosa. Hijo de vasco y catalana, su figura se hizo sentir en un par de Congresos Mundiales de las Colectividades Vascas e hizo del Centro Vasco de Lima lugar de encuentros y comidas con prestigiosos intelectuales peruanos, nunca ya Vargas Llosa entre ellos. La conductora de la casa familiar y del automóvil era Clemen, pero el cocinero era Paco. Con él visité uno de los mercados de Lima, que es donde se sienten mejor los olores, colores y sabores de un país. Le conocían, le saludaban, le reclamaban allí, sobre todo las mujeres: tenía buena planta detrás de aquel bigote ya cano y sus gafas de concha nacarada, y era muy amable y atento con todos. Nos dijo el obispo vasco del Callao, monseñor Irizar, que había afrontado la muerte en 2004 con enorme serenidad, en paz consigo y con todo el mundo. No puedo menos que agradecer a la insensatez de Vargas Llosa el haberme regalado este pretexto para recordarle y cumplir así con el ruego de su dedicatoria en La Tina.Periodista

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