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Sun-tzu contra el islamismo radical

Por Patxi Lázaro - Lunes, 9 de Octubre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

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el plan del lehendakari Urkullu para luchar contra el islamismo radical por la vía de la prevención, el control de elementos extremistas, las políticas integradoras y una labor de inteligencia policial sostenida es la conclusión lógica de un proceso que lleva meses madurando a través de diversos grupos de trabajo. Y podríamos decir que llega en el momento más oportuno, habida cuenta de los notables cambios producidos tras los atentados de agosto en Barcelona: las redes sociales bullen de islamofobia y cólera popular. La opinión pública contempla a unas fuerzas del orden y a una clase política respondiendo de manera ineficaz, caótica y meramente reactiva ante acontecimientos que confunden a los analistas y desbordan la capacidad de las instituciones.

El estado de derecho social es lo bastante fuerte para aguantar la presión, pero conviene ir haciéndose a la idea de un futuro cargado de problemas, que deberán ser abordados con eficacia. La integración ordenada de colectivos de inmigrantes musulmanes, que en algunos países como Francia o Gran Bretaña ascienden ya a un 8 o un 10% de la población, supone el mayor desafío político, económico y social que ha conocido Europa desde 1945. En aquel tiempo, las exigencias de la reconstrucción obligaron a poner en marcha ambiciosos proyectos de reforma: reconversiones industriales y energéticas, planes de estabilización financiera, creación de instituciones transfronterizas y establecimiento de estructuras capaces de asegurar prosperidad económica y cohesión social. La necesidad hizo de aquel convulso periodo una era de creatividad política sin precedentes.

La magnitud de las cifras y los efectos de la globalización hacen que los retos de nuestro tiempo sean comparables a los de entonces. Para acometer el proceso de integración social de una corriente tan caudalosa de inmigrantes y refugiados no son suficientes las herramientas de gestión del estado del bienestar. Elaboración de leyes, asignación de ayudas sociales, campañas de concienciación... Todo ello resultaba eficaz en el contexto de las antiguas economías nacionales. Los problemas de hoy son de tal envergadura y complejidad que no solo desbordan las ideologías políticas, sino todos los paradigmas de gestión elaborados en las facultades de Economía y Ciencias Políticas.

Una de las principales limitaciones del sistema actual, que costará superar, consiste en la ineficacia intrínseca de los procedimientos de gestión que tratan al ciudadano como objeto pasivo de las políticas públicas, que en el fondo no son más que una variante más del despotismo ilustrado del siglo XVIII: todo para el pueblo pero con el pueblo mirando detrás de la valla de protección. La idea es que el ciudadano se limite a adaptar su comportamiento a marcos legales, reglamentos y otras estructuras tecnocráticas de diseño. Sin comentarios. Nos engañamos al pensar que el resultado de cualquier proceso de reforma -inmigratoria, educativa, de pensiones o de modelo energético- depende del acierto que un legislador tenga a la hora de elaborar el corpus normativo. Los problemas solo se solucionan cuando aprovechamos la energía de los colectivos afectados y por extensión de la sociedad civil. Los sistemas de incentivos tienen tanta importancia como las estructuras de gestión.

En otras palabras, hay que aprovechar el impulso de las mismas personas que van a ser objeto de las políticas de reacomodación. Si nos limitamos a un buenismo multicultural en el mejor estilo de la socialdemocracia de posguerra, lo único que tendremos son barrios marginales y oratorios extremistas como los de Londres, París o Barcelona. Lo que hay que conseguir es que los propios musulmanes se comprometan con un proceso de integración basado en los principios y valores democráticos de las sociedades occidentales. Que los asuman y estén dispuestos a defenderlos ante la sinrazón de corrientes islamistas radicales, como el salafismo o el wahabismo, o de movimientos como Justicia y Caridad, que llevan a cabo su actividad subversiva desde postulados aparentemente pacifistas y conciliadores. El político que lo consiga tiene resuelto el futuro. Y también el de sus votantes.

Otro de los defectos de las actuales políticas de integración reside en la dinámica reactiva de nuestras instituciones. Generalmente solo se interviene cuando el mal ya se ha producido. Si no hay titulares, no hay acción. Esto no es simple desidia: tiene que ver con una forma analítica de ver el mundo que se refleja en todos los ámbitos de nuestra cultura, incluyendo el pensamiento bélico. Para Carl von Clausewitz, la guerra consistía en un esfuerzo permanente -y a menudo inútil- para adaptarse a las circunstancias caóticas del campo de batalla. Por el contrario, para el teórico chino Sun-Tzu la guerra tiene un tiempo preparatorio que va más allá del momento concreto. Una de las principales enseñanzas de su pensamiento insiste en que el mejor uso que se puede hacer de una espada es no tener que llegar a desenfundarla. La actuación del estratega debe estar concebida de tal forma que los enemigos del reino ni siquiera lleguen a tener el deseo ni la posibilidad de plantear su desafío. Si la disuasión tiene éxito, entonces la victoria es segura y toda la incertidumbre queda eliminada de nuestras ecuaciones políticas.

No es de extrañar que Sun-Tzu, quien vivió en el siglo VI antes de Cristo, se haya convertido en pensador de cabecera de líderes políticos y empresariales de nuestro tiempo. El enfoque del filosófico guerrero chino es más acertado que el del rígido teórico prusiano que solo mandó tropas en una batalla y además la perdió. Traducido a términos operativos: volvamos a la agenda del lehendakari Urkullu: Prevención, inteligencia policial, programas eficaces de integración. Y todo ello con tiempo, planificando a décadas vista. No se trata de correr pruebas de 100 metros vallas, sino de hacer un maratón olímpico.

Y algo importante: hay que seguir la pista al dinero y neutralizar los canales de financiación de los cuales se alimentan los grupos terroristas que actúan en nombre del islam. Porque esas cantidades que se gastan en la adquisición de armas de fuego, cuchillos, furgonetas y bombonas de butano deben venir de alguna parte. Los atentados requieren esfuerzo logístico. En el otro extremo de esta cadena de actos delictivos contra el Estado de derecho y la humanidad, hallaremos cosas perfectamente visibles a la luz del día: tapaderas, redes de manteo y algún que otro jeque árabe ambicioso y con dinero en abundancia.

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