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Jaume López | Doctor en Ciencia Política y de la Administración

“La Comisión de Venecia es explícita: no hay umbral para legitimar la victoria del sí”

Con el 1-O como telón de fondo, Jaume López reflexiona sobre el papel de los referéndums en las democracias actuales y el futuro inmediato de Catalunya

Jurdan Arretxe - Jueves, 14 de Septiembre de 2017 - Actualizado a las 06:11h

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Jaume López, doctor en ciencia política y de la administración.

Jaume López, doctor en ciencia política y de la administración. (Foto: Gorka Estrada)

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donostia - “Se da la paradoja de utilizar vías pacíficas pero que haya cuestiones democráticas, como ahora en Catalunya, que no se pueden abordar. Eso es un agujero negro”. Jaume López es doctor en Ciencia Política y de la Administración por la Universitat Pompeu Fabra y tras publicar Referéndums: una inmersión rápida , participó anteayer en una charla de Gure Esku Dago y ayer en un curso de verano de la UPV/EHU. En ambas insistió en vincular la demanda del derecho a decidir “al progreso del principio democrático”. No es tanto, prosigue, una cuestión desde lo nacional, sino de “comunidades que dan pasos hacia su empoderamiento”. No solo en materia de proyectos urbanísticos o sociales, también decidir sus propias fronteras”. Así ocurre en Suiza, explica, donde el municipio de Moutier cambiará de cantón tras “una cascada de referéndums” ratificada con otro del conjunto del país helvético.

Suiza empezó a hacer referéndums para solventar bloqueos, pero en Catalunya el referéndum bloquea. ¿Por qué?

-Aunque siempre se repite que los nacionalistas son los periféricos, España está construida sobre una perspectiva nacional uniformista. Incluso en el imaginario colectivo de la gente de la calle resulta complicado concebir España desde un punto de vista plurinacional, lo que es más grave. Suiza, también a nivel de calle, se ha construido desde una visión natural de que hay cantones y comunidades. No sorprende esa arquitectura federal ni la arquitectura del referéndum que surge como consecuencia. Aún hoy se habla del “Gobierno de la nación” en cualquier discurso del Congreso español. Esa expresión sería inaceptable en muchos países.

En Catalunya, ¿cuál es la situación?

-Se inicia un capítulo de aceleración en el que el conflicto pasa de ser jurídico a ser de poderes y soberanías. No por eso hay que pensar que no estuviese previsto. La hoja de ruta estaba definida y lo más sorprendente no es lo que pasa ahora, sino que durante años se dijera que era un suflé y hace una semana dijeran que va en serio. Ahora las previsiones son más complejas, pero veremos la capacidad del Estado y, enfrente, la capacidad de la gente, y también del Parlament y la Generalitat. Vamos a asistir con total transparencia, porque a veces con las leyes no se ve con suficiente claridad, a una batalla de soberanías. ¿Quién tiene la última palabra, el Parlamento catalán o el español?

“Algunas palabras de este debate son calcadas a debates de la Segunda República o de 1918”

¿Por qué se llega a esta situación?

-La metáfora del suflé sigue siendo válida. En los últimos años no se nos ha negado solo el carácter de pueblo, lo que tiene cierta tradición, sino también el problema. Se ha negado que hubiese una demanda soberanista y la narrativa en el contexto español ha sido que era una estrategia cortoplacista de una elite que intentaba salvar su partido. Si creas una narrativa falsa, no tienes recetas adecuadas para resolver un problema. No ha habido ni un solo paso por parte del Gobierno español para responder a las demandas de la calle desde el año 2006.

¿El problema es el referéndum?

-No, es solo la expresión de la necesidad de la ciudadanía catalana de que su voluntad se tenga en cuenta como no se tuvo en cuenta con el otro referéndum, el del Estatut. La ciudadanía aprobó un texto, su ley fundamental, después fue modificado en aspectos sustanciales y no hubo otro referéndum. Además, hay una perspectiva histórica: las reivindicaciones soberanistas -e incluyo a federalistas e independentistas- no nacen en 2006. Que ignores algo no quiere decir que no exista: algunas palabras de este debate son calcadas a debates de la Segunda República o la Mancomunidad de 1918.

¿Cómo se va a resolver esa “batalla de soberanías?

-Tenemos ejemplos raíces de países más avanzados que España desde el punto de vista democrático que marcan la dirección, no es demasiado complicado buscar respuestas. Tenemos el ejemplo británico con Escocia y el de Canadá con Québec. En ningún caso se planteó una independencia unilateral. Primero hubo que conocer la voluntad de la ciudadanía, contar para ver qué apoyo tiene el proyecto. Con un resultado claro, trasladar esa voluntad a un escenario político que pase por la negociación. Catalunya y Puigdemont han dicho que no es negociable el referéndum, pero sí este referéndum. Si el Gobierno español ofreciese la posibilidad de negociar un referéndum en otra fecha y condiciones, estaríamos en otra situación. La fecha es poner un hito para no retrasar las cosas. La voluntad negociadora de Catalunya es constante y permanente.

“Catalunya y Puigdemont han dicho que no es negociable el referéndum, pero sí este referéndum del 1-O”

¿Ve factible ese cambio de actitud?

-Si no cambiamos el contexto, no; y ahí creo que el 1-O es una de las piezas y no la única, porque estaría bien que otros países de la UE dijeran algo pública o privadamente. Si no cambiamos el marco actual de algún modo, y no veo un cambio de gobierno a corto plazo, no veo posibilidad de solución. El referéndum es uno de los nuevos ingredientes que hay que poner en la fórmula de solución, y es fundamental además, aunque no como un fin en sí mismo.

¿Una hipotética reacción de Madrid con la inhabilitación de centenares de alcaldes puede provocar una reacción de la UE?

-No de los dirigentes políticos, que han de ser más cautos porque solo existe el Estado español como interlocutor oficial, pero tenemos muestras de líderes de opinión mundial y editoriales como los de Financial Times o Le Monde que piden lo que para nosotros es obvio: un proceso de negociación para encauzar esas demandas. Esto no implica ningún resultado preconcebido. Negociar no es negociar la independencia en estos momentos, sino dar cauce a una voluntad recortada con el Estatut.

Con los planteamientos de la Comisión de Venecia de fondo, ¿el 1-O valdrá sea cual sea el dato de participación y el del resultado?

-¿Valer para quién? Para el Gobierno de España no valdrá, pase lo que pase. Desde la perspectiva catalana se están haciendo las cosas bien y de acuerdo con la Comisión de Venecia, que da una serie de recomendaciones para garantizar que la voluntad de la ciudadanía es expresada libremente y no manipulada. Solo hay una condición que -hay quien dirá que es fundamental- no se va a cumplir: que se haga de acuerdo con la Constitución española. Todas las demás que menciona la Comisión para ese voto libre y no manipulado se cumplirán una tras otra. Si hablamos de mínimos de participación o aprobación, la Comisión es explícita: no hay umbral para legitimar la victoria del sí. Hemos hablado Canadá: Québec no es independiente por que el no ganó con el 50,4% de los votos. Nadie lo pone en duda, pese a los pocos votos. El Brexit salió por dos puntos.

“Hay una asociación muy fuerte entre la voluntad social y los representantes políticos”

¿Cuál es la principal fortaleza del ‘procés’?

-La fortaleza es la comunión entre representantes y ciudadanía. En Catalunya hay sensibilidades diversas, pero aquellos diputados que se presentaron con un programa independentista lo están cumpliendo. Hay una asociación muy fuerte entre la voluntad social y los representantes. No hay quiebro entre el Parlament y la calle, lo que la gente estará dispuesta a responder ante cualquier inhabilitación y viceversa.

¿Y el riesgo mayor?

-Que se rompa esa interrelación. Un proceso se suele atacar por el eslabón más débil, que aquí sería dejar solos a algunos cargos políticos, que no hubiera apoyos a quienes han dado pasos adelante… Es lo que se está intentando: individualizar el problema, por ejemplo en los alcaldes. Hay tres quintas partes de los casi 950 alcaldes que han dicho que sí. Van en bloque, y se intentará romper esta unidad de acción entre representantes y ciudadanía, y también entre la ciudadanía.

Si gana el sí el 1-O y con un Gobierno español que no negocia, ¿qué escenario se abre?

-El de dos legitimidades, ¿no? Luego habría que ver, como siempre ha pasado, quién controla el territorio, qué legitimidad y poder se acabarán imponiendo. En estos momentos es muy importante que no solo los independenristas, sino los favorables del derecho a decidir, que es entre el 70% y el 80% de la población, evolucionen hacia la idea de que ese derecho solo es realizable si Catalunya es una república. Se debe ampliar el apoyo desde los que van a votar sí hasta los que quieren un referéndum negociado pero lo ven imposible.

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