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Tribuna abierta

Medios de comunicación y democracia

Por Iosu Perales - Martes, 12 de Septiembre de 2017 - Actualizado a las 06:11h

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Prensa.

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Sin prensa libre no hay democracia. Pero también es verdad que una mala prensa puede lesionar gravemente la democracia. Hay pues una responsabilidad en el uso de la libre expresión. Es un hecho que llevamos unos años, en el Estado español, en el que la política hecha espectáculo, con el concurso necesario de algunas televisiones y periódicos sensacionalistas, está echando por tierra la escasa credibilidad ciudadana hacia la política y los políticos. Hay medios que pretenden erigirse en el factor decisivo de la agenda política de los partidos, de los parlamentos y de los gobiernos, tratando incluso de actuar como tribunales, o como legisladores que validan o invalidan leyes. También es verdad que al mismo tiempo, partidos y políticos tratan de convertir a los medios en extensiones y voceros de sus planteamientos. Es un juego de esgrima en el que siempre la paga la que debiera cuidarse como destinataria de la información: la ciudadanía.

Precisamente, la relación entre prensa y partidos tiene dos vertientes destacadas: de un lado los políticos pretenden utilizarla para sus intereses electorales, de poder, o simplemente para fortalecer su posición en el cuadrilátero donde combaten, y del otro, la prensa pretende marcar la agenda política de cada día y de la coyuntura, destacando titulares con los que se desayunan los políticos que de este modo preparan sus ataques mediáticos. Es una pareja de baile que pugna por dominar el paso. En estos días el asunto Catalunya compacta intereses de algunos medios con los partidos contrarios al referéndum, de modo que bailan de común acuerdo.

Pienso que uno de los puntos vulnerables que presenta el periodismo para su credibilidad es que ha ido sustituyendo la información por la opinión de acuerdo con la línea editorial de la empresa, es decir los hechos dejan su lugar a valoraciones sobre los mismos, con intenciones que pueden ser políticas o de otro tipo. Y no es que la prensa en general no deba opinar, faltaría más. Pero si debe distinguir para mayor claridad de sus consumidores lo que es información veraz y objetiva de lo que es opinión. Hoy día, hay periódicos que usan sus grandes titulares para captar adeptos a su ideología mediante la agitación y propaganda. Así, por ejemplo, el 7 de septiembre leo titulares como estos: “Golpe de estado en el parlament”, “Secuestro de la democracia para fracturar España”, “Golpe a la democracia”, “El independentismo vulnera las leyes y conduce a Cataluña hacia el precipicio”, y como estos muchos otros. Podían haber titulado “El parlament aprueba el referéndum por mayoría, con protestas de la minoría” u otros parecidos de descripción de lo ocurrido a modo de información. Una ilustrativa comparación. Este diario titulaba así: “El Parlament da luz verde al referéndum”. En tanto que El Diario Vasco lo hacía de este modo: “Cataluña se asoma al abismo”. El primero informa, el segundo hace un juicio apocalíptico.

Con frecuencia de lo que se trata es de tomar partido exagerando la realidad, distorsionándola, presentándola de una forma unilateral, interesada, con la aspiración de que la ciudadanía pueda ser manipulada. Pero el escenario por excelencia de manipulación son los platós de televisión, donde bastantes periodistas -no todos afortunadamente- actúan como voceros de partidos políticos sin ningún pudor. Esto último ha hecho que la guerra entre partidos políticos se traslade a los medios, en perjuicio de los destinatarios de la prensa que son los ciudadanos y ciudadanas. Este alineamiento hace saltar los cerrojos del código deontológico del periodismo, pues ahora todo vale.

Y es justamente la ciudadanía la que, erigiéndose en masa crítica, debiera ser cada día más severa con la mala prensa, no dejándose intimidar por las cruzadas corporativas. No creo que deba de ser el poder judicial el lugar de dirimir las buenas o malas prácticas de la libertad de prensa, sino que es la ciudadanía la que debe seleccionar y castigar si procede. Para decirlo sin complejos: la democratización de la comunicación es el principio de la democratización de las instituciones y de la sociedad. Esta aseveración nos invita a pensar que en la diversidad e independencia editorial se encuentra la mejor capacidad de la prensa de ayudar a una buena gobernanza.

En este contexto, la protección de fuentes está bajo sospecha. Me explico. Recientemente, pudimos comprobar por conversaciones grabadas cómo el que fue ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, ponía en marcha un dispositivo que implicaba a un medio de comunicación de alcance estatal para difundir calumnias sobre políticos catalanes. Ese mismo medio ya fabricó mentiras contra Xavier Trias, atribuyéndole una cuenta falsa en Suiza que el mismo banco desmintió. Es el caso que la fabricación de noticias y acusaciones falsas parece bastante recurrente en algunos medios y en el citado Ministerio. Por otra parte, ya empieza a ser un clásico las acusaciones a Eduardo Inda desde la redes sociales, de ser un fabricante de mentiras e infamias con auxilio de las cloacas del estado. Estas críticas son razonables en la medida en que ya ha sido condenado por ello. Pues bien, la cobertura profesional de protección de fuentes parece que en ocasiones lo que realmente protege no son prácticas profesionales decentes.

Si aceptamos que debe haber un equilibrio entre la libertad de prensa y el ordenamiento de la convivencia democrática, entre libre expresión y derecho ciudadano a una información veraz, podremos aceptar que los medios han de cumplir con una responsabilidad social y democrática. Son ellos mismos los que deben cuidar que la información no esté contaminada sino que refleje los hechos. Que haya además espacios de opinión es esencial, pero ha de hacerse sin pretender disfrazarlos como información objetiva y veraz. Lo contrario es como publicar encuestas falsas a sabiendas.

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