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El ‘primero’ de Bateragune

Diez Usabiaga saldrá el jueves de la prisión tras seis años y medio de prisión. Varios recibimientos y unas semanas de descanso esperan desde entonces a un hombre clave en la historia de los últimos 30 años

Un reportaje de Jurdan Arretxe - Domingo, 13 de Agosto de 2017 - Actualizado a las 06:11h

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El exsecretario general de LAB, Rafa Diez Usabiaga, cumplirá el jueves seis años y medio de prisión.

El exsecretario general de LAB, Rafa Diez Usabiaga, cumplirá el jueves seis años y medio de prisión. (Foto: Efe)

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Cuatro días antes de celebrar 61 años, Rafa Diez Usabiaga (Urnieta, 1956) saldrá de la prisión cántabra de El Dueso tras cumplir los seis años y medio de prisión a los que fue condenado por intentar reconstruir Batasuna. Casi dos años después de que Miren Zabaleta, Sonia Jacinto y Arkaitz Rodriguez salieran de la cárcel, y año y medio después de que Arnaldo Otegi hiciera lo propio, el jueves sale de prisión el último de Bateragune.

El 13 de octubre se cumplen ocho años desde que la Policía Nacional se presentó en la sede donostiarra de LAB por orden del entonces juez de la Audiencia Nacional y hoy impulsor del partido Actúa, Baltasar Garzón. Un grupo de personas al que el tribunal de la Audiencia Nacional condenó como integrantes de ETA -dos de ellos en grado dirigente- se había dado cita en las oficinas centrales de un sindicato que era el único islote de la izquierda abertzale en la legalidad.

No era, sin embargo, la única diferencia de LAB respecto al resto de estructuras de la izquierda aber-tzale. Trabajador de Michelin en Lasarte-Oria, Diez Usabiaga se afilió a la central fundada en 1974 muy poco después y tras ser coordinador general desde 1992, en el congreso sindical de 1996 de Leioa alcanzó el puesto más importante de una dirección de la que ya formaba parte en los 80.

En estos años dos ejes marcan la actuación de Diez Usabiaga: la apuesta por la unión de las fuerzas abertzales -donde destaca la unidad de acción sindical con ELA impulsada desde 1994, necesaria para entender mejor el Pacto de Lizarra- y la apertura de LAB a la sociedad.

Frente a una corriente social y política con carácter endogámico, como la Alternativa KAS que duró 20 años y a la que pertenecía LAB, Diez Usabiaga perfiló un sindicato que, habiendo aceptado la figura del afiliado -lo que Sortu, como gran novedad, no aceptaría hasta 2011-, buscaba abrirse a la sociedad. Su tesis sostenía que más que por la toma de la calle, el cambio social provendría desde el ámbito laboral.

En esta lógica se entiende la participación de LAB en cuestiones también propiamente políticas -una discusión que enfrenta ahora a ELA y el PNV- y el impulso de una unidad sindical que se prolongó siete años. Hasta que ETA rompió la tregua de Lizarra-Garazi.

De nuevo, una tregua. De nuevo, ETA. Reconocido dentro de la izquierda abertzale como una de sus mentes con mayor visión estratégica, el exdiputado en Madrid y exparlamentario en Gasteiz ha participado desde Argel en todos los procesos de negociación entre la organización violenta y el Gobierno español. En todos menos el de Loiola, el último. El que colmó el vaso.

Después de que Batasuna, PNV y PSE -y La Moncloa, de manera subsidiaria- alcanzaran un principio de acuerdo en la Casa Arrupe de Loiola, la izquierda abertzale llevó a la siguiente reunión, para la que los jesuitas habían puesto a enfriar el champán, nuevos cambios sobre lo acordado. El proceso había descarrilado a comienzos de noviembre de 2006, aunque hubiera un último intento para comprobarlo en Suiza seis meses después. Esa cita a cuyo regreso en tren, como recoge Imanol Murua en Ekarri armak, Rufi Etxeberria diagnosticó a su compañero de viaje, Arnaldo Otegi, que “este modelo y estrategia de negociación está acabado”.

No hay proceso

El 30 de diciembre de 2006, en plena tregua de una ETA que reapareció en el Gudari Eguna de Aritxulegi, la organización explotó un coche bomba en el aparcamiento de la T-4 de Barajas, llevándose por delante a dos ciudadanos ecuatorianos que dormían en su vehículo. Fue un día después de que el entonces presidente español, José Luis Rodríguez Zapatero, invitara al optimismo pese a que conocía la trastienda rota de Loiola: “Hoy estamos mejor que hace un año. Pero dentro de un año estaremos aún mejor”.

El exportavoz de Batasuna concedió que existía “confusión” en la izquierda abertzale por un atentado que ETA había cometido durante una tregua. Desde el plano táctico, Otegi asumió que este tipo de acciones restaban “credibilidad” al alto el fuego.

Un día después de estas declaraciones, Diez Usabiaga habló claro. Ya lo había hecho en el que fue el primer desmarque de una organización de la izquierda abertzale respecto a la kale borroka en noviembre de 2006. Ocurrió tras el ataque con cócteles molotov a dos policías municipales en Bilbao cuando el sindicato que en aquel momento dirigía Diez Usabiaga mostró su “preocupación” y “desacuerdo”.

ETA voló la T-4 mes y medio después, y el secretario general de LAB, en la misma línea que llevaba tiempo tratando de conducir desde una discreción que le ha caracterizado incluso en las contadas intervenciones desde la cárcel, aclaró: “Con bombas no hay proceso”.

No existió como hasta entonces se entendía. Sí, en cambio, en parte de la izquierda abertzale, donde hubo quien asumió -incluso sin entrar en reflexiones éticas- que la estrategia político-violenta estaba agotada. Dos semanas después de volver de Suiza, Arnaldo Otegi fue encarcelado en junio de 2007 y en octubre la Guardia Civil desarrolló la redada de Segura.

Rafa Diez Usabiaga seguía al frente del islote legal de LAB. Otegi salió de la prisión de Martutene en agosto de 2008 y algunos de los exdirigentes de Batasuna que iban quedando en libertad empezaron a trabajar en lo que Otegi calificó en el juicio de Bateragune como el “giro del transatlántico”.

Uno de los primeros movimientos de timón que tuvo repercusión pública se dio en las elecciones europeas de 2009. Cinco meses antes de que el tándem Diez Usabiaga-Otegi fuera encarcelado en octubre por Bateragune, Batasuna apostó por apoyar la candidatura de Iniciativa Internacionalista. Antes, en cambio, había movimientos de fondo.

El respaldo en mayo a la plancha que encabezó Alfonso Sastre -ilegalizada por el Supremo, habilitada por el Constitucional- acabó de abrir, como entre otros revelaría el auto de encarcelamiento que dictó Garzón contra los arrestados de Bateragune, una brecha entre las dos vertientes de la estrategia político-violenta.

ETA recordó a los arrestados que la primera opción era aliarse con EA y, en el caso de no ser posible, configurar listas populares o incluso la abstención. La formación liderada por Unai Ziarreta, con la que Batasuna conversaba para las autonómicas de marzo, fijó una condición para esa alianza que ya estaba trabajada: una nueva tregua. En diciembre de 2008, ETA asesinó a Inaxio Uria. El entendimiento fue imposible para las autonómicas que llevaron a Patxi López a Ajuria Enea. También después.

El grupo en el que se encontraban Diez Usabiaga y Otegi optó en mayo por Iniciativa Internacionalista, y ETA preguntó si había “alguien desarrollando la línea política fuera de la dirección”. ETA consideró “difícil ver el recorrido” que desembocaba en el apoyo a Iniciativa Internacionalista “si no es que la legalidad nos ciega y que aparecemos dispuestos a separarnos del recorrido de diez años de estrategia nacional en pago a ello”.

El regreso a la legalidad era una necesidad para parte de las estructuras de la izquierda abertzale. La ponencia Argitzen -que se terminó por imponer a Mugarri, de ETA- se desarrolló en Zutik Euskal Herria! y el rumbo estaba marcado. Incluso con los cinco de Bateragune en la cárcel.

Un periodo que, en el caso de Otegi y Diez Usabiaga, al principio se iba a prolongar durante diez años. El tribunal que presidió la jueza Ángela Murillo entendió que, además de participar en la reconstrucción de Batasuna “siguiendo instrucciones de ETA”, ambos eran dirigentes de la organización armada, cargo que el Supremo retiró después. La condena se redujo hasta los seis años y medio.


Seis años después...

El actual coordinador de EH Bildu los cumplió el 1 de marzo de 2016, mientras que Diez lo hará el jueves después de que el 26 de abril de 2010 saliera de prisión durante 17 meses previo pago de 30.000 euros de fianza para cuidar de su madre. Lo hizo hasta que la Fiscalía consideró que existía “un gran riesgo de fuga y reiteración delictiva”, y solicitó su encarcelamiento el 19 de septiembre de 2011. Un mes antes de que ETA, sin un proceso con el Gobierno español, anunciara el final de su actividad violenta.

Han pasado seis años en los que Diez Usabiaga, que suma el inglés a sus conocimientos lingüísticos, ha pretendido ser un preso más, sin acogerse a los beneficios penitenciarios sobre los que acaba de debatir el EPPK. Seis años en los que la alianza soberanista ha tomado cuerpo en torno a EH Bildu y seis años en los que la relación entre ELA y LAB -que ha superado a CCOO como segundo sindicato- ha vuelto a una clave de mayor entendimiento.

Seis años en los que el apoyo de una treintena de personalidades a Diez Usabiaga evidenció en octubre de 2016 el peso de su figura en la historia reciente: los exlehendakaris Garaikoetxea e Ibarretxe, Xabier Arzalluz, Gemma Zabaleta, Josu Onaindi y los diputados jeltzales en Madrid Joseba Agirretxea e Iñigo Barandiaran cuando las relaciones entre la formación jeltzale y la izquierda abertzale no eran las mejores.

Seis años en los que, camino de la disolución de ETA, la palabra proceso sin ningún adjetivo nada tiene que ver con Euskadi y sí con esa Catalunya que el 1 de octubre está llamada a un referéndum. Será entonces cuando, tras un periodo de aterrizaje, Diez retome la actividad pública.

Seis años tras los que el jueves saldrá de prisión el que, pese a ser el primero en muchos movimientos de la izquierda abertzale, ha quedado como último de Bateragune.

El jueves

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