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¿Post-Vichy vasco?

Por Joxan Rekondo - Martes, 10 de Enero de 2017 - Actualizado a las 06:09h

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Dos personas pegando un cartel de una manifestación contra la violencia.

Dos personas pegando un cartel de una manifestación contra la violencia.

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1.Memoria y deslegitimación. La verdad histórica no tiene una única interpretación que pueda imponerse por su propio peso. Todavía menos podemos esperar que la verdad social surja como resultado de una mera yuxtaposición de relatos históricos rivales. Los relatos confrontan entre sí porque los procesos de convivencia son procesos sociales complejos en los que chocan verdades de significado diverso, medias verdades, engaños y encubrimientos interesados.

Queremos constituir la memoria que hoy necesitamos para afianzar nuestra convivencia democrática con las verdades que deslegitiman los actos de terrorismo y vulneración de la dignidad de las personas que se han originado en nuestro país. Debemos saber que, de tener éxito, esa memoria reflejará una verdad socialmente construida que se habría convertido en dominante, a partir de una determinada lucha de fuerzas en la que preponderarán los partidarios del relato de la convivencia democrática.

La elaboración del relato histórico es, como consecuencia, un escenario de lucha que hoy por hoy está muy concurrido. En ese espacio actuamos la mayoría de los agentes populares e institucionales que defendemos una memoria que incluye una valoración moral de todas las acciones de violencia ilegítima y terrorismo, para que sirva de suelo ético y democrático para el futuro.

Otra cosa será si la relación de patronazgo bajo la que se va a realizar el estudio conlleva alguna directriz o limitación de carácter obligatorio.

Que el punto de partida sea el que se llamó Informe Foronda no tiene nada de extraño ya que tal informe fue redactado por el mismo equipo de investigadores al que se ha encomendado el actual encargo. Por supuesto, cabe esperar que el nuevo proyecto aborde aquellos ámbitos en los que el Informe Foronda no profundizó. Más específicamente, el relativo a la intimidación en la vida cotidiana y las resistencias sociales que simultáneamente y como reacción surgieron en ese mismo ámbito. También sería exigible que la indagación académica no se quede en el examen superficial de los relatos sociales y políticos bajo los que se autojustificarían los que decidieron, tanto desde el campo revolucionario como desde el paraestatal, recurrir a las violencias ilegítimas. Sin que por ello pueda aceptarse un juego de equidistancia o de legitimación recíproca entre las violencias de distinto signo.

Realmente, hay un contencioso histórico (como dicen todos los partidos vascos al firmar el Pacto de Ajuria-Enea) y muchos conflictos políticos, pero la mayoría política vasca siempre ha negado que ETA sea la expresión o representación inevitable de ningún contencioso o conflicto vasco. De ahí que creer que para deslegitimar el terrorismo vasco hay que desnudarla teoría del conflicto político es quedarse con el dedo que señala la luna.

El Instituto Foronda ha puesto en marcha con el patrocinio del Ministerio del Interior el proyecto sobre la ‘Historia y memoria del terrorismo en el País Vasco’, un relato que aportará poco a la deslegitimación de los terrorismos si lo que busca es con

Para deslegitimar a ETA hasta la raíz hay que hacerlo desde su mismo origen en el 68 del pasado siglo. Porque no se pueden analizar los efectos del terrorismo en la sociedad vasca sin abordar las fracturas de carácter ideológico y político que se crearon entre ETA, desde el mismo momento en que decidió que había que matar, y las instituciones legítimas y quienes las sostenían en la clandestinidad. O porque podría ayudarnos a adentrarnos en la perspectiva contrafactual para valorar qué otras opciones se abrieron con el objetivo de activar al antifranquismo o para mostrar hasta dónde hubiera podido llegar, qué hubiera logrado hacer, la comunidad vasca sin el lastre de ETA.

La conceptualización de la organización terrorista como “nacionalismo vasco radical”, que es la preferida por el grupo de Foronda, es uno de los mayores obstáculos para un relato que deslegitime la violencia desde su misma raíz. Lo que se sabe es que fue el maoísmo el que dotó de proyecto y crédito político a la lucha armada de ETA. A partir de ahí, podrá hablarse de un “nacionalismo revolucionario” que se abandona pronto (desde el fin de la dictadura) o de una “izquierda abertzale” que todavía subsiste. Pero, “nacionalismo vasco radical” es un artificio caprichoso y totalmente equívoco.

La verdad es que no se puede pretender siquiera aproximarse a la realidad histórica de ETA sin dejar al descubierto “su carácter esencialmente revolucionario y anti-sistema, así como su intención manipuladora de la cuestión nacional”, tal y como dijera el lehendakari Ardanza a la Asamblea Nacional del PNV (10-02-1996).

En sus artículos y manifestaciones en distintos medios, casi todos los miembros de la plantilla de historiadores adscritos a este proyecto abundan imprudentemente en este tipo de afirmaciones, en las que se sugiere una complacencia social generalizada ante la violencia de ETA.

De ahí puede derivarse un estigma colectivo que, como denunció Camus durante el proceso de Depuración tras Vichy, mezcla en la confusión de una acusación general a un puñado de culpables con una inmensa legión de inocentes obligando a que sean los inocentes los que tengan que defenderse. Una tacha colectiva que no es justa. Pero que tampoco es eficaz a la hora de atribuir con rigor las responsabilidades por la práctica o la justificación de las violencias ilegítimas, ya que quedarían diluidas en la tibieza general.

¿Qué se busca? ¿Debilitar el protagonismo de la sociedad vasca ante el cierre del ciclo de terror? Martin Alonso y Ruiz Soroa lo plantean sin tapujos: “La sociedad vasca nunca ha sido en el pasado un buen referente para la política antiterrorista, luego no se ve por qué debería serlo ahora”.

En todo caso, si el canon historiográfico del proyecto Historia y memoria del terrorismo en el País Vasco busca confirmar esa incomodidad social del post-Vichy vasco del que habla J.A. Pérez estaremos ante un relato que puede ser muy útil para otros objetivos, pero que definitivamente aportará poco a la deslegitimación radical de los terrorismos que han actuado en nuestro país y que se han excusado en la defensa de nuestras más sentidas causas.

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